Música

Sílvia Pérez Cruz: “Con mi padre no tengo recuerdos. Solo cantando y muy poquito”

Sílvia Pérez Cruz publica nuevo disco: 'Oral_Abisal': "MI hija es mi artista favorita", dice. (Teresa López)
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Sílvia Pérez Cruz habla como canta: entrando y saliendo del agua, de la memoria, de la herida, del juego, de la madre, del padre, de la hija, de todas esas habitaciones donde uno guarda lo que no sabe decir en voz alta sin que se le quiebre un poco el alma. Acaba de publicar Oral_Abisal, su nuevo disco, una obra doble, líquida, partida en dos corrientes —una más cercana, más popular, más de cuerpo presente; otra más profunda, más onírica, más de bajar con linterna al sótano del pecho—, pero cuando ella empieza a explicar el concepto, pronto se entiende que no habla solo de canciones.

Habla de una manera de vivir, que en su caso viene a ser casi lo mismo. El álbum salió el 8 de mayo y se presenta como un trabajo construido sobre esa dualidad entre lo oral y lo abisal, con canciones en varias lenguas y una gira por España, Portugal y Latinoamérica.

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“Yo voy componiendo como un verbo que me salva”, dice. Y ahí, zas, ya está todo. No compone encerrándose tres meses a fabricar repertorio como quien levanta una promoción de chalets adosados, sino mientras vive. “Suelo tardar tres años en hacer un disco de canciones propias. Eso quiere decir que voy componiendo mientras voy viviendo”. Luego, pasado un tiempo, mira lo que ha ido apareciendo y empieza a entender qué estaba intentando decirle la vida, esa señora pesada que nunca llama antes de presentarse.

En Oral_Abisal descubrió dos texturas. Una, “más conocida, más popular igual, con más armonía, como quien hace un bolero”. Otra, nacida de “muchas ganas de perderme en sonoridades y en profundidades”, con menos complejidad armónica y más hondura en el sonido. En una parte mandan las cuerdas; en la otra, los metales. Y por debajo aparece el agua, que no es aquí atrezzo poético ni postal de costa ampurdanesa, sino una forma de explicar el mundo: los cambios de estado, la voluntad de unir continentes, la emoción que circula, la posibilidad de no dejar a nadie seco por dentro.

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“El agua es muy presente por la voluntad líquida de unir continentes y extremos, por la parte emocional y por los cambios de estado, que yo creo que en este disco he ido cambiando yo también”, explica. “Es un momento de mi vida en que he aprendido muchas cosas a nivel vital”.

La palabra clave, quizá, es unir. Sílvia Pérez Cruz —Palafrugell, 1983; cantante, compositora, actriz, Premio Nacional de las Músicas Actuales en 2022— lleva años haciendo precisamente eso: juntar tradiciones, lenguas, músicas, acentos, heridas y ternuras sin que aquello parezca un catálogo de turismo emocional. Ha cantado jazz, flamenco, canción ibérica, folclore latinoamericano, música popular catalana, bandas sonoras y lo que le ha dado la real gana, que para eso el arte también consiste en no pedir permiso a los porteros de discoteca de la pureza. El Ministerio de Cultura le concedió el Premio Nacional por la “calidad creativa e interpretativa” de su carrera y por la versatilidad y audacia de sus propuestas.

En “Líquido”, una de las canciones del disco, aparece casi una declaración de principios. Ella la explica así: “La voluntad primera es cantando, borrar los límites, los extremos, ser líquido para sentir que estamos hechos de lo mismo”. Luego el agua se convierte en cuidado: “Regar, que no haya sed emocional ni de ningún tipo”. Y después llega una frase hermosa, de esas que parecen sencillas hasta que uno se queda pensando en ellas un buen rato: “No canto mi pena”.

Lo aclara enseguida: “Creo que le canto a la pena, pero no canto la mía. La mía está, pero no la de hoy, porque la de hoy es dolorosa, no sirve para cantar”. A veces, admite, se da “dos segundos” para cantar lo que siente en ese instante, pero entonces le entran ganas de llorar, “y eso no le interesa a nadie, ni a mí en realidad”. En cambio, cuando canta a la pena —a esa pena común, antigua, casi comunitaria—, ahí sí están todos dentro. Ella incluida.

