DOCUMENTAL

Miguel Poveda y su película sobre Lorca: “Comparto con él sus ganas de transformar el mundo”

Miguel Poveda, en una imagen perteneciente a 'Enlorquecido'.. Uppers
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Miguel Poveda habla de Federico García Lorca como quien vuelve de visitar a un familiar lejano del que llevaba media vida oyendo historias en casa. No hay solemnidad de museo en sus palabras, ni esa afectación cultural de algunos artistas que pronuncian “Lorca” igual que quien enseña una pieza de porcelana antigua. Lo suyo es otra cosa, más humana, más de carne y pellejo. Habla rápido, se entusiasma, se atropella un poco, se ríe, se corrige y, en mitad de una reflexión sobre la educación y la cultura, es capaz de soltar un “eso es una catetada de España” con una naturalidad tan flamenca como callejera.

El cantaor catalán de 53 años estrena ahora Enlorquecido, una película documental centrada en la figura del poeta granadino después de recorrer algunos de los lugares fundamentales de su vida —Buenos Aires, Montevideo, Nueva York, Madrid— en una especie de peregrinación lorquiana que, escuchándolo hablar, parece haber sido también un viaje íntimo. Porque Poveda no describe a Federico como una estatua literaria, sino como alguien a quien de pronto ha conseguido imaginar respirando dentro de los sitios.

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“Me he llevado un retrato de Federico mucho más real, mucho más humano”, cuenta. “Solamente lo hemos visto en fotos en blanco y negro, con muy mala calidad, y de repente reconocer los lugares donde él ha estado es como visualizarlo también en el contexto”.

Y uno tiene la impresión de que esa búsqueda conecta bastante bien con la propia personalidad de Poveda, un artista que lleva décadas intentando sacar el flamenco del escaparate folclórico y devolverle algo parecido a la vida real. A sus contradicciones, a sus mezclas, a sus heridas. Porque si algo ha caracterizado su carrera desde que aquel chico de Badalona empezó a obsesionarse con el cante siendo prácticamente un crío, es precisamente una cierta negativa a quedarse quieto en un solo sitio.

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Poveda ha cantado flamenco ortodoxo, copla, poesía, rancheras, boleros y canciones latinoamericanas con una mezcla de arrojo y temeridad que durante años desesperó a algunos guardianes de la pureza. Pero él nunca pareció demasiado preocupado por eso. De hecho, cuando habla de Lorca, acaba hablando también de sí mismo sin darse demasiada cuenta.

Su historia de amor con el poeta, dice, empezó “casi sin darme cuenta”. Primero llegaron Camarón y Enrique Morente, dos artistas fundamentales para entender esa conexión natural entre el flamenco y la poesía culta. Después apareció un libro con los Sonetos del amor oscuro (1936). Y ahí algo hizo clic. “Sé que se lo dedica a un amor prohibido y que por eso fue asesinado también, por ser homosexual. Entonces empiezo a conocer más sus aspectos personales y eso me atrapa del todo”.

Poveda no llega a Lorca desde la universidad ni desde la erudición literaria, sino desde la empatía emocional. Desde la identificación humana. Le interesa el Lorca vulnerable, perseguido, deseante, contradictorio. “Quiero conocer a ese hombre del que todos hablan tan bien y que fue tan brutalmente asesinado”, resume. Y añade algo bastante revelador: “Nunca se termina de conocer Federico, es infinito”.

Y seguramente ahí reside parte del magnetismo inagotable de Lorca, convertido desde hace décadas en una especie de territorio común donde terminan encontrándose poetas, flamencos, profesores, hipsters de Malasaña, señoras que recitan el Romancero gitano de memoria y adolescentes que descubren sus versos en TikTok entre dos vídeos de gente bailando reguetón. Lorca tiene algo raro: sobrevive incluso a los homenajes oficiales.

Poveda, en cualquier caso, parece haber encontrado en él un espejo parcial. Cuando se le pregunta qué tienen en común, responde sin demasiadas vueltas: “Las ganas de transformar el mundo, quizá. Las ganas de hacer llegar la cultura a todos los rincones y de estar cerca del desfavorecido”.

