Mägo de Oz: “El rock es eterno. La música y el amor no desaparecen”
La banda madrileña ha publicado ‘Malicia: la noche de las brujas’, un disco sobre hechizos, fantasmas y el lado oscuro de la industria de la música
Mägo de Oz: "Hemos sido todo lo salvajes que hemos podido, estamos vetados en varios hoteles"
Hay una pregunta cuya respuesta define mejor que cualquier monserga sobre un disco quiénes son Mägo de Oz. No tiene que ver con guitarras, ni con melodías, ni siquiera con sus casi cuarenta años de carrera. Guarda relación con algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, más incómodo: qué haces cuando la música te obliga a elegir. En algún momento de sus vidas, las parejas de dos de ellos les pusieron entre la espada y la pared: la relación o la música. “Elegimos la música”, dicen con una tranquilidad que desarma. Las parejas vienen y van, pero la música es su vida.
A partir de ahí, todo lo demás se entiende mejor: las giras interminables por América, los años en la carretera en España, esa sensación de vida suspendida entre aeropuertos, hoteles y escenarios; todo ello desencadenó desavenencias hogareñas (no en todos los casos, es cierto). También cobra sentido la forma en que han construido su música, siempre entre lo cotidiano y lo fantástico.
Durante un viaje, de gira por Estados Unidos, pasaron allí la noche de Halloween. Y lo que para cualquiera sería una anécdota más —disfraces, calabazas, ruido— para ellos fue otra cosa. A Txus Di Fellatio, batería y letrista del grupo, le saltó el chispazo. Brujas, hechizos, oscuridad, Mägo de Oz. Todo encajaba con una naturalidad casi sospechosa. “¿Cómo no se nos ha ocurrido antes?”, recuerdan que pensaron.
Ese impulso acabaría convirtiéndose en el nuevo disco de la veterana banda madrileña de folk metal, Malicia: la noche de las brujas. Un año antes habían publicado otro álbum, Alicia en el metaverso. Lejos de acomodarse, siguen funcionando con una lógica interna que explica por qué continúan sacando discos con una frecuencia que descoloca a muchos de sus contemporáneos. Mientras otras bandas amortizan el repertorio, ellos parecen empeñados en seguir escribiendo capítulos nuevos.
Seguir con los conciertos
“Podríamos vivir de las rentas después de treinta y cinco años —concede Mohamed (Carlos Prieto, violinista)—, pero ¿qué pasa? Que tenemos ahora una formación espectacular y muy importante en la historia de Mägo de Oz. Con los cambios de guitarras, de cantantes…, sentimos también una necesidad de expresar lo que somos y que el mundo vea que si Mägo de Oz hace un cambio es porque es bueno para el grupo. Queremos expresar el momento en el que estamos y que los nuevos componentes se expresen también tanto en directo como en lo compositivo”.
Nominados a los Latin Grammy
En este disco, todos los miembros, en mayor o menor medida, han participado en labores de composición. “Queríamos que la gente viera que todo el mundo que está aquí aporta y tiene algo que decir. Y qué mejor forma que grabar un disco para decirlo y para que la gente vea el momento en el que estamos. Es como una tarjeta de presentación de la nueva formación”, explican. Ejemplo de su avance constante, Alicia en el metaverso fue nominado a los Latin Grammy, logro inédito en la carrera de la multitudinaria formación (diez componentes hoy en día). “Se van consiguiendo cosas nuevas, nuevos objetivos”, dicen.
La apertura creativa no es solo una cuestión de método, sino también de actitud. Si bien muchos creen que aquí quienes parten el bacalao son Txus y Mohamed —los dos únicos miembros originales que permanecen; casi una treintena de otros músicos los han acompañado, entrando y saliendo, desde 1989—, Mägo de Oz funciona hoy como un espacio en el que cualquiera que tenga algo que sumar encuentra sitio, siempre con una condición: que el resultado siga sonando reconocible.
“En Mägo de Oz si tú tienes algo que decir, nosotros tenemos oídos para escuchar. Todo lo que sea aportar es bueno. No es una cosa de ‘tengo que componer solo yo’ o solo Txus. Antes era más reducido, pero no por decir ‘solo compongo yo’, sino porque a lo mejor los demás tocaban más o aportaban menos o hacían menos canciones. Pero cuando alguien viene y tiene algo, bienvenido. Te actualizas, haces nuevos sonidos, nuevos ritmos, porque hay que seguir creciendo, pero tiene que sonar a Mägo. Eso es lo fundamental”, subraya Mohamed.
Tiene que sonar a Mägo
En unos tiempos en que priman los sencillos a los álbumes, Mägo de Oz vuelven a salirse por la tangente y, en su línea, lanzan Malicia como un disco conceptual; lo cual quiere decir que más que canciones desconectadas, conciben el álbum como una obra completa que gira en torno a un tema determinado; en esta ocasión, la brujería, el espiritismo y todo ese imaginario que encaja casi de manera natural con la estética del grupo. “De hecho, la bruja es el símbolo de Mägo”, dicen.
