Anari Alberdi, la PJ Harvey vasca: “Soy una mujer de 50 años más enérgica y más enfadada que cuando tenía 20”
Su primera novela, 'De trigo y musgo' (Pepitas), mezcla la autobiografía con una observación muy personal de la realidad
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Una de las voces más personales surgidas en la música de los años 90 es la de Anari Alberdi (Azkoitia, Gipuzkoa, 1970). Su primer disco, llamado como ella, le valieron comparaciones con otras voces sin domesticar que habían surgido más allá de nuestras fronteras, como Pj Harvey o Ani Di Franco, todas ellas de la misma quinta. Intimismo, crudeza y poesía, juntas y revueltas.
Anari saca ahora la traducción al castellano de su primera novela De musgo y trigo (Pepitas de Calabaza), publicada originalmente en euskera. En ella, la cantautora vasca cambia el verso por la prosa con un relato sobre la memoria, la observación de la -a veces rara- cotidianeidad y la búsqueda de la propia identidad. Con ella hablamos de un debut breve (no llega a las 100 paginas) pero enjundioso.
De musgo y trigo tiene un componente autobiográfico evidente. ¿De dónde nace el deseo o la necesidad de escribirlo?
Diría que es parcialmente autobiográfica y que nace de dos hechos muy concretos. Uno es un poema —o casi un antipoema— que escribí tras la muerte de mi padre. Murió cuando tenía 40 años -yo tenía diez años-, y cuando cumplí 41 pensé: “ya soy mayor que él”. Han pasado catorce años desde entonces.
Por otro lado, está la división simbólica que hago en el libro: el “musgo”, ligado a la parte paterna en Gipuzkoa, y el “trigo”, asociado a la parte materna en Navarra. A esta última parte me conecto con una cierta responsabilidad, porque heredé una docena de olivos hace unos años. Esta mezcla de hechos fue me empujó a escribir.
Es autobiográfico, sí, pero no solo por lo íntimo, sino por la manera de mirar el mundo. No hablo únicamente de lo que me pasa a mí, sino también de lo que ocurre alrededor. Hay introspección, pero también mucho análisis y observación.
Entonces, ¿no es una autobiografía al uso?
No del todo. Me gusta jugar con la idea de “autobiográfico”: si no es por lo vivido, es por lo escrito o lo observado. Hay una mezcla. No quería hacer un libro puramente confesional.
Cuando hablo de mi padre, lo hago también para reflexionar sobre cómo el tiempo se pliega. Asumimos que los padres mueren antes que los hijos, pero a veces el tiempo se dobla: de repente, tu padre es el más joven de la familia. Mi madre es una viuda de 82 años de un hombre de 40. Me interesaba esa literatura que surge de una imagen, de una reflexión, de un detalle.
La prosa del libro es fragmentaria y muy poética. ¿Tiene que ver con tu manera de escribir canciones o poemas?
Sí, en parte. De hecho, quise forzar la forma: es una narración poética. El texto pide el tempo y el cuerpo de la poesía. No hay una narración lineal de “esto pasa y luego aquello”, sino ideas encadenadas que exigen otro ritmo. Puede parecerse a mis canciones más narrativas. Alguien dijo que era como una canción mía de 110 páginas. Y me gusta esa idea.
¿Por qué elegiste la prosa y no el formato de la canción para estos temas?
Precisamente estos temas —mi padre, los olivos familiares— me hicieron sentir que no podía convertirlos en canciones. Necesitaba otra forma. Siempre digo que la canción tiene una arquitectura vertical, mientras que este libro es horizontal: una idea lleva a otra, y luego a otra. Esa es una diferencia clave.
En el libro alternas lo íntimo con escenas cotidianas, casi triviales. ¿Es una forma de tomar distancia?
Puede ser, pero todo está filtrado por mi mirada. Hay momentos en los que la realidad te golpea: aquí estoy, de aquí vengo, este es el mundo que me rodea. El paisaje tiene también un componente político. Me interesa la 'sociopoética': mostrar y dejar que quien observe vea. Por ejemplo, algo tan simple como recoger la caca de un perro dice mucho de nuestra civilización. Todo habla de algo.
¿Cuáles eran tus referentes al escribir el libro?
Leo mucho, pero creo que no solo influyen los libros: también el cine, los artículos de prensa… Recuerdo uno sobre el análisis de aguas residuales donde detectaban distintas drogas según la clase social. Eso ya es un poema en sí mismo. La realidad está llena de material poético; todo depende de la mirada.
La política también atraviesa todo el libro…
Claro, porque está en todas partes: en el supermercado, en el paisaje, en cómo nos comportamos. Me interesa describir lo que vemos sin dogmatizar, pero con mirada crítica y poética. Por ejemplo, la tradición de describir la naturaleza en la literatura vasca tenía algo casi litúrgico. Pero hoy ese paisaje está lleno de molinos eólicos y huertas solares. Ya no es solo refugio: está atravesado por el capitalismo.
Hay también una preocupación ecológica bastante marcada
Sí, el ecologismo va a ser una de las grandes batallas de los próximos años. No es solo el contenido —las desigualdades, la geopolítica—, es también el continente: el propio planeta. Hace poco, los astronautas que han ido en la última misión espacial, hablaron de como sea veía la Tierra desde fuera, y pensé que te tiene que cambiar la perspectiva sí o sí. Y los jóvenes, como Greta Thunberg, tienen razón cuando dicen: “¿Qué mundo nos vais a dejar?”.
¿Crees que escribir este libro tiene que ver con la edad, con ese momento vital alrededor de los 50?
Sí, creo que es una edad especial. Dejas de ser solo hija y pasas, de algún modo, a ser madre de tu madre. En mi caso, que no tengo hijos, eso genera una sensación extraña, como de eslabón perdido. Te hace mirar hacia atrás y hacia adelante, pero también ser consciente de que hay más camino recorrido que por recorrer. Es un momento de mucha reflexión.
¿Influyó también el contexto en el que lo escribiste?
Sí. Me rompí la pierna justo antes de la pandemia y tuve que cancelar conciertos. Luego llegó el confinamiento, así que me encontré parada. Fue el momento perfecto para escribir, aunque nunca parto de una hoja en blanco: voy acumulando notas y luego construyo algo con ellas, ya sea un disco o un libro.
Con el paso del tiempo, ¿nos volvemos más serenos o más combativos?
En mi caso, más combativa. Soy una mujer de 50 años más enérgica, más política y más enfadada que la joven de 20 que fui. Cuanto más consciente eres del mundo, más lógico es estar enfadada. Eso no quita que haya serenidad en otros aspectos, pero como actitud vital diría que cada vez soy más punk.
Para terminar, ¿hay algún autor que haya marcado especialmente tu mirada?
Sí, sin duda Bernardo Atxaga. Con 18 años me 'envenené' con su literatura, y eso sigue ahí. Hay muchos otros autores, claro, pero él permanece como una referencia constante.
