Música

Joaquín Rodríguez, de Los Nikis a la novela: “Todo lo que escribo son gilipolleces intentando hacer reír”

Joaquín Rodríguez, con pose de escritor aspirante a sillón en la RAE.. Cortesía de Joaquín Rodríguez
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Días antes de la entrevista, Joaquín Rodríguez se descuelga amablemente con que quiere aplazarla: le ha surgido para la mañana acordada una clase de boxeo, pero no una cualquiera. Se juntará con otros músicos de Madrid para liarse a guantazos: entre ellos, David Summers (Hombres G), Emilio Sancho (excantante de Los Nikis) y Juanjo Ramos (bajista de Los Secretos).

Hay que concederle el deseo, claro; el cuadro debe de ser para verlo. Cuando finalmente quedamos, aclara que no se pegan entre ellos ni con nadie. “Solo aprendemos la técnica y atizamos al saco”, dice. “Tenemos un profesor particular para nosotros, súper guay. Muy enchufados por David, que boxea desde hace tiempo”. Joaquín lleva apenas “dos días yendo”, pero ha dado el paso definitivo: “Me he comprado los guantes, o sea, que ya no hay marcha atrás”.

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Uno no se imagina al alto y flaco exbajista y letrista de Los Nikis, más tarde en Los Acusicas y actualmente en el delirio country de Los Nikis de la Pradera emulando al musculado Mike Tyson. Pero todo en torno a este madrileño es un poco anacrónico, casi absurdo. Tampoco cuadra que este tipo serio y educado haya sido uno de los especímenes más gamberros del rock español. Ni que este hombre de pasado punk sea comandante de Iberia, y lo es. Y casi menos aún que ahora le haya dado por escribir una novela. Y lo ha hecho.

Rodríguez acaba de publicar Spandex, una narración desternillante ambientada en el universo del glam metal ochentero, ese territorio de grupos hipermelódicos, pantalones imposibles y melenas ventiladas donde, según él, “ya de por sí todo era caricaturesco”.

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Explica: “Más que heavy, es del hair metal, esos grupos de finales de los ochenta, tipo Poison o Mötley Crüe, vestidos como tías, todos guapos, con melenas… Era algo que de por sí daba muchísimo juego”. La historia arranca en 1989, cuando Luigi, cantante del grupo español que se llama como el título del libro, vive una situación un tanto aparatosa con una fan durante un concierto. Transcurren los años y en 2017 se consuma la venganza...

La portada resume perfectamente el espíritu del libro: unas piernas enfundadas en unos pantalones imposibles de spandex fucsia. Son las suyas. “Los pantalones son de Amazon, de 9,95”, cuenta. “Intentamos usar unas fotos de conciertos, pero el problema es que se notaba que eran vaqueros.

Entonces la solución in extremis fue comprar unos pantalones de spandex y que Nacho Biosca [ex Ataque de Caspa, ahora en Los Nikis de la Pradera] se subiera a una escalera para hacerme fotos sobre un mantel blanco”. Los pantalones siguen guardados en casa. Y cuando alguien le preguntó si “había huevos” de ponérselos en la promoción de libro, la respuesta fue inmediata: “Ya te puedo decir que no, que no los hay”.

El don del humor

Joaquín reconoce que llevaba años dándole vueltas a la historia. “Yo no sé escribir de otra manera más que diciendo gilipolleces”, admite. “Como las letras de canciones. No puedo hacer una canción seria. Todo intento hacerlo con cierto sentido del humor”. Pero también tenía claro que una novela no podía sostenerse solo sobre chistes.

“Si haces algo humorístico y empiezas a poner paridas, en la página 25 ya es como… bueno, necesita algo. Entonces le di muchísimas vueltas a la trama para que me diera barra libre para escribir cosas surrealistas, pero con una historia que se sostuviera”.

Cuando menciona influencias literarias habla de las biografías de Ozzy Osbourne, Motörhead o Mötley Crüe, todas muy cafres; también de la película Abierto hasta el amanecer (Robert Kurtzman, 1996). Este periodista sitúa su libro en la línea de las novelas humorísticas de Eduardo Mendoza, como El misterio de la cripta embrujada o El enredo entre la bolsa y la vida, puro disparate.

Güijas con Jimi Hendrix

“Me gustan mucho las historias que empiezan normales y acaban completamente desmadradas”, reconoce. Y eso ocurre exactamente en Spandex, donde aparecen güijas con Jimi Hendrix, venganzas cocinadas a fuego lento, accidentes grotescos y personajes que resultan profundamente desagradables y extrañamente entrañables al mismo tiempo.

Ni uno solo se gana el aprecio del lector; el “malo”, porque es un patán despistado en caída libre; la “buena”, porque no parará hasta hacérselas pagar. “Todos son bastante asquerosos”, admite. Un amigo suyo, guionista, le habló incluso del famoso manual Save the cat, donde se recomienda que hasta el peor personaje haga algo adorable, como salvar a un gato, para conectar con el público. “Pero no quise hacer eso. Me parecía un poco moñas. Al final creo que el protagonista cae bien de lo asqueroso que es”.

El humor absurdo, ya típico de Joaquín Rodríguez desde Los Nikis —¿quién no se ha partido la caja con canciones como “Maldito cumpleaños”, “El imperio contraataca”, “Brutus” o “La hormigonera asesina”?—, le acompaña desde niño. “Éramos una pandilla muy de Madrid, muy de vacilar al otro constantemente”.

