Música

Miguel Costas, de Siniestro Total: "Como éramos gallegos, siempre nos pedían farlopa"

Miguel Costas: "Siniestro Total fue un divertimento".
Miguel Costas publica un libro de memorias: '¡Esas palmas, coño!'.. Uppers
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El primer concierto de Siniestro Total tuvo lugar en el Cine Salesianos de Vigo el 27 de diciembre de 1981, como parte de un festival navideño de rock. Asistieron cuatro gatos, pero la actuación ha alcanzado proporciones míticas entre los fans del grupo gallego, hasta el punto de que, si damos por bueno lo que cuentan, allí no cabía un alfiler. “No fue nadie”, reconoce Miguel Costas, cantante, guitarrista y coautor de muchos de los temas de la banda. “Doce o catorce personas, los amigos y los de otros grupos que tocaron allí. Luego, cuando empezamos a tener repercusión fuera, resulta que todo el mundo había estado en aquel concierto. La verdad es que en Vigo fuimos reconocidos más tarde que en Madrid”.

siniestro total

La anécdota aparece en ¡Esas palmas, coño! Memorias supervivientes de un Siniestro Total, el libro con el que Miguel Costas revisita una de las aventuras más singulares del rock español. Un ejercicio de memoria que, según reconoce, le ha resultado más laborioso de lo que esperaba.

Da más trabajo que hacer un disco. Por lo menos para mí. Debe de ser que estoy más acostumbrado a hacer discos que libros. Y leerlo todavía no lo he leído. Hasta hace poco no tuve ejemplares en casa. Pero también te digo que es como un disco: cuando acabas un disco lo escuchas una vez y luego lo dejas descansar porque acabas saturado de correcciones, cambios y darle vueltas. Después de un tiempo ya vuelves a él con calma”.

El volumen cuenta la historia de un músico accidental (y accidentado) y de grupo que triunfó antes lejos de casa que en su miña terra galega. Mientras en Madrid empezaban a sonar en los círculos de la Movida y en locales de referencia como Rock-Ola o el Marquee, en Vigo todavía eran unos chavales haciendo ruido. Pero es que ni siquiera ellos daban crédito a lo que pasaba. “Nunca pensamos en vivir de la música, lo que sucede es que llegó un momento en que nos dimos cuenta de que ya no podíamos hacer otra cosa. Teníamos conciertos, teníamos trabajo y aquello empezó a funcionar”.

Las canciones, crudas pero pegadizas, ayudaron, pero en el caso de Siniestro Total había otro elemento igual de importante: las letras. Esa mezcla de humor, mala leche, surrealismo e ironía que convirtió muchas canciones en pequeños artefactos de culto. “Hicimos el grupo principalmente para divertirnos”, explica. “No queríamos contar chistes. Metíamos mucha ironía. Lo que pasa es que la gente cada vez tiene menos sentido de la ironía. Pero nunca me he cortado a la hora de hacer una letra”.

Aquellas letras se apoyaban además sobre una idea musical bastante clara. Aunque se les etiquetara como punks, Costas sigue viendo mucho pop debajo de toda aquella velocidad. “Las canciones eran pop. Si te fijas en los Ramones, por ejemplo, también son canciones muy melódicas. ‘Sheena is a punk rocker’ es una canción pop. Lo que pasa es que luego las tocas a toda hostia y con mala leche. Pero la base sigue siendo muy melódica”.

A principios de los ochenta, la convivencia entre grupos era mucho más estrecha de lo que hoy podría parecer. Costas recuerda una escena musical pequeña, donde todo el mundo terminaba encontrándose. “Al llegar a Madrid nos hicimos amigos prácticamente de todos los grupos. De Los Nikis, Glutamato Ye-Yé, Seguridad Social..., de todo el mundo. Fuimos muy bien acogidos. Los conciertos en Madrid siempre fueron muy bien”.

La imagen de aquellos años suele ir acompañada, en las biografías de otros grupos, de una nube permanente de alcohol y drogas. Costas no niega que el alcohol estuviera presente, pero relativiza bastante la leyenda. “Cuando íbamos a tocar por ahí, como éramos gallegos, siempre nos pedían farlopa. Pero la verdad es que nunca nos dio por ahí. No sé explicarlo. Ninguno del grupo cayó. Igual porque estábamos muy centrados en la música. O porque no nos movíamos por esos ambientes. En Vigo no se veía nada de eso. Éramos muy cerveceros, eso sí”.

Coñac y música

Tanto les tiraba la priva que una noche se replantearon sus costumbres. “Esperamos el inicio del concierto en la calle y hacía un frío terrible. Nos dieron una botella de coñac para entrar en calor. Entre el alcohol, el frío y el cambio de temperatura salimos a tocar como fugas. Aquello fue terrible. Desde aquel día decidimos no volver a beber antes de tocar. Aunque con el tiempo, esa decisión se relajó”. Hoy Costas no bebe, ni fuma. “Tuve un tumorcillo en la garganta y tuve que dejar de fumar. Llevo dos años sin tabaco y todavía me levanto con una angustia terrible. La bebida la dejé porque ya no aguantaba las resacas. Llegó un momento en que eran insoportables”.