La diferencia es sutil y enorme: no se trata de exhibir la herida fresca como quien enseña la rodilla pelada en el patio del colegio, sino de convertir la emoción en un lugar compartible. “Canto y soy otra”, dice la canción. Ella lo explica con una frase preciosa: “Eres tan otra que eres lo más tú que eres”. Dicho de otro modo: cantar le permite llegar a un sitio al que la vida cotidiana, con sus facturas, sus WhatsApps, sus lavadoras y sus pequeñas miserias logísticas, no siempre deja entrar.

Por eso no extraña que, al preguntarle si sigue utilizando la música para comunicar cosas que con palabras resultan más difíciles, responda que aquello ya se convirtió en su manera de estar en el mundo “sin saber”. Lo ha entendido ahora, mirando hacia atrás. De niña, con su padre, apenas hablaba. Pero cantaba. Y ahí pasaba algo. “Mi padre nunca hablaba conmigo y yo le contaba quién era desde el canto”, recuerda. “Era muy chica y ya pasaba eso, que él se emocionaba y realmente yo sentía que le estaba llegando algo de mí. Y se debe haber quedado en mi manera de cantar”.

Música en las venas

Ahí se abre una de las zonas más hondas de la conversación. El padre de Sílvia, Càstor Pérez Diz, músico e investigador de la habanera, fue una figura decisiva en su biografía musical; su madre, Gloria Cruz i Torrellas, también pertenece a ese territorio familiar atravesado por el arte y la cultura. Ambos son autores de “Vestida de nit”, canción fundamental en su repertorio y en su memoria. Pero lo que ella cuenta no suena a postal familiar idílica, sino a algo más complejo, más de verdad y menos de folleto. “Con mi padre no tengo recuerdos. Solo cantando y muy poquito”, dice. Y la frase cae como una piedra en un pozo.

No era, explica, una persona muy presente. Antes de los doce años tiene más recuerdos con su madre, que fue quien la crio. Del padre recibió otra cosa: la sed. “Mi padre creo que me ha ayudado desde la sed, precisamente, de esa falta que le sacas a todo lo que puedes”. La madre, en cambio, le dio mirada, confianza y recursos. “Mi madre es la que me ha enseñado a mirar y a ser”.

“Mi madre es la que me ha enseñado a mirar”

Esa madre aparece en el relato como una artista de cuerpo entero, alguien que mezclaba música, pintura, paisaje y juego. Estudió Historia del Arte y creó una escuela artística donde los niños pintaban con caballete, trabajaban con frutas, escuchaban sonidos y los convertían en formas. “Yo tocaba el saxo y ellos pintaban el sonido”, recuerda Sílvia. La escena parece inventada por un director francés con ganas de ponerse fino, pero en su boca suena doméstica, natural, sin purpurina impostada. Allí el arte no era una asignatura: era una manera de respirar.

La niña Sílvia era “hiperactiva, con mucha sed de aprender, muy rápida, muy luminosa”. Desde los tres años iba a música, pero también a la escuela de arte. De lunes a sábado: piano, saxo, coral, orquesta, solfeo, pintura, escultura, dibujo, fotografía, voleibol, danza. Y en casa, juego. “En casa la música era para jugar”, dice. Quizá por eso su sofisticación nunca resulta fría. Detrás de la arquitectura musical hay siempre una niña con las manos manchadas de témpera, un saxo, una canción y una pregunta.

También por eso su música parece ir a contracorriente de esta época acelerada, aunque ella matiza: “Igual a contracorriente de estos tiempos, pero totalmente a favor de la corriente creativa”. No sabe hacerlo de otra manera. Le interesa entender las estructuras del presente, no vivir en una torre de marfil con vistas al pasado.

Por eso el orden del disco está pensado para los tiempos actuales: oral, abisal, oral, abisal, entrando y saliendo del agua, “que te vaya dando el sol”. En vinilo, en cambio, separa las dos partes porque entiende que quien escucha vinilos quiere “parar el tiempo”. “Oral es más fácil de escuchar y Abisal pide parar el tiempo y sumergirte”.

“Me gusta entender las estructuras"

La frase que mejor resume su posición es esta: “Yo estoy en el presente de verdad, no en las modas”. Ahí hay mucha tela que cortar. Porque una cosa es ser contemporáneo y otra vivir arrodillado ante el algoritmo, ese señorito caprichoso que hoy te ama y mañana te deja en visto. Sílvia no desprecia las formas actuales, pero tampoco las obedece como una becaria asustada. “Me gusta entender las estructuras y si algo me sirve lo uso y si no, sé que no lo uso porque no quiero y que irá peor, pero lo decido”.