Y ahí emerge otro de los grandes temas de la conversación: la cultura entendida no como lujo decorativo, sino como herramienta social. Poveda habla de educación, de acceso, de “picar piedra allá donde no está la cultura”. Lo dice además sin tono mitinero ni pose intelectual, más bien con esa mezcla de entusiasmo y cabreo que gastan quienes todavía creen —pobres ingenuos maravillosos— que el arte puede servir para algo más que llenar auditorios. “Debería ser algo que el ser humano por naturaleza caminara en la misma dirección”, reflexiona. “Pero aquí todo se politiza”. Y remata: “Eso es una catetada de España”.

La frase tiene gracia, pero también bastante verdad. Durante décadas el flamenco, igual que Lorca, ha sido utilizado en España como campo de batalla simbólico: lo castizo frente a lo moderno, lo popular frente a lo intelectual, la pureza frente a la mezcla. Poveda lleva años instalado precisamente en medio de esa frontera.

Flamenco y poesía

Cuando habla de la relación entre flamenco y poesía se nota que ahí toca hueso. Se entusiasma. Acelera todavía más. Habla de la “poesía popular maravillosa” que contiene el cante y lanza una reflexión estupenda: “¿Cómo es posible que gente sin estudios tenga esa sabiduría para construir tres frases que digan un mundo?”.

Esa es seguramente una de las grandes obsesiones históricas del flamenco: cómo algo nacido muchas veces entre pobreza, analfabetismo y márgenes sociales pudo alcanzar semejante densidad poética. Lorca lo entendió perfectamente. Manuel de Falla también. Por eso impulsaron en 1922 el célebre Concurso de Cante Jondo de Granada, intentando preservar un arte que ya entonces muchos consideraban amenazado por la comercialización y la frivolidad.

Pero Poveda huye del discurso fosilizado de la pureza. “No nos podemos encasillar solamente en lo tradicional”, defiende. “Ahí está esa parte bella, pero también puede haber otras lecturas que convivan”. Y menciona en la misma frase a Enrique Morente cantando a Miguel Hernández y a Antonio Mairena interpretando el flamenco más clásico. No ve contradicción. Ve convivencia, un ecosistema. En realidad, buena parte de su carrera puede resumirse así: un artista intentando demostrar que el flamenco no es una urna funeraria.

Eso sí, reconoce que no siempre resulta cómodo. Porque en el flamenco —como en casi todas las religiones culturales españolas— existen patrullas fronterizas vigilando quién entra y quién sale del canon. “Parece que vas a traicionar a los flamencos”, admite. “Pero yo no puedo mutilarme como artista”.

La palabra “mutilarme” aparece dicha casi sin dramatismo, pero contiene bastante más de lo que parece. Porque Poveda pertenece a una generación de artistas flamencos que crecieron admirando a los clásicos mientras escuchaban otras músicas, leyendo poesía contemporánea y viviendo en ciudades cada vez más híbridas. Pretender que un cantaor del siglo XXI permanezca encerrado en una vitrina de autenticidad resulta tan absurdo como pedirle a Lorca que jamás hubiese salido de Granada. Él insiste en que no explora otros territorios “para ganar más público”, sino porque constituye su esencia. “Es una necesidad vital”, dice. “Tengo que ir porque esa llamada está ahí”.

Terminamos hablando de jóvenes y flamenco, asunto sobre el que Poveda se muestra moderadamente optimista. Recuerda que cuando empezó apenas había chavales interesados en el cante y que hablar de flamenco siendo joven era poco menos que una extravagancia. Ahora, en cambio, percibe curiosidad. Pero insiste en algo: hace falta pedagogía. “Hay que educar, hay que llevar el flamenco a las escuelas y mostrarlo con una imagen más actual”.

Lo dice alguien que lleva media vida precisamente en eso: intentando que un arte antiquísimo siga respirando sin convertirse en pieza de museo. Exactamente igual que Lorca. Exactamente igual que esos versos que, cien años después, todavía siguen encontrando gente dispuesta a escucharlos como si acabaran de escribirse ayer por la noche en una mesa cualquiera, entre humo, vino y una discusión interminable sobre España.