Leyendas de Siniestro Total

Aunque el libro es también el relato vital de un adolescente que, tras la temprana muerte de su padre, tuvo que ejercer de cabeza de familia, es en las peripecias de Siniestro Total donde el lector encontrará jugoso solaz. Entre ellas, las tensiones creativas que con los años se instalaron en las dinámicas de la banda y que, a la postre, acabaron con ella. Mucho escribe Costas de su paulatina desconexión con Julián Hernández, la otra gran cabeza visible de Siniestro Total.

“Al principio llevábamos canciones a medias o las hacíamos juntos. Llegó un momento en que yo llegaba con una melodía y él tenía una letra. O al revés. En el último disco, Made in Japan, yo tenía muchas músicas pero ninguna letra. Él se interesó mucho más por el aspecto literario. Yo también, pero quizás de otra manera. No sé si no le gustaban mis letras o simplemente quería hacer otra cosa. Hoy nuestra relación es inexistente. Con los otros miembros del grupo hablo. Con el mánager también. Pero con Julián no, porque no lo veo. Él vive en Coruña, yo vivo en Lugo. Cuando voy a Vigo veo al resto de la gente, pero a él no”.

Las memorias también recuerdan algunos episodios que hoy parecen leyenda pero que fueron reales. Como la moda de escupir a los músicos; tendencia que Siniestro Total vivieron como diana. “Hay vídeos en los que a Germán [Coppini, primer vocalista del grupo] le cuelga un escupitajo de la cara. Era una moda inglesa. Gracias a Dios luego desapareció”. O conciertos que terminaban convertidos en batallas campales. “Hubo algunos que tuvimos que suspender porque se fueron de las manos. Recuerdo uno en Hortaleza [barrio de Madrid] que acabó siendo una cosa bastante peligrosa. Aquello parecía una película de tanta policía que había”.

Y luego están los accidentes. Primero el famoso siniestro de tráfico que dio nombre al grupo, que Costas relata como algo desprovisto de toda mística, muy de andar por casa. Después, muchos años más tarde, otro percance que todavía sigue pagando. “Fue en Bilbao. Durante una prueba de sonido se levantó un vendaval tremendo. El equipo se nos venía encima. Salimos todos corriendo y tropecé con un cable. Caí mal y me fastidié el pie para siempre. Pero por lo menos no caí de cabeza porque entonces no estaría aquí contándolo”. A sus 63 años, el cuerpo lleva la contabilidad de todos esos kilómetros. “Este año me han puesto tres epidurales y me hicieron dos radiofrecuencias. No me puedo operar porque tengo los discos totalmente fuera de sitio”.

Lo sorprendente es que, pese a los achaques, los conciertos los sigue aguantando razonablemente bien. “Lo que llevo peor son los viajes. Subir, bajar, viajar, dormir cada día en una cama distinta. Y otra cosa que no soporto es el menú del músico. Eso sí que no lo llevo nada bien”.

Costas no solo fue una de las voces fundamentales de Siniestro Total. También formó parte de Aerolíneas Federales, otro de esos grupos que ayudaron a construir el paisaje pop de los ochenta desde Galicia, mezclando melodía, descaro y sentido del humor. Como aclara en el libro, Aerolíneas Federales no fue una escisión de Siniestro; de hecho, nació antes. Cuando se le pregunta qué significaron realmente aquellos años, junta ambas historias en una misma respuesta.

“Para mí Siniestro Total fue un divertimento. Creo que forma parte de lo que fue una época de apertura en los años ochenta, de que podías decir cualquier cosa y no pasaba nada. Y creo que influyó mucho en muchos grupos que surgieron después, tanto Siniestro como Aerolíneas Federales”.

Observa la industria musical actual con escepticismo. “Ahora puedes tener diez canciones buenísimas y doscientos seguidores en Instagram y no vas a ningún lado. Y puedes tener diez mierdas y trescientos mil seguidores y te van a grabar porque son trescientos mil clientes potenciales. Entonces se pierde muchísima gente que está haciendo cosas muy interesantes”. Tampoco le convencen algunos de los formatos de música en directo que dominan hoy el negocio. “Llámalo evento, performance o lo que quieras. Pero un concierto tiene músicos. Si no hay músicos, para mí no es un concierto”. Y, sin embargo, no habla desde la nostalgia. Al contrario. En sus actuaciones sigue viendo caras nuevas. “Viene mucha gente joven. Algunos porque escucharon las canciones de sus padres en el coche o en casa. A mí eso me gusta mucho”.

Quizá porque, al final, lo que cuenta el libro no es solo la historia de un grupo. Es la historia de una época en la que unos cuantos chavales gallegos montaron una banda para pasárselo bien y acabaron dejando una huella bastante más profunda de la que imaginaban. “Yo a la gente le diría que investigue un poco lo que fue el rock en España y el pop en España. Más allá de Siniestro Total. Porque ahora todo va muy rápido. Antes mirabas quién producía un disco, quién tocaba, dónde se había grabado, quién había hecho la portada. Ahora todo pasa a una velocidad tremenda. Un artista dura dos años y luego ponen a otro que hace algo parecido. Es una época rara”. Lo dice alguien vivió los ochenta y los noventa pisando el acelerador a fondo y que, muchos años después, sigue subiéndose a un escenario. No parece una mala manera de sobrevivir a un siniestro total.