En tiempos de exhibición constante, de dureza performativa y de gente hablando con la contundencia moral de quien acaba de descubrir el fuego, ella reivindica otra cosa: la vulnerabilidad. Su voz siempre ha tenido esa paradoja: parece frágil y fuerte a la vez, como si se fuera a romper justo antes de levantar una pared maestra. Ella se reconoce en esa contradicción por completo. “Lo que yo sé hacer es reivindicar la belleza de la vulnerabilidad o la fortaleza de la vulnerabilidad, la fuerza que te da también mostrarte vulnerable”.

La seguridad, dice, no le viene de hacerse la dura. Le viene de otro sitio. “Con seguridad te muestro mis heridas o las celebro o me río de ellas. La seguridad me la da saber que lo hago desde el amor y desde el trabajo”. Se lo curra “absolutamente en todas las fases” que reconoce, y eso le da suelo. También ha buscado mucho el equilibrio entre humildad y seguridad. “La humildad tampoco está nada de moda”, apunta. Y aquí uno casi puede oír de fondo cómo crujen los escaparates del yo, esos altares donde tanta gente coloca su marca personal como si fuera la Virgen del Carmen. “La seguridad la encuentro desde el amor”, resume.

Esa frase podría ser una filosofía de vida, una pancarta íntima o un titular. Porque en ella cabe buena parte de lo que Sílvia Pérez Cruz viene contando desde hace años: que el arte no está para maquillar lo humano, sino para acompañarlo. “Quiero que el arte acompañe la parte más humana, que está hecha de imperfecciones, de cosas que se rompen”.

¿Vivimos en una época que castiga mostrar fragilidad? No duda: “Sí, totalmente”. Y entonces suelta una imagen política y escolar a la vez: “Los que gobiernan son como los malos de la clase”. Parece que ganan la irreverencia, la falta de empatía, el mostrarse fuerte. “Y no, claro, no puede ser. Por eso a mí me sale cuidar esto. Yo creo que la belleza está en eso y que tendrían que educarnos así. Esa cosa tan frágil tuya seguramente tiene todas tus bellezas”.

Mi hija es mi artista preferida

La educación aparece varias veces en la conversación, sobre todo cuando habla de su hija, que tiene ya 18 años y canta con ella en dos canciones del disco. “Mi hija es mi artista preferida”, dice con una mezcla de orgullo y pudor. No sabe qué querrá hacer, ni falta que hace, pero la ve potente. “Me encanta su personalidad”.

Ha crecido entre músicos, viajes, fiestas musicales y estilos distintos. “Para mí ser artista es una manera de vivir”, explica. Y aquí conviene detenerse: para ella no todo músico es artista ni todo artista se sube a un escenario. “Hay gente que se dedica a la música que para mí no es artista, y gente que son panaderos que para mí son artistas”. La clave está en cuidar lo que haces. En poner alma. En no vivir con el piloto automático puesto, que es una desgracia muy extendida.

Lo único que quiere para su hija es que sea valiente para ser lo que quiera ser. Si decide ser artista, cree que tiene dones. Si no, también estará bien. Ahora ha cantado con ella en la presentación del disco y aparece en dos temas. También le encanta bailar. Pero lo importante, para Sílvia, es otra cosa: que imagine. Recuerda un espectáculo, Género imposible, en el que salía una casita. Quiso que su hija lo viera porque deseaba que entendiera a qué dedicaba tantas horas.

“Esto no existía”, le dijo. “Quiero contar esto, me estoy imaginando esta casita, la que dibujé, para que tú te puedas inventar lo que necesites que no exista. Para que sueñes”. Su madre le había dicho algo parecido: “¿Por qué te piensas que te regalé tantos cuentos? Para que imagines, por lo menos que imagines”.

Ahí hay una genealogía preciosa: una madre enseña a imaginar a su hija; esa hija se convierte en artista; luego le dice a la suya que invente lo que necesite si todavía no existe. Y así, de generación en generación, la fantasía deja de ser evasión y se convierte en herramienta de supervivencia. Muy cursi si se dice mal, muy serio si se mira bien.

