Casilda Sánchez, hija de Paco de Lucía, analiza en un libro la soledad de su ruptura: “Tuve un miedo físico”
La escritora y periodista publica 'A veces nadie', un tratado sobre descubrir la soledad en todos sus vértices
La soledad no deseada cuesta 14.000 millones al año en España: "Ahora tengo amigos y estoy mejor"
Vivimos en una época extraña. Nunca habíamos tenido tantas formas de contactar con otros y, sin embargo, pocas veces habíamos hablado tanto de la soledad. Mensajes, grupos de WhatsApp, redes sociales, videollamadas, notificaciones que nos persiguen desde que nos despertamos hasta que apagamos la luz. El eslogan parecía claro: cuanto más conectados estuviéramos, menos solos nos sentiríamos. Pero la realidad parece haber tomado otro camino.
Es precisamente ese territorio el que explora Casilda Sánchez Varela en 'A veces nadie', un libro nacido de una experiencia personal de ruptura y de un viaje a Sri Lanka que acabó convirtiéndose en una investigación íntima sobre una de las emociones más temidas de nuestro tiempo. La escritora, hija del guitarrista Paco de Lucía, parte de una pregunta aparentemente sencilla: ¿por qué nos da tanto miedo estar solos? Y la respuesta que encuentra a lo largo de sus páginas está llena de matices, contradicciones y descubrimientos inesperados.
Porque la primera sorpresa es que la mala fama de la soledad no siempre existió. "Hasta el siglo XVIII, más o menos, no se hablaba de la soledad al revés, se hablaba de la soledad como una forma de fortaleza, casi de jerarquía espiritual. Los filósofos estaban solos, los místicos estaban solos y denotaba unas cualidades excepcionales", explica. Hoy, sin embargo, ocurre justo lo contrario. La soledad suele asociarse a fracaso, carencia o exclusión social.
Para Sánchez, esa transformación tiene mucho que ver con las exigencias contemporáneas. "Tiene que ver también con el mundo actual, la exigencia de visibilidad, la exigencia de ser deseado, consumido, de estar presente constantemente y si no entras dentro de esos parámetros, pues eres un marginal y te sientes un marginal, aunque no lo seas, porque es como el espejo que te devuelve el mundo".
El camino hacia la soledad
La paradoja es que esa necesidad permanente de presencia parece haber agravado precisamente aquello que pretendía combatir. Lejos de reducir la soledad, la hiperconexión la ha convertido en algo más estridente. "Yo creo que la ha hecho más ruidosa", afirma. Y desarrolla la idea: "El corazón de la vida relacional, que es el contacto humano, el tú a tú, la capacidad de improvisar, hasta de hablar por teléfono... Nos parece casi invasivo hasta que nos llamen por teléfono. Todo eso ha ido desapareciendo en favor de la presencia digital".
'A veces nadie' no nace sólo de una reflexión. Nace de una experiencia concreta. De una separación. De quedarse sola. Y, sobre todo, del miedo que apareció entonces. "Cuando me quedé sola, cuando me separé, el sentimiento más fuerte que tuve fue miedo. Más que tristeza, más que ansiedad. Tuve mucho miedo, pero un miedo físico, casi como de un boquete en el pecho. Y no entendía por qué. No entendía por qué tenía tanto miedo. No entendía a qué le tenía tanto miedo".
Ese desconcierto fue el origen de la escritura. No había un proyecto literario definido ni la intención de publicar un ensayo sobre la soledad. Había una necesidad de comprender. "Empecé a escribir. Ni siquiera para hacer un libro. Empecé a escribir porque escribir también es una forma de descubrir. Y de alguna manera eso fue iluminando las zonas oscuras y aquello me fue asustando menos".
La conclusión a la que llegó no encaja especialmente bien con los tiempos que corren. Porque no encontró atajos, ni fórmulas de autoayuda, ni soluciones instantáneas. Encontró paciencia. O, mejor dicho, la obligación de atravesar aquello que estaba sintiendo. "La única manera que tuve de encontrar paz en ese estado fue atravesarlo y esperar".
Y ahí aparece una de las ideas más interesantes de su discurso: la dificultad contemporánea para convivir con cualquier forma de malestar. "Hay como un mandato de felicidad constante e ininterrumpido. Y cualquier estado de malestar como que nos abruma. Creo que hay que entender que en la vida a veces hay malestar, hay tristeza, hay soledad. Y que tienes que pasar por ahí también. Igual que pasas por la alegría y la euforia".
Hay como un mandato de felicidad constante e ininterrumpido. Y cualquier estado de malestar como que nos abruma
Quizá por eso nos cuesta tanto reconocer públicamente que no siempre tenemos planes, que no siempre estamos rodeados de gente o que, sencillamente, pasamos una tarde solos. Hemos convertido la agenda social en una especie de currículum emocional. "La imagen que transmites es la de fracaso. Y el fracaso nos sigue dando mucho miedo", resume. De hecho, durante la investigación del libro comprobó hasta qué punto la palabra soledad sigue generando rechazo. "Cuando yo decía que estaba estudiando la soledad, la gente como que fruncía un poco el ceño. En la mayoría de las personas la soledad es dramática".
Sin embargo, uno de los hallazgos más interesantes del libro es precisamente que no existe una única soledad. Sánchez recuerda una diferencia que el inglés recoge mucho mejor que el español. "Los ingleses tienen dos términos distintos para referirse a la soledad. Uno es 'loneliness' y otro es 'solitude'. Uno es la soledad que debilita y otro es la gloria de estar solo. Nosotros aquí no tenemos esa distinción".
Los diferentes tipos de soledad
Durante el viaje que articula A veces nadie, la autora fue descubriendo precisamente esa otra soledad, la que no aparece asociada al sufrimiento. La llama "soledad cómplice" y reconoce que fue la gran revelación de su investigación. "Es sin duda la que más me ha sorprendido descubrir. Por lo que decía Emily Dickinson: estaría mucho más sola sin mi soledad. Hay mucha gente que dice 'me encanta estar solo' y te suena a justificación. Pero es verdad que hay un día que la soledad te da una sensación de plenitud con la que no contabas".
Frente a la idea de que la pareja es el antídoto universal contra la soledad, Sánchez plantea además una reflexión incómoda: la soledad más dolorosa puede producirse precisamente en compañía. "La soledad individual es una soledad abierta que está llena de posibilidades siempre. En cambio la otra es una jaula". Y añade una observación especialmente dura sobre las relaciones deterioradas: "Cuando la persona que se supone que te debe querer no te quiere, eso te va reduciendo, te va minimizando, te va haciendo sentir cada vez más pequeño. Entonces no solo que te sientas solo, es que ya incluso te deformas".
Al final, después de un viaje físico y emocional que la llevó hasta Sri Lanka y de cientos de páginas dedicadas a observar aquello de lo que casi todos intentamos escapar, Sánchez parece haber llegado a una conclusión sencilla. La soledad no siempre es el problema. A veces lo es el miedo que proyectamos sobre ella.
Por eso, cuando se le pregunta qué le diría a alguien que esta noche va a cenar solo y siente que eso dice algo malo sobre su vida, su respuesta resulta sorprendentemente práctica. "Que el foco de la cámara deje de estar en sí y pase a estar en los demás. Que en vez de observarse a sí mismo, observe lo de alrededor. Porque al observarse a uno mismo siempre acabas decepcionado".
Y ahí está una de las enseñanzas más valiosas de 'A veces nadie': la soledad no siempre es una condena. A veces puede ser, simplemente, una conversación pendiente con uno mismo.
