Aymar Navarro, leyenda del esquí, nueve meses después de su accidente en Alaska: "O me colocaba la rodilla o perdía la pierna"

El esquiador español repasa con Uppers su caída y narra los meses posteriores en los que trabaja en su recuperación con la ilusión de volver a sentir la nieve bajo sus tablas
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Aymar Navarro, esquiador profesional, rescatador de montaña y bombero, atiende a nuestra llamada entre una conferencia y el viaje para la siguiente. Es lo que le toca ahora: contar su historia. Ya no compite, ni siquiera puede ponerse los esquís aunque lo está deseando con todas sus fuerzas. Sin embargo, su día a día durante la recuperación de la terrible lesión que sufrió en Alaska es casi tan frenética como cuando se dedicaba a escalar los picos más inverosímiles para bajarlos esquiando.
Aquella vida, la de la aventura, los viajes a Nepal, a Japón, a Alaska, el freeride y la nieve desde que amanece hasta que el sol empieza a ocultarse, se vio frenada en seco a finales del pasado mes de marzo. Una caída en un descenso que tenía controlado, con las condiciones idóneas y en el lugar donde siempre había soñado esquiar terminó con una rodilla literalmente destrozada y aún no se sabe cuántos meses de recuperación por delante.
Lleva nueve y no tiene prisa. Sólo quiere que la rodilla vuelva a ser la de antes y pasar página. Que sea cuando tenga que ser. Él ahora no es el mejor freerider español de siempre, él ahora es “un soldado” al servicio de todo el equipo que trabaja en su recuperación.
"Se hace duro"
Aymar habla desde ese sitio extraño en el que se mezclan la calma y el enfado. No enfado contra nadie en particular, sino esa mala leche útil, el combustible que enciende la disciplina 24 horas al día, siete días a la semana. “Llegar a casa, al Vall d’Arán, verlo hasta arriba de nieve y no poder ponerte las tablas… es una putada. Se hace muy duro, se hace pesado, pero es lo que hay”, confiesa.
Porque la lesión no es solo un parte médico. Es un cambio de identidad. Un deportista como Aymar, que vive por y para la montaña, se define por lo que hace con su cuerpo. Y cuando el cuerpo se rompe te obliga a reescribir quién eres mientras lo recompones.

El consuelo, por extraño que parezca, es poder recomponerlo, ya que Aymar pudo perder la pierna si no hubiera actuado como lo hizo nada más sufrir el accidente. En mitad de la más absoluta nada paró, pensó y ejecutó con la mente fría. “Por supuesto que he pensado que se había acabado el esquí, pero en caliente, nada más caer, no piensas en el futuro ni en la temporada. Piensas en salir de ahí, en la supervivencia”, narra.
En caliente, nada más caer, no piensas en el futuro ni en la temporada. Piensas en salir de ahí, en la supervivencia
“Tenía una luxación de rodilla bestial. La rodilla estaba totalmente girada para atrás y estaba en medio de un glaciar, perdido. Lo primero que hice fue pedir a mi equipo que activaran el protocolo para que un helicóptero pudiera venir. Pero yo sabía las consecuencias que podía acarrear la caída y lo que iba a tardar el rescate… sabía que iban a ser muchas horas, así que me puse a solucionar lo que estaba en mi mano”, continúa.
Y ahí entra su otra vida, la que del Aymar Navarro sin dorsal, la de bombero, la de rescatador, la de alguien entrenado para tomar decisiones cuando el cuerpo y el miedo intentan tomar el mando.
“No había más opción que poner yo mismo la rodilla en su sitio para minimizar el daño dentro de la gravedad porque con una luxación tan completa las consecuencias después de cinco horas hubieran sido bastante peores”, explica.
El razonamiento es crudo, pero la realidad indica que si la rodilla se enfría, recolocarla se vuelve casi imposible. Además, si no la recolocaba, entraba en juego la circulación. “Si no la ponía yo, se iba a hacer una vasoconstricción, el riego sanguíneo no iba a llegar a la zona baja del pie y en el hospital poco habrían podido hacer. No me quedaban más cojones que hacer eso o podía perder la pierna. Prefería romper un ligamento que perder la pierna, así que me puse el buff en la boca, mordí fuerte y la coloqué. No lo considero un acto heroico: fue salvarme el culo e intentar minimizar daños”, termina no sin que duela sólo escucharlo.
No lo considero un acto heroico: fue salvarme el culo e intentar minimizar daños
Cuando intenta reconstruir el accidente, no busca culpables ni se inventa explicaciones. La causa, al final, queda enterrada bajo la nieve, como tantas cosas en montaña. “Fue un salto saliendo de la línea, de dos o tres metros… En la recepción, sin visibilidad, golpeé con algo que había en el suelo. Estaba cubierto por nieve. No sabemos si era una grieta o una bola de hielo. Ya no lo vamos a saber”.
En el freeride, incluso con toda la técnica, siempre hay un margen que se escapa. Esa parte que no controlas. Esa parte que, ahora, Aymar está aprendiendo a aceptar desde el lado más ingrato: el de la convalecencia.