Sílvia ha dicho alguna vez que educar es “lo más bestia” que ha hecho. Lo mantiene: “Sí, sin duda”. ¿Qué ha aprendido de su hija? “Todo. Me lo ha hecho revisar todo”. La maternidad, cuenta, te pone al límite y al mismo tiempo te descubre “el amor más inamovible”. También te obliga a responder preguntas esenciales sin fingir que sabes más de lo que sabes. A veces hay que decir: esto no me lo sé. O buscar a alguien que pueda explicarlo mejor. O encontrar la forma de hablar de religión, de errores, de libertad, sin colonizar la cabeza de quien empieza a vivir.

Madre soltera

“Venimos de generaciones en que los padres tenían que ser fuertes y no fallaban”, dice. Ella, además, es madre soltera. Para ella ha sido importante enseñarle a su hija tanto su fragilidad como su fortaleza: que se sienta protegida, pero que entienda que existen las dudas, que uno se rompe, que hay que pedir ayuda y escuchar.

Hay un momento especialmente lúcido cuando habla de la adolescencia. Aprendió, cuando su hija tenía 12 o 13 años, a no tomarse personalmente ciertas cosas. “El sostén está ahí”, dice. Los hijos vuelcan a veces lo que no pueden ni nombrar sobre quien más confianza les da. “Cuando dejé de tomarme personalmente ciertas cosas, la pude acompañar desde otro sitio mucho más rico. Fue un antes y un después”. Y entonces añade, con una claridad que no necesita fuegos artificiales: “Estoy muy orgullosa de ella. Y de mí también. Porque era muy difícil esto, poder ser músico y madre. Esto es de lo que más orgullosa estoy”.

Esa frase tiene más verdad que cien discursos sobre conciliación. Y además conecta con algo que ha contado en otras ocasiones: que muchas veces ha tenido que crear entre la crianza, las tareas domésticas y la vida práctica, componiendo mientras sostenía todas esas capas de la existencia que rara vez caben en la épica oficial del artista. En un encuentro reciente habló precisamente de esa tensión entre creación y maternidad al presentar Oral_Abisal.

Quién era ella antes de ser madre

Ahora su hija ha alcanzado la mayoría de edad y eso abre otro espejo. Sílvia fue madre a los 24. Mirarla entrar en la edad adulta supone también volver a preguntarse quién era ella antes de ser madre. “Es muy interesante este momento”, dice. Hay ahí una especie de segunda juventud, pero no en el sentido ridículo de ponerse una chupa de cuero y hacer el canelo, sino en el de recuperar una parte de sí misma después de haber acompañado durante años el crecimiento de otra persona.

El directo, mientras tanto, vuelve a ponerlo todo en movimiento. Sílvia se define sin dudarlo: “Soy animal de directo total”. El concierto de Oral_Abisal no lo entiende exactamente como dos partes separadas, aunque visual y emocionalmente haya una transformación. Empieza desde lo oral, desde la intimidad; luego va hacia la soledad y la evaporación; después llega la inmensidad y el colectivo. “Lo oral serían los ríos y los mares; luego me evaporo en soledad y llega la inmensidad y el colectivo”.

Cuba en el punto de mira

Está contenta con cómo ha quedado. Cree que en escena se entiende mejor lo que piensa y siente, lo que quería transmitir. El disco ya había tenido bautismos importantes: el Teatro Real de Madrid, el Liceu de Barcelona, el Auditori de Girona y el Olympia de París, “como el bautizo del año”. Después vienen Donosti, Pamplona, Mallorca, Valencia, Santiago, Avilés, Bilbao, Menorca, Fuerteventura, Cataluña y un primer ciclo latinoamericano con México, Colombia, Chile, Argentina y Brasil. También tiene la voluntad de ir a Cuba, aunque todavía no lo anuncia como algo cerrado. “Les quiero regalar la música. Amo mucho ese país, tengo gente muy querida. Quiero darles lo que tengo”.

La frase final podría parecer pequeña, pero en realidad la define con bastante precisión. Dar lo que tiene. No fabricar una pose. No blindarse. No cantar la pena de hoy, pero sí esa otra pena más antigua donde cabemos todos. No separarse del presente, pero tampoco arrodillarse ante sus prisas. No usar la fragilidad como coartada, sino como fuerza. No hacer del arte una torre, sino una casa con las ventanas abiertas, por donde entren el agua, el ruido, la hija, la madre, el padre ausente, la niña con el saxo y esa voz que, cuando canta, parece otra para poder ser más ella que nunca.