Y recuerda cuando, de adolescente, asistía a misa con Emilio, futuro cantante de Los Nikis: “La gracia era que Emilio intentaba hacerme reír por todos los medios. Si yo llegaba tarde y él estaba dos filas más adelante empezaba a hacer como que estornudaba diciendo mi nombre… Yo me moría intentando aguantar la risa”.

En su fertilizante humorístico aparecen también tebeos como Mortadelo y Filemón y 13 Rue del Percebe y dúos cómicos del tiempos pretéritos. “Mi padre era fanático de Tip y Coll”, evoca. “Ese humor rápido, absurdo y tonto se te queda ya para toda la vida”. Y probablemente ahí esté también la raíz del universo de Los Nikis, grupo pionero del punk pop gamberro español, donde las canciones parecían pequeños cortometrajes de desastre nacional.

Los Nikis hacían reír no solo con sus canciones; también por sus actos. Las anécdotas del grupo siguen teniendo algo casi mitológico. Joaquín recuerda especialmente una: Emilio atravesando escenarios literalmente a base de saltos. “Rompió tres”, asegura. “Como los escenarios eran de aglomerado y a veces había llovido, él empezaba a saltar siempre en el mismo sitio hasta que se iba para abajo”. La imagen era gloriosa: “Hay fotos donde sale asomando la cabeza por el agujero mientras nosotros seguíamos tocando”.

Décadas después, aquella misma pandilla (con la excepción de Emilio) continúa parcialmente viva en Los Nikis de la Pradera, una mutación country del espíritu Nikis donde Joaquín sigue escribiendo canciones igual de absurdas y castizas. Y este año se le han juntado tres proyectos: la novela, el segundo disco de Los Nikis de la Pradera (Llorica) y la reedición de NPI de música, aquel ensayo descacharrante —su primer libro, publicado en 2015— sobre cómo montar un grupo “sin tener ni puta idea de música”.

El comandante Cambion

La otra mitad de su vida parece pertenecer a una persona completamente distinta. Joaquín Rodríguez es comandante de Iberia desde hace décadas. Pilota rutas europeas y vuelos transatlánticos cortos hacia la costa este de Estados Unidos. “Mi padre hacía aeromodelismo y desde pequeño tuve clarísimo que quería dedicarme a esto”, explica. Y ahí aparece otra vez la dicotomía imposible entre el profesional responsable, en cuyas manos pone el pasaje su seguridad, y el músico inefable. “Soy un tipo serio”, afirma.

Pero los dos mundos terminan mezclándose continuamente. Sonado fue aquel vuelo del FC Barcelona tras un partido de Champions en el que las azafatas revelaron a varios periodistas catalanes que el comandante era “el bajista de Los Nikis”. Le pidieron que saliera a saludar; entonces un periodista le mostró en su móvil la canción “Enrique el ultrasur”, y Joaquín exclamó: “¡Anda, una canción mía!” (advierta el lector que los ultrasur eran seguidores del Real Madrid). Regresó a la cabina, pero un rotura del eje del motor de arranque obligó a cancelar el vuelo. En cuestión de minutos, la prensa deportiva contó a su manera el incidente: “El exbajista de Los Nikis dejó tirado al Barça en Ámsterdam”, tituló el diario As,

“Empecé a recibir whatsapps de amigos: 'Oye, que en la radio están diciendo que tú, que eres ultrasur, has dejado tirado al Barça'. Y yo: 'Perdona?'. Al día siguiente salió en todos los informativos. Mezclaban imágenes mías vestido de uniforme con otras haciendo la croqueta en un concierto. Tuve que llamar a mi jefe supremo para contarle lo que había sucedido de verdad, y decirle que todo lo que oyera a partir de ahí, era versión maxisingle. Vamos, que yo no había dejado tirado al Barça”. Ni siquiera Joaquín era ultrasur: “Esa canción la hice hace cuarenta años sobre un amigo nuestro que se llama Enrique y que nos colaba en los partidos con unos carnés que nos lanzaba metidos en un jersey, y veíamos el fútbol justo encima de los ultrasur”.

En otra ocasión, Mario Vaquerizo, pasajero en su avión, se acercó a la cabina a saludarlo con afectados abrazos mientras copilotos jóvenes intentan entender cómo aquel comandante aparentemente formal podía ser amigo suyo. “Siempre que se juntan los dos mundos pasan cosas raras”, admite. Es el primero en reírse, incluso de sí mismo; no en vano en redes sociales se hace llamar Clarence Cambion (@clarencecambion), que es el nombre del comandante del avión de la película Aterriza como puedas.

No le hace ascos a que Spandex se lleve al cine. “El comentario de mi mujer cuando lo leyó fue: 'Esto podría ser una película de Santiago Segura'. Así que estoy esperando ofertas”. Lo que casi seguro habrá será una segunda novela. “Me estoy estrujando el cerebro para escribir otra, porque me lo he pasado tan bien con esta... Posiblemente esté ambientada también en la música, que da más juego que los aviones”. Mientras, no deja de escribir canciones junto a Mauro Canut, cantante de Los Nikis de la Pradera: “Tenemos unas sesenta aún sin grabar. Hacemos las canciones en serie”.

Quizá por eso Joaquín Rodríguez sigue resultando un personaje tan extraño y tan español al mismo tiempo. El hombre capaz de pasar de pilotar un Airbus a posar con unos pantalones de spandex comprados en Amazon. El músico punk que habla de estructuras narrativas y plausibilidad argumental. El señor serio que escribe novelas llenas de güijas con Hendrix, torreznos y estrellas decadentes del glam metal. Y, sobre todo, alguien que sigue entendiendo el humor exactamente igual que cuando tenía quince años y se partía de risa con sus amigos.