Ander Azcárate, el mayor caza autógrafos del mundo: “Me hizo ilusión que 'Seve' me presentara a Jordan”

En su álbum, con más de 20.000 instantáneas, figuran desde Severo Ochoa hasta Fidel Castro pasando por Lola Flores o Maradona
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¿Quién no ha pedido una foto alguna vez a ese cantante, actor o deportista al que admira y por casualidad se ha cruzado por la calle? ¿Quién no ha sacado nervioso un papel, una servilleta, lo que sea, para conservar esa firma de un ídolo con el que se ha topado en la mesa de al lado del bar? Todo el mundo tiene referentes y a todos les gusta sentir que, aunque sólo sea por un instante, se han sentido atendidos y reconocidos por ellos.
Ander Azcárate tiene ídolos, por supuesto. Pero él ya se ha pasado ese juego y desde hace cuatro décadas su objetivo es conseguir la foto con todo aquel personaje relevante en la vida pública. No importa el ámbito. Desde políticos hasta deportistas. Desde médicos hasta cantantes. Desde científicos hasta presentadores. Si es conocido, es válido para su colección.
Ander colecciona fotos, firmas, historias, recuerdos. Desde finales de los años ochenta, este asturiano ha dedicado buena parte de su vida a algo tan aparentemente sencillo —y a la vez tan complejo— como localizar ‘celebrities’ y fotografiarse con ellas. “No busco ídolos”, insiste. “Busco encuentros”.
Hoy, después de más de cuatro décadas, la cifra impresiona: alrededor de 20.000 firmas y fotografías copan las estanterías de su casa y, las nuevas tecnologías obligan, unos cuantos discos duros también. Pero reducirlo a un número sería quedarse en la superficie. Porque cada una de ellas implica horas de espera, viajes, intuición, chivatazos, decepciones y, de vez en cuando, una recompensa inesperada.

La historia arranca en Oviedo, en diciembre de 1987. Ander aún no lo sabía, pero aquel mes marcaría un antes y un después. “El primer autógrafo más oficial, por así decirlo, lo conseguí en un libro de firmas”, recuerda. Eran aquellos libros de piel que se regalaban en Navidad. El protagonista fue José Carreras, que acababa de superar una leucemia y regresaba a los escenarios con un concierto en el Teatro Campoamor.
Lo era la primera firma que pedía, pero el espíritu era otro. “Había empezado con lo típico: futbolistas del Oviedo, algún ciclista, pero con Carreras algo cambió. En esa época, entre el 87 y el 88, ya empecé a tomármelo más en serio”, explica. No en vano, a renglón seguido llegaron nombres como el de Jorge Semprún, entonces ministro de Cultura, y Óscar Arias, presidente de Costa Rica, para seguir dando lustre a su libro.
Ander huye de palabras grandilocuentes. Para él, todo sigue siendo una afición. “Como el que colecciona monedas, minerales o sobres de azúcar, a mí me ha dado por las fotos y las firmas”, compara. Pero con una diferencia fundamental: aquí hay que salir a buscar. “Cada vez tienes más y, cuando te das cuenta, ya quieres conseguir lo que te falta”.
Como el que colecciona monedas, minerales o sobres de azúcar, a mí me ha dado por las fotos y las firmas
Con el paso de las semanas, los meses y los protagonistas, la colección se fue diversificando. Llegan cantantes, toreros, políticos, escritores. Uno de los nombres que recuerda con especial cariño es el de Severo Ochoa. “Era de Asturias y Premio Nobel de Medicina. Tener una foto con él me hizo pensar que aquello podía ir mucho más lejos”, confiesa Ander.
No vale cualquiera
Aunque la lista de nombres es interminable, Ander insiste en que no todo vale. “No me sirve cualquiera solo por ser conocido”, afirma. El criterio es claro: la dificultad. “Si tengo que elegir entre un actor de aquí y un político de fuera, prefiero al político de fuera. Y si es al revés, prefiero al actor extranjero. Lo que sea más difícil de conseguir”, explica.
Si tengo que elegir entre un actor de aquí y un político de fuera, prefiero al político de fuera
El campo importa poco: “Me da igual que sea político, cantante, escritor, científico o empresario. Lo que cuenta es el reto”.
No todos los encuentros dependen exclusivamente de la insistencia personal o de la pericia a la hora de buscar aquí y allá. Algunos llegan gracias a mediaciones inesperadas. El ejemplo más emblemático es el de la foto con Michael Jordan.
“Severiano Ballesteros ya me conocía de coincidir conmigo en varias ocasiones”, cuenta Ander. Durante un acto relacionado con los Premios Príncipe de Asturias, Severiano le pidió que enseñara sus fotos a su sobrino. “Saqué un fotolibro y empezamos a verlo. Entonces me dijeron: ‘¿Cómo que no tienes a Michael Jordan?’”, continúa.

