Dorian: “Esta banda ha sobrevivido porque siempre hubo amor dentro de ella”

La banda barcelonesa nos habla del libro con su historia, ‘A cualquier otra parte’, escrito por Alex Serrano, y de rupturas amorosas, derrumbes emocionales y orgullo indie.
Dorian y el renacer tras una ruptura sentimental: “Estuvo a punto de volar la banda”
Cuando Marc Gili y Belly Hernández rompieron en 2021 la larga relación sentimental que mantenían, Dorian, su banda, estuvo a punto de irse al garete. Lo musical y lo personal formaban sólido entente en el grupo barcelonés desde el principio, y ese periodo crítico en que junto a la palabra “ex” suelen aparecer reproches y rencores pudo dinamitar la continuidad de una de las formaciones indies más importantes de España. Dieron prioridad al proyecto artístico, limaron asperezas, y hoy ambos se sientan para Uppers como dos buenos amigos para hablar de A cualquier otra parte, el libro que cuenta la historia de Dorian.
“De alguna manera tácita sabíamos que la banda nos trasciende”, dice Marc. “Nunca se puso sobre la mesa mandarla a tomar por saco, pero fue una situación de estar en la cuerda floja que otros no pueden superar. Es muy difícil: trabajamos con sentimientos. O sigues amando a las personas con las que haces música o no puedes juntarte en un local de ensayo a hacer arte con gente a la que odias. Hemos aprendido a solucionar las cosas: cuando alguien tiene un problema está obligado a hablarlo. En las sesiones de Ritual (2022), que fue el disco en el que estábamos atravesando la ruptura, salíamos llorando del estudio. Dentro, las emociones se podían cortar con un cuchillo. Fue duro, pero lo conseguimos”.
Después de aquello, Belly se casó con otro hombre, y no brotan celos por parte de uno u otro, pues ella sigue pasando gran parte de su tiempo con su ex (Marc) y compartiendo con él esta hermosa experiencia creativa. “Ambos se llevan muy bien”, dice Belly. “Por Marc mato, pero hemos recolocado nuestros afectos. Aunque hay gente a la que hace gracia vernos juntos a los tres”.
Marc hace una lectura de premio nacional de psicología y máster en madurez: “Cuando has amado tanto a alguien y aparece otra persona que la ama con la misma intensidad, a esa persona debes respetarla. No es lo habitual. Estamos en un mundo en que a tu expareja no quieres verla ni en pintura. Aparecen sentimientos feos: es el duelo, y hay que pasarlo. Tu trabajo es ponerle cabeza a todo eso. No digo que sea fácil, pero se puede. Me alegré mucho por ella. Pensé: ‘Se merece lo mejor y esa persona ha llegado para dárselo’”.
Aquella fase oscura aparece bien reflejada en el libro, como otras en las que Marc atravesó bajones de ánimo que también pudieron cargarse la banda. Por eso, cuando Dorian aceptaron poner orden a casi veinticinco años de carrera en este volumen, descubrieron algo extraño: que la memoria también desafina, exagera, borra y recompone. A cualquier otra parte no es únicamente una biografía musical, sino también una reconstrucción emocional de todo lo que ocurrió alrededor del grupo: precariedad, amores cruzados, noches excesivas, rupturas y canciones convertidas con el tiempo en pequeños himnos generacionales.
“Una agente literaria llevaba detrás de mi tres años con el proyecto —admite Marc Gili—, y yo siempre le decía: ‘Creo que todavía no es el momento’. Pero después de sacar Futuros imposibles, que es un disco muy biográfico en cuanto a letras, sentí que sí, que ahí se había cerrado un ciclo y que quizá era el momento adecuado para mirar atrás”.
El periodista Álex Serrano fue el encargado de construir el relato a partir de más de cuarenta entrevistas, no solo con los miembros de la banda, sino también con músicos, periodistas y personas cercanas a su entorno. “Se ha pegado un curro increíble”, explica Marc. “Han salido cosas que ni siquiera nosotros recordábamos o no recordábamos igual. Porque la realidad cada uno la recuerda a su manera. Y es muy bonito construir una realidad —que en este caso es un libro— a partir de los testimonios de tanta gente que ha estado en tu carrera”.
La lectura del resultado final les produjo vértigo. “Cuando lees un libro sobre ti aparece una sensación muy rara, una mezcla de pudor, extrañeza y nostalgia”, reconoce Belly. “Pero sobre todo sentí mucha ternura al leer nuestros primeros años. Porque nosotros somos una banda que siempre está pensando en adelante, en el siguiente disco, en la siguiente gira. Y de repente ver ahí plasmados aquellos años de chavales de veinte años con muchísima ilusión… pues emociona”.
En el caso de Dorian, además, la historia del grupo nunca pudo separarse del todo de la vida privada de sus integrantes. “Claro, eso convierte cualquier grupo en algo un poco más singular”, reconoce él. “Tuvimos una unión emocional muy fuerte. Éramos como un monstruo de dos cabezas. Estábamos juntos veinticuatro horas al día. Luego se produjo la ruptura… pero lo que nunca se destruyó fue la pasión que sentimos haciendo música juntos”.