Pero bajo esa capa de fantasía hay también una lectura más terrenal, casi biográfica. “Tiene un trasfondo de la industria de la música”, señalan. Hacen referencia a la Junta de los Sordos, eufemismo que emplean para mencionar a los ejecutivos de discográficas que los ignoraron hasta que su reconocimiento era masivo.
El primer disco de Mägo de Oz, homónimo (1994), lo financió el padre de Txus; el segundo, Jesús de Chamberí (1996), se lo pagaron ellos. “Fuimos al banco, pedimos un crédito y lo devolvíamos con el dinero de los conciertos, porque nadie creía en nosotros. Pensamos: ‘Si creemos en nosotros, se hace”. El tiempo les dio la razón: aunque al principio fueron una banda cuyo impacto se redujo al ámbito del heavy rock, de su séptimo álbum, Gaia II: la voz dormida (2005) llegaron a despachar más de 250.000 copias y se situó en el tercer puesto de los más vendidos en España. Los dos siguientes, La ciudad de los árboles (2007) y Gaia III: Atlantia (2010) fueron número uno. Desde entonces, su éxito se ha mantenido relativamente estable.
La “pócima mágica” de Mägo de Oz
Al contrario de lo que es habitual en el rock duro, las letras tienen en Mägo de Oz tanta importancia como la música. Su método de trabajo: componen la base musical y pasan la maqueta a Txus para que escriba la letra. “Siempre ha sido así. Lo importante es encontrar buenas melodías. Cuando tienes una buena melodía, empiezas a crear. A partir de ahí te viene una idea para la letra: un color, un sonido, algo que ves…”, dicen.
Esta vez, Txus, inspirado por la noche de Halloween, condujo los textos al terreno de lo oculto, lo inexplicable, lo que no termina de encajar en una explicación racional. “Hay quien piensa que hay vida fuera, otros que hay energías. Creemos que hay algo. No sabemos exactamente qué, pero algo tiene que haber. La inquietud es hacerte preguntas, si hay algo más, si no lo hay… y dejar esa ventana abierta a quien escucha”, exponen.
Perspectiva distinta ofrece Rafa Blas, actual vocalista, quien, de hecho, tuvo una experiencia paranormal: “Hace poco se murió un gran amigo mío… Yo estaba durmiendo y tuve esa sensación de que dejas de dormir y lo ves y hablas con él. Hablé con él, tal cual. Y me desperté. O sea, me desperté pero no del todo. Fue una sensación que, vamos, en mi vida me había pasado algo así. Y ya te digo que eso fue real”. ¿Sintió miedo? “No, no, no sentí nada. Era como si viese a mi colega aquí. Me dijo: ‘No puedo’. Es decir, como que algo le cortó”.
Malicia es el segundo disco de Mägo de Oz con Rafa Blas como cantante; entró en la banda en 2023 tras alzarse vencedor del concurso La voz, de Telecinco, en 2012. “Estoy muy contento”, dice. “Me he adaptado muy bien. Cuando ves al grupo desde fuera, ya impresiona, pero cuando estás dentro es mucho más espectacular. Todo lo que mueve el grupo, la infraestructura, las giras…, es increíble. Hemos estado en sitios como Rock al Parque [en Bogotá, Colombia] ante 130.000 personas, y todo el mundo cantando las canciones. Es impresionante”.
Frente a la imagen tópica del exceso, que ha acompañado a Mägo de Oz desde sus inicios, la realidad de Blas es bastante más contenida. “En una gira de dos meses y medio me habré tomado dos o tres cervezas. Un cantante no puede permitirse mucho más. Trabajas con tu cuerpo”, alega.
Dentro del grupo, la armonía se ha ido imponiendo con los años. “Ahora todos somos muy profesionales. Los egos son más de cuando tienes 15 años. Aquí cada uno sabe su sitio. Hay que encontrar un equilibrio: si todo es caos, el barco se hunde; si todo es demasiado rígido, tampoco funciona”.
Discrepan de la idea de que el rock esté muerto, aunque a veces lo parezca. “Cada época tiene su música”, dicen. “Ahora está lo urbano, antes fue otra cosa. Pero el rock es eterno. No es una moda. Va por ciclos, pero siempre está. Las academias están llenas de gente aprendiendo música. Siempre habrá quien quiera tocar. La música y el amor no desaparecen”.
Y, en ese contexto, Mägo de Oz ha terminado siendo algo más que un grupo. “Ha sido referente para mucha gente, sobre todo en América. Hay bandas que han aprendido a tocar gracias a Mägo. Eso es parte de su grandeza”, alardean. Una grandeza que, como recuerdan, no fue fácil de alcanzar. “Nos llamaban conquistadores, nos tiraban piedras, bolsas de meado… El mánager nos decía que aguantáramos. Y aguantamos. Fuimos ganándonos al público poco a poco hasta que llegó un momento en que cambió todo”.
Casi cuarenta años después, siguen en la carretera. Y, por lo que cuentan, no parece que estén pensando en bajarse. Aunque eso, en el fondo, ya lo sabían desde el principio. Cuando les tocó elegir. Y eligieron.
