Alejandro Gándara: “Para buscar la felicidad hay que aceptar que no podemos tener todo lo que queremos”

El escritor recupera en su último ensayo, Los textos robados de la felicidad (Galaxia Gutenberg), escritos clásicos para enseñar a vivir mejor: “Hay muchos que se han malinterpretado”
Gándara y su novela anterior sobre el primer amor: “Esta herida ha estado siempre conmigo y por fin sé por qué”
MadridMirar hacia el pasado no ya sin ira, pero con interés, es cada vez más raro en los tiempos que corren. El saber y los escritos de siglos atrás se consideran, muchas veces, inútiles para los que tiempos que corren. Sin embargo, muchas veces es una consideración a priori que no se corresponde con la realidad.
El escritor Alejandro Gándara (Santander, 1957) acaba de ganar el Premio de Ensayo Eugenio Trías con Los textos robados de la felicidad (Galaxia Gutenberg), un volumen que demuestra la vigencia de los textos de la Biblia o de del mundo griego hoy en día. Y como muchos sirven -no como fórmula mágica sino como material para la reflexión- para tratar de buscar algo parecido a la felicidad. Hablar con Gándara resulta siempre nutritivo: una charla al margen de tópicos y de clichés.
¿De dónde surge la idea de este libro?
Es algo que forma parte de mi trabajo cotidiano: enseñar pensamiento antiguo. Toda la filosofía occidental y buena parte de la teoría política no son otra cosa que comentarios a ese pensamiento antiguo. Nuestra tradición intelectual se remonta a los griegos y también tiene raíces importantes en el mundo hebreo. En ese sentido, lo que hacemos continuamente es comentar nuestros orígenes: reinterpretarlos, discutirlos, a veces rechazarlos, y en ese proceso nos vamos convirtiendo en ellos o en algo distinto.
¿Es especialmente pertinente en la actualidad ese ejercicio de mirar hacia atrás?
La idea de que vivimos en una “situación actual” excepcional es un poco engañosa. Las sociedades siempre han vivido en crisis; no conocemos otra forma de existencia social en Occidente. No es que este momento lo exija más que otros, pero sí creo que hay una necesidad de volver a los textos auténticos, a lo que realmente dicen, en lugar de quedarnos con las interpretaciones, ya sean ideológicas, doctrinales o incluso académicas.
¿Se han malinterpretado mucho esos textos?
Sin duda. Un ejemplo claro es el epicureísmo. Desde hace siglos, ya en España desde el XVI, el término “epicúreo” se convirtió en sinónimo de buena vida, de pereza, de sensualidad o de cierta despreocupación. Luego se reinterpretó como una doctrina más o menos estoica. Pero en realidad el epicureísmo es un intento de convertir el pensamiento en una forma de felicidad, en una especie de medicina contra los malos tiempos. Eso no significa que sea perfecto o completamente útil, pero sí que su sentido original está bastante alejado de los tópicos que han llegado hasta nosotros.
En el libro parece sugerirse que la felicidad pasa por aceptar la realidad tal y como es
Sí, aunque la palabra “realidad” es problemática. Más que eso, diría que tenemos que aceptar lo que nos sucede antes de transformarlo en un ideal de vida. En Occidente vivimos muy condicionados por ideales, y eso ha marcado profundamente tanto el pensamiento como la práctica social y política. Quizá deberíamos ser más crudos, más directos, para aprender de la vida sin convertirlo todo en aspiración idealizada.
En las tragedias de Sófocles, por ejemplo en Áyax, aparece esa idea, tan actual, de que no podemos tener todo lo que queremos
Es un clásico del pensamiento que llega incluso hasta Sigmund Freud: uno de los aprendizajes más difíciles es aceptar que no podemos tener todo lo que deseamos, e incluso que muchas veces no podemos tener nada de lo que queremos. Ese límite genera un dolor proporcional a nuestras aspiraciones. Cuanto más se identifica alguien con un ideal, más vulnerable es al dolor cuando ese ideal se frustra.
¿Es entonces el dolor una fuente de aprendizaje?
No necesariamente. El aprendizaje no proviene del dolor en sí. Se aprende estudiando, reflexionando sobre lo que ocurre, dialogando, compartiendo experiencias… El dolor, en sí mismo, es más bien un embrutecimiento. Uno puede aprender a evitarlo, en el mejor de los casos, pero no es una fuente directa de conocimiento. Lo importante es intervenir sobre la experiencia mediante la reflexión, no dejar que pase sin más.
Hay un pasaje del libro dedicado a los viajes al submundo. ¿Se puede interpretar como una metáfora de tocar fondo?
Más que “tocar fondo”, que es una expresión muy contemporánea, se trata de una idea mucho más antigua: morir en vida. Es un motivo que aparece en muchas culturas como un rito de paso. Para vivir de verdad, hay que haber experimentado alguna forma de muerte, no necesariamente física, sino psíquica. Es ese momento en el que uno siente que ha agotado sus posibilidades y solo quedan dos opciones: renacer siendo otro o sucumbir.
El libro comienza con el Génesis. ¿Qué lecciones pueden extraerse de ese texto?
No sé si hay que hablar de lecciones en sentido estricto. Cada lector debe sacar las suyas. Lo importante es acudir a los textos originales, o al menos a buenas traducciones, y evitar en lo posible las interpretaciones prefabricadas. En términos generales, la Biblia plantea una idea muy cercana al platonismo: todos procedemos de una creación y todos necesitamos generar. Generar —en sentido amplio— es lo que hacemos a lo largo de la vida si queremos alcanzar algún tipo de equilibrio o de felicidad.
Ya que hablamos de Platón, ¿qué puede enseñarnos este filósofo sobre política en tiempos convulsos como los actuales?
Es una cuestión compleja, pero hay una idea fundamental: sin igualdad no puede haber comunicación posible en una sociedad. Luego podemos discutir qué entendemos por igualdad o por justicia, pero sin una aspiración mínima a la igualdad, la vida en común es inviable. Esa es, quizá, una de las enseñanzas más vigentes de Platón.