La lesión tiene un segundo golpe, menos espectacular y más humano. Llega cuando uno trata de asimilar lo sucedido y mirar hacia delante. Aymar lo hizo durante el viaje de vuelta a España desde Alaska. Solo. Con sus muletas y su mochila al hombro. “En el avión bajé un poco las dosis de calmantes para ser más coherente… y ahí me pegó el bajón. No dormí ni media hora seguida en las más de 25 horas de viaje. Ahí no paraba de hacerme esas preguntas estúpidas que nos hacemos cuando pasa algo malo. Me dio tiempo a hundirme y a tocar fondo”, reconoce.
Pero durante esas interminables horas también tuvo tiempo para tomar una decisión. En ese momento había nacido un soldado. Aymar haría con disciplina marcial todo lo que estuviera en su mano para recuperar la rodilla.
En el avión bajé un poco las dosis de calmantes para ser más coherente… y ahí me pegó el bajón. No dormí ni media hora seguida en las más de 25 horas de viaje
Por supuesto, comenzó ahí mismo. Salió del aeropuerto, se subió a un taxi, fue al hospital, entró en urgencias, llamaron al cirujano y comenzaron a plantear la operación y los meses posteriores tanto a nivel físico como la estrategia mental, sin dejar un resquicio a la opción de fracasar: “Siempre he pensado que se puede recuperar la rodilla. Lo que más motivación me da es ver la línea de las montañas. No poder estar ahí es lo que me hace levantar cada día con mala hostia y entrenar más fuerte”, apunta.
Y aquí aparece el método. Lo define con una frase que le dijo al médico tras la operación: “Aquí tienes un buen soldado. Dime lo que tengo que hacer”. Ese es el pacto: él no negocia con el plan. Ejecuta. “Yo he hecho todo lo que me han dicho al pie de la letra: cuatro horas, cuatro horas; seis horas, seis horas. Alimentación: cero azúcar, bajamos hidratos, lo cortamos todo. Yo hago lo que está en mis manos y exactamente como me lo piden. Sin pasarme”.
Lo controlable y lo incontrolable
En su discurso hay dos categorías claras: lo controlable y lo incontrolable. Lo controlable: entrenar, comer, dormir lo que se pueda, cumplir. Lo incontrolable: “Los tiempos, si hay complicaciones, si el cuerpo rechaza o no… eso ya no depende de mí”. Esa separación es, probablemente, la diferencia entre avanzar y romperse por dentro. Aymar no puede decidir la velocidad de la recuperación, pero sí puede decidir no traicionarse en el proceso.
Por eso evita obsesionarse con plazos. No es que viva en la ignorancia, al contrario. “Me interesa la evolución, pero no me interesa saber plazos reales. He pedido que no me los digan así que no sé cuándo volveré a esquiar”. Quiere el horizonte corto: “Que me digan lo que me queda de aquí a la semana que viene, como mucho a 15 días vista”. El resto, dice, puede jugar en contra. Porque si te marcas una fecha y no llegas, la frustración te lesiona por segunda vez.
Me interesa la evolución, pero no me interesa saber plazos reales
Eso no quiere decir que renuncie a la ilusión de que más pronto que tarde le dejen hacer sus primeros descensos. “Siempre tienes la ilusión de decir: ‘Ojalá en primavera al menos hacer unas bajadas y empezar a notar la rodilla bien, que la puedo empezar a apretar. Más que un objetivo, es el deseo y la necesidad de notar la rodilla fuerte y estable, pero a día de hoy aún tengo muchos puntos de dolor”, confiesa.
De momento, aunque el dolor aún está presente, ha podido dejar atrás aquel que le hacía sufrir incluso alucinaciones durante los 25 días que tuvo que pasar ingresado. “Había un momento de dolor que subía, subía, y me podían dar lo que fuera y no había manera de bajarlo. Llegué a sufrir algo que ni siquiera eran pesadillas, eran alucinaciones. Sentía como unos perros me arrancaban la rodilla y le decía a mi pareja que me los quitara”, recuerda todavía impactado.
A pesar de todo lo sufrido, o quizá por eso, Aymar ahora se siente fuerte, con ganas de seguir adelante y retomar (cuando se pueda) todos los proyectos que tuvo que guardar en un cajón hace nueve meses en Alaska. “Estoy con confianza y por eso seguimos entrenando cada día a tope. No entra el pensamiento malo en mi cabeza. Y si vienen los fantasmas, los escupo rápido”.

Para hacerlo hay que ser fuerte mentalmente y él lo es. Sirva como muestra el botón de su retirada del Freeride World Tour. Aymar puso punto y final a esa etapa nada más ‘planchar’ su mejor línea en Baqueira, en su casa y con su gente. Allí, con 5.000 personas en la meta coreando su nombre, decidió que no volvería a competir porque ni siquiera ganar el campeonato mejoraría ese momento, esa sensación. Dicho y hecho.
Aymar no ha decidido a cuál de sus lugares preferidos (no hay sólo uno, no puede haberlo) acudirá para hacer su primera línea tras superar la lesión. “Todos son muy bonitos”, dice, aunque la zona de Sarraera parece una firme candidata. Ya ha vuelto allí andando, pero con esquís es otra historia. “Ir ahí ya es una actividad seria. Eso será el termómetro perfecto para decir que estoy de vuelta”, apunta.
Navarro no habla de volver a ser el de antes con nostalgia sino de volver con garantías, con el cuerpo listo para una actividad en la que “tienes que estar a tope” para repetir. Y mientras tanto, mantiene vivo algo que no depende de la rodilla: la lectura de la montaña. “Soy un friki: me encanta analizar la meteorología, las condiciones de nieve, cuándo está propicio, cuándo hay cierre de aludes. Eso no se pierde”. Y quizá eso sea también una manera de seguir dentro, aunque físicamente esté fuera.