Belly lo explica de forma aún más directa: “Desde mi punto de vista es un privilegio haber pasado todos estos años juntos, en todos esos estadios de la vida en los cuales lo profesional se junta con lo emocional. Ha sido muy bonito”.
Del ostracismo a llenar estadios y festivales
Bonita, aunque no fácil, ha sido también la historia de Dorian hasta ahora. La banda catalana pertenece a ese exclusivo puñado de cuatro o cinco grupos indies que han traspasado barreras y llegado a todo tipo de públicos, como prueba el hecho de que varios de sus discos han alcanzado los primeros puestos en listas de ventas. “Nos hemos olvidado de lo precaria que era la escena al principio y lo profesional que es ahora”, dicen. “A partir de 2010 se hace cotidiano que bandas independientes lleguen al número uno de ventas en España, pero antes de esa fecha era literalmente imposible. Cuando empezamos solo había dos bandas alternativas profesionales: Dover y Los Planetas. Punto. El resto estaba condenado al ostracismo. Nos enorgullece formar parte de ese crecimiento”.
Pero antes de llegar a los festivales y a las canciones coreadas por miles de personas, hubo una etapa mucho más gris. Trabajos basura, frustración y una sensación permanente de estar chocando contra un muro. “Nos costó cinco años que nos firmara una discográfica”, recuerda Marc. “Se nos cerraron más de doce puertas. Mientras tanto trabajábamos de cualquier cosa. Yo fui teleoperador en una oficina sin ventanas, pegué carteles para inmobiliarias... Belly trabajó instalando sistemas de seguridad y haciendo turnos de noche. Éramos como cualquier hijo de vecino intentando sobrevivir”.
Aquellos años coincidieron además con una crisis personal muy seria del cantante. “Siempre he tenido un cierto sentimiento trágico de la vida”, admite. “Y llegó un momento en que todo se mezcló: los trabajos precarios, la frustración porque el grupo no arrancaba y también una escena nocturna donde las drogas dejaron de ser diversión para convertirse en problema”.
Marc no esquiva el asunto. “De todo. Absolutamente de todo”, responde cuando se le pregunta qué consumía en aquella etapa. “Hubo un momento en que empezó a morir gente alrededor y ahí toqué fondo. Belly me puso ultimátums, yo no hice caso y acabamos rompiéndonos los dos”.
“Sí, claro que he ido a terapia”, añade. “Pero también es pura autoconciencia. Desde pequeño empecé a preguntarme por qué se muere la gente. Nunca he acabado de sentirme del todo en el flow de la vida. Siempre la miro con cierta sospecha desde fuera. Todos tenemos nuestros traumas de infancia. Mi familia no era del todo normal. Muy excéntrica, del mundo del arte y del cine. Personas muy ausentes. Pero tampoco quiero dramatizar. Hay gente a la que le han pasado cosas mucho peores. Eso hay que trabajarlo y no quedarse estancado. Pero sí que hay personas que miran la vida desde fuera mientras otras simplemente fluyen con ella. Los que se hacen demasiadas preguntas casi siempre necesitan mucho recorrido terapéutico para llegar a lugares a los que otros llegan de forma natural”.
Añade: “Pero al mismo tiempo esa sensibilidad te permite ahondar más en la realidad. Yo lo considero una condena y una virtud. La terapia me ayudó, pero también la guitarra, la filosofía, los ensayos de psicología… Jacques Lacan decía que hay que pasar las cosas de la palabra muerta a la palabra viva. Y escribir canciones es precisamente eso: cristalizar lo que sientes y arrojar luz sobre lo que estaba oculto”.
Lo paradójico es que precisamente de aquel derrumbe nacieron algunas de las canciones más importantes de Dorian. “Curiosamente, cuando tocas fondo a veces empiezas a caer hacia arriba”, dice ahora. “En el momento más bajo de esos años empecé a escribir canciones como ‘Cualquier otra parte’, ‘Más problemas’ o ‘La tormenta de arena’. Y fueron esas canciones las que conectaron con muchísima gente”.
Para él existe una explicación muy clara: “Creo que las personas detectamos cuando algo está hecho desde las tripas y no desde un despacho. Y esas canciones estaban hechas desde un lugar muy real”.
En el libro, donde se revelan varias crisis existenciales de Marc, aparece también otra idea recurrente: la hipersensibilidad casi dolorosa que suele acompañar a muchos músicos. “Un artista es una persona por la que pasan muchísimas emociones”, reflexiona Marc. “Y tenemos la suerte de poder convertirlas en canciones, películas o novelas. Eso es una bendición y también una condena. A veces me gustaría hacerme menos preguntas sobre la vida”.
La música, en su caso, funciona casi como una terapia. “Componer me ordena”, asegura. “Cuando saco un disco y lo escucho meses después, entiendo perfectamente cuáles eran mis obsesiones en aquel momento. Las canciones ponen luz sobre cosas que a veces ni tú mismo entiendes del todo”.
Quizá por eso A cualquier otra parte termina funcionando menos como la típica biografía de grupo y más como el relato de cómo varias personas consiguieron mantenerse unidas mientras atravesaban sus propios terremotos personales. O, como resume Marc en uno de los momentos más honestos de la conversación: “La banda sobrevivió porque siempre hubo amor dentro de ella, incluso cuando cambiaba de forma”.