Quince días después, Severiano y su entorno iban a jugar al golf con la estrella de la NBA en Valencia. “Me dijeron que si iba con ellos, lo podía conseguir. Y así fue. Me hizo una ilusión increíble que Seve me presentara a Jordan”.
Algo parecido ocurrió con una de las dedicatorias más singulares de la colección: la de Fidel Castro. “No fui yo a Cuba”, aclara Ander. Fue el entonces presidente del Principado de Asturias, que viajaba a la isla. “Le pedí que le comentara mi afición y que le solicitara una dedicatoria para mí. Me la trajo. A veces es mejor tener algo que no tener nada. Aunque esa no la consiguiera yo en primera persona, me parece muy valiosa y era muy complicada”.
Siempre que puede, cierto es, Ander prefiere estar presente. “Si no estoy yo, tengo el autógrafo, pero no la foto. Y la foto tiene un valor especial porque sales tú con la persona. Es algo más personal”, argumenta.
Aun así, hay excepciones. Amigos que acuden a presentaciones de libros en Madrid o Barcelona, firmas que llegan de terceros, intercambios. “Yo también hago lo mismo cuando vienen personajes a Oviedo por los premios”, añade. La colección se construye en red.
Del papel al disco duro
Durante años, todo fue analógico. Carretes, copias, álbumes. “Ocupaba un volumen enorme”, recuerda. Hoy, la tecnología facilita las cosas, pero introduce otros riesgos. “Ahora no ocupa espacio físico, pero tienes que guardar las fotos en varios soportes. Un disco duro, otro, una tablet. No puede existir riesgo de que se pierda nada”, dice.

