La rebeldía del teatro 'raro' del Conde de Torrefiel: “La palabra es aire y veneno al mismo tiempo”

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Hay algo casi subversivo en sentarse dos horas en una butaca, apagar el móvil y prestar atención. No mirar una pantalla. No contestar un mensaje. Solo mirar, escuchar y dejarse atravesar por algo. Quizá por eso 'Lexikon', la nueva obra de El Conde de Torrefiel, no parece únicamente un estreno teatral en el Teatro María Guerrero. Parece también una pequeña resistencia contra la velocidad contemporánea. La buena noticia es que agotan las entradas de todas las obras que ponen en pie. Esta no es una excepción.

“Yo no sé si hoy el teatro es un acto de rebeldía, pero sí es una práctica que se sale un poco de las costumbres actuales”, explica a Uppers Tanya Beyeler, cofundadora de la compañía junto a Pablo Gisbert. “Hoy todo tiene que ver con no estar en el presente, con la rapidez. El teatro te exige presencia, silencio, atención y predisposición”. Y añade algo que resume perfectamente el espíritu de la función: “Es un poco un spa”.
La frase tiene gracia, pero también bastante verdad. Porque 'Lexikon' —que puede verse hasta el 24 de mayo en el Teatro María Guerrero del Centro Dramático Nacional— funciona precisamente como eso: una suspensión del ruido exterior. Un lugar donde la palabra vuelve a tener peso específico después de años convertida en metralla digital.
No deja de ser paradójico que sea ahora, en plena inflación de mensajes, audios, titulares y notificaciones, cuando El Conde de Torrefiel haya decidido recuperar la voz humana sobre el escenario. Llevaban más de trece años sin utilizar palabra hablada en sus montajes. Y sin embargo, el María Guerrero lo cambió todo. “Cuando llegamos al teatro vimos que su estética y su acústica reclamaban una obra con voz. El propio recinto nos llevó a eso”, explica Beyeler.
Una obra difícil de etiquetar
El gesto tiene algo de simbólico. El María Guerrero representa una cierta tradición escénica: el teatro de texto, la palabra dicha, el clasicismo dramático. Un lugar que carga con décadas de memoria cultural. Y precisamente ahí aterriza ahora una compañía que ha construido buena parte de su prestigio europeo desdibujando las fronteras entre teatro, danza, instalación artística, performance y arte contemporáneo.
Pero lejos de plantear una ruptura agresiva con esa herencia, 'Lexikon' parece querer dialogar con ella.
“Hemos creado la pieza teniendo muy presente ese espacio y también su historia”, cuenta Beyeler. “Hay incluso una intervención al final de la obra en la que se evocan piezas que han pasado por ahí desde finales del XIX hasta principios del XXI. Hay una voluntad real de entrar en diálogo profundo con el teatro”.
Quizá por eso 'Lexikon' resulta tan difícil de etiquetar. No es exactamente una obra convencional ni tampoco una performance hermética de museo contemporáneo. Es más bien una colección de imágenes mentales, escenas independientes y cuadros vivos unidos por una pregunta común: qué significa comunicarse hoy.

En escena aparecen cuatro personas pintando un cuadro de Basquiat, turistas españolas viajando a la Documenta de Kassel, robots parlantes, ceremonias académicas y películas experimentales que parecen meterse dentro de la cabeza del espectador. Todo atravesado por luz, sonido, cuerpos, máscaras, tecnología y una puesta en escena que muchas veces se acerca más a la experiencia sensorial que al relato clásico. “La palabra es aire y veneno al mismo tiempo”, resume Beyeler. “Te permite expresarte, pero nunca llegas a comunicarte del todo”.
La idea de fondo de 'Lexikon' nace de una metáfora poderosa: el lenguaje entendido como sangre. Como un flujo invisible que conecta a los seres humanos. “La sangre es algo intrínsecamente humano. Todavía no existe sangre artificial”, explica la directora. “Y el lenguaje funciona igual: es un flujo invisible que conecta el cuerpo político y social. Puede mantener el mundo sano o también puede envenenarlo”.
No parece casual que esa reflexión llegue precisamente ahora, en un tiempo donde el lenguaje se ha convertido muchas veces en ruido, algoritmo o arma arrojadiza. 'Lexikon' habla de palabras, sí, pero sobre todo habla del agotamiento de las palabras.
Por eso el montaje no se limita al texto. El Conde de Torrefiel lleva años trabajando desde una idea expandida de comunicación donde lo importante no es únicamente lo que se dice, sino todo lo que sucede alrededor. “Nuestra manera de comunicar no tiene que ver solo con la parte inteligible de la realidad”, explica Beyeler. “No nos ceñimos únicamente a la narrativa, sino también a las subcapas que atraviesan esa narrativa”.
De ahí que en la función convivan coreografías, pintura, sonido envolvente, robótica, vídeo y elementos escenográficos casi escultóricos. Hay momentos donde el espectador no sabe muy bien si está viendo teatro, danza contemporánea o una instalación inmersiva. Y probablemente esa sea precisamente la intención.
Sin miedo al futuro
En tiempos de opiniones instantáneas y mensajes reducidos a 280 caracteres, 'Lexikon' propone algo bastante incómodo: detenerse en lo ambiguo. Aceptar que no todo tiene una explicación inmediata. Que hay cosas que primero se sienten y luego —si acaso— se comprenden.
Por eso Beyeler tampoco parece especialmente preocupada por las diferencias generacionales del público. La obra conecta y desconecta de maneras inesperadas. “La diferencia tiene más que ver con los gustos que con la edad”, dice. “Hay gente mayor que sale entusiasmada y gente joven que no conecta tanto. Y también al revés”. Quizá porque lo que plantea LEXIKON no tiene tanto que ver con la edad como con la disposición. Con la capacidad de dejar fuera, durante un rato, el mecanismo ansioso de consumo constante.
El espectáculo también incorpora robots y voces artificiales, aunque Beyeler evita caer en el discurso apocalíptico sobre la Inteligencia Artificial. “No sé si me preocupa tanto la IA como el humano que la maneja y está detrás de esa tecnología”, reflexiona.
La pregunta importante sigue siendo otra: qué nos define realmente como humanos cuando las máquinas ya escriben, hablan, dibujan y responden. Y ahí el teatro todavía conserva una ventaja imposible de replicar digitalmente: la presencia física compartida. Quizá por eso 'Lexikon' termina funcionando como una reivindicación de algo extremadamente sencillo y cada vez más raro: estar juntos en el mismo lugar mirando la misma cosa al mismo tiempo.
Cuando le preguntas a Tanya Beyeler cómo resumiría la obra para alguien que nunca haya visto una pieza de El Conde de Torrefiel, responde con una sola palabra. “Sorpresa”. Y probablemente sea la definición más honesta posible.