Ander no es ingenuo: “La tecnología tiene cosas buenas, pero también malas. Una foto en papel sigue ahí treinta años después. Un archivo digital, si no lo cuidas, desaparece”.
Jordan, Mandela y compañía
Si se le pide que cite nombres importantes, la lista es apabullante. En deportes: Michael Jordan, Pelé, Maradona, Carl Lewis… En literatura: Arthur Miller, que coincidió en Asturias con Woody Allen. En cine: Al Pacino o el mencionado Woody Allen. “Ahora sería muy complicado verlo”, apunta sobre este último: “Está enfermo y ya no se prodiga”.
En ciencia, además de Severo Ochoa, Ander destaca a Stephen Hawking. “Se hizo una forto, no me firmó, pero me explicaron cómo estampaba su firma en algunos casos. Me dijeron que le ponían el dedo en tinta, como los antiguos DNI, y así marcaba el papel”.
En política, el nombre que sobresale es Nelson Mandela. “Sin lugar a dudas”, dice Ander. “Como personaje histórico, es de los más importantes que tengo”.
Si tuviera que elegir una “joya de la corona”, duda, pero acaba reconociendo que Michael Jordan y Nelson Mandela estarían en lo más alto.
No todas las historias que hay detrás de las fotos son un ‘aquí te pillo, aquí te mato’. Algunas exigen una paciencia infinita de la que Ander puede presumir. Luis Miguel es uno de esos casos. “Era muy esquivo”, recuerda Ander de su visita a Oviedo. “Entraba y salía por el parking, no era accesible”.
Hasta que un día bajó la guardia. “Llegaba tarde de un ensayo y pensaría que no habría nadie esperándole. Pero ahí estaba yo”. Al principio no hubo respuesta. Luego, alguien se dio cuenta, le dejó pasar al hall del hotel y el encuentro se produjo cerca del ascensor. Foto conseguida.
Otro cantante, de reconocido prestigio durante décadas a nivel internacional aunque Ander prefiera no destacar su nombre, fue aún más complicado: “Estuve prácticamente todo el día en el hotel esperándole”, recuerda. Al final, solo consiguió la firma. “Fotos no quería. Nada. Imposible”. Pero la postal volvió firmada. Y eso, en ese momento, fue suficiente.
Con líderes políticos, el desafío suele ser otro. “Shimon Peres llevaba mucha seguridad y era desconfiado”, explica. Lo mismo ocurrió con Erdogan. “Te estás haciendo la foto y notas cómo te están palpando los bolsillos o la chaqueta”. No es una exageración: es protocolo. “Vienen de países conflictivos y es perfectamente comprensible que haya una seguridad máxima”, concluye.
Durante años, Asturias fue un escenario privilegiado. Ander lo recuerda con claridad. “Hubo un ciclo de charlas que era incluso mejor que los Premios Princesa de Asturias”, asegura. El llamado Campus Internacional reunió a figuras como George Bush padre, Gorbachov, Vargas Llosa, Henry Kissinger o Raúl Alfonsín. “Para mí fue un filón aquella época”, recuerda.
Algo parecido ocurrió con la apertura del Centro Niemeyer en Avilés. “Antes incluso de que estuviera terminado ya venían actores y artistas. Allí conseguí a Kevin Spacey, Jessica Lange, Omar Sharif y muchos otros”.
Ídolos que no lo son tanto
Sin embargo, no todos los encuentros cumplen las expectativas. No todos los personajes conocidos tienen por qué ser amables o tener un buen día. “Mr. Bean es un ejemplo claro. En pantalla es chistoso, pero en persona es muy serio, incluso borde”. En cambio, Ben Stiller fue justo lo contrario: “Agradable, simpático, como te lo imaginas después de verlo en la tele”.
Y luego está Bob Dylan. “Con él no hubo nada que hacer”, admite. Hotel sin garaje, entradas controladas, negativa absoluta. “Lo vimos de cerca, pero no quiso nada”.

Después de cuatro décadas, Ander tiene una conclusión clara: “Cuando los ves de cerca, muchas veces se te caen los mitos. Son personas cansadas, con muchos viajes a sus espaldas, con días buenos y malos. No es una vida que yo pueda llegar a envidiar”, resume.
Cuando los ves de cerca, muchas veces se te caen los mitos. Son personas cansadas, con muchos viajes a sus espaldas, con días buenos y malos
Por eso, Ander tiene su propia teoría sobre los famosos. “Cuando pueden, buscan lo mismo que cualquiera. Tranquilidad. Fernando Alonso es un buen ejemplo. Cuando está en Asturias, está en su museo, con niños, en la cafetería. Podría estar en cualquier parte del mundo, pero vuelve a casa con los suyos”, comenta.
Cómo no, antes de concluir la charla le hacemos a Ander la pregunta del millón. ¿Cuánto vale tu colección? ¿Llegarías a venderla? Por supuesto, el ‘no’ es rotundo. “No sé cuál sería su valor, pero la mayoría son dedicatorias personales. No tendría sentido venderla”. Tampoco le obsesiona entrar en el Guinness, aunque podría: “Es un proceso largo, notarial. Nunca me lo planteé en serio”.

