María Palacio, el nexo de tres generaciones de surfistas: “Mi padre iba a la mina y luego a coger olas”

Roberto, su padre, fue pionero en España. Sancho, su hijo, ya está en la selección nacional. Ahora es María la que también coge olas
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La historia de María Palacio, surfera, hija de surfero, esposa de surfero y madre de surfero, no se entiende sin Roberto Palacio, su padre, y ella lo sabe mejor que nadie. Minero de profesión, surfista por vocación, pionero por accidente, Roberto fue uno de los primeros hombres que se metió en el Cantábrico con una tabla cuando en España nadie sabía muy bien qué era aquello del surf.
Él era un hombre que bajaba a las galerías a picar zinc en los Picos de Europa y luego cruzaba la frontera en una furgoneta a negociar trajes de neopreno a cambio de minerales únicos de la tierra cántabra. Un hombre cuyo nombre lleva hoy uno de los mejores picos de la playa de Los Locos, en Suances: El Huerto de Roberto.

Está a la derecha mirando al mar, allí donde el agua se porta de una manera tan particular. Un pico exigente, con carácter, que el padre de María convirtió en su territorio hace décadas y que ella presume de haber heredado a su manera. "Me lo tengo agenciado. Me da igual que haya doscientas personas allí. Yo tengo mi truco y me meto", apunta rotundamente.
María nació en 1977, pero el surf ya estaba en casa antes de que ella llegara. Jamás salió ni parece que vaya a salir de allí. "Mi padre iba a la mina a por estalactitas, a por gemas. Se reunía con coleccionistas de Sudáfrica, de Sudamérica… Se intercambiaban minerales. Y luego llegaba a la playa y cogía olas. Para él todo era lo mismo: la naturaleza", rememora.
Roberto era lo que la gente de Los Locos llamaba el local por excelencia. Su hija lo recuerda todo por los olores: "Yo decía: mi casa no es como las demás. Cuando iba a casa de mis amigos olía diferente. La mía olía a resina, a goma, a parafina. Mi padre arreglaba los trajes, lijaba las tablas. Yo no sé en qué momento empecé a surfear, porque es que yo ya nací ahí, rodeada de surf".
Cuando iba a casa de mis amigos olía diferente. La mía olía a resina, a goma y a parafina
No hubo un primer día. No hubo tabla de regalo ni clase de iniciación. Hubo una orilla, un padre en el pico y una niña que se deslizaba con lo que encontrara por allí. "Jugaba con cualquier cosa. Un plástico roto de un barco, una madera perdida, lo que fuera. Mi padre no nos dejaba tocar sus tablas, pero nosotros hacíamos todo lo que él no quería que hiciéramos", recuerda.
Ahora es consciente de que lo suyo, en aquella época, no era normal. No sólo por lo revolucionario de su padre. También por lo suyo. Era una mujer en un mundo de hombres.. "Para mí el género no existía. Era un estilo de vida. Mi padre ni siquiera lo planteó como una cosa de chicos. Cuando tenía doce o trece años sí que noté que las chicas éramos pocas o muy pocas. Pero en mi caso no fue raro. Fue normal, siempre", explica María.
Cuando tenía doce o trece años sí que noté que las chicas éramos pocas o muy pocas. Pero en mi caso no fue raro. Fue normal, siempre
Estudió Educación Física. Compitió. Viajó a campeonatos aquí y allá buscándose la vida con lo que hubiera, durmiendo donde pudiera, llegando como fuera: "Nunca me llevaron mis padres a una competición. Nos organizábamos solos. Era una excusa para quedar con amigos de otras partes, acampar, vivir, buscar olas y divertirnos", comenta antes de narrar cómo aprendió ella a cabalgar las olas.
"Yo creo que aprendí despacio y seguramente no haya subido al nivel que habría subido con un entrenador y todas esas cosas que se pueden tener ahora. Pero seguramente he sido más feliz. Fui a mi ritmo, poco a poco, pero disfrutando al máximo cada momento", narra.
Con sus alumnos al mar
Hoy, a sus casi 50, María da clases de Educación Física en un instituto de Suances. Y cuando puede, se lleva a sus alumnos al mar. “Primero van a la piscina, para trabajar flotación y respiración en un medio estable. Luego a la playa, con una escuela de surf local, con monitores, con ratio pequeño. Les convenzo así, a pico y pala: dejad que os enseñe dónde soy más feliz. Y al final casi todo el alumnado acaba en el agua, donde queríamos".
Porque el mar y el surf cambian la cara a la gente. Lo ha visto con sus alumnos y con cientos de personas que se ha cruzado durante décadas en la orilla. Lo sabe de toda la vida. "El surf es el deporte más difícil que existe. Se mueve el medio, se mueve el objeto y te mueves tú. Todo a la vez, pero te enamora y ya no lo puedes dejar", dice.
El surf es el deporte más difícil que existe. Se mueve el medio, se mueve el objeto y te mueves tú
María, eso sí, reconoce que ya no entra en cualquier sitio como hacía de adolescente. Lee el mar de otra manera. Ve una corriente pequeña contra una roca y ya sabe que la serie llega en treinta segundos. "Esas referencias las tenemos los que llevamos muchos años y nos las callamos mucho", comenta medio en broma medio en serio.
Antes era más rebelde en el agua, reconoce. Ahora usa más la cabeza… y coge más olas que antes: "Aprendes a leer la mar. Y eso no te lo enseña nadie, lo vas adquiriendo tú. Aunque, sí, el tener a alguien al lado que te dé ese tipo de información te hace aprender más rápido. Lo que no sé es si es mejor aprenderlo rápido. Aprenderlo lento es guay. Yo lo aprendí lento y lo he disfrutado más".
La tradición surfera en casa de los Palacio, sin embargo, no incluye sólo a Roberto y María. Nada más lejos de la realidad, ya que Sancho, el hijo de María, ha llegado pisando fuerte y dispuesto a mejorar lo presente. Tiene diecisiete años y está en la selección nacional de surf.

"No tenía escapatoria", dice María, y se ríe. "Estaba predestinado", añade. Y es que, además de lo que ya hemos contado, el padre de Sancho, Natanael Rodriguez, también ha surfeado toda la vida y su abuelo paterno, Amador Rodríguez, fue pionero en Asturias. Con esos mimbres, el agua era inevitable. Pero Sancho no llegó al surf por inercia familiar: llegó porque es, en palabras de su madre, "muy procedimental, muy deportista, muy de hacer las cosas con el cuerpo".
Profesor de sus compañeros
Terminó la ESO y eligió un grado de Actividades en el Medio Natural: espeleología, escalada, vela, remo, surf… Hace las prácticas en escuelas de surf y trabaja de monitor. A veces ha dado clase a sus propios compañeros. "Un grado hecho para él", dice María sin ocultar el orgullo.
Verle competir le gusta. Mucho. Viaja a los campeonatos y disfruta. No como entrenadora sino como madre que viene de dentro del deporte y puede tenderle manos que otros no pueden. "Hay cosas que veo que a otros les faltan y que yo le puedo cubrir. Intento sumar y formar parte del proceso, pero siendo también su madre", cuenta.

Roberto Palacio llegó a ver a su nieto surfear. Pero en el agua los tres juntos, los tres disfrutando al mismo tiempo, nunca ocurrió. "La última vez que vi a mi padre en el agua fue en Peniche, en Portugal. Sancho era muy pequeño. Ya con mi generación, a él le fueron echando para atrás ciertas cosas", apunta María.
Cuando el surf se masificó, su padre buscó otra pasión... y se enamoró del golf. “Dejó el mar. Él era así: buscaba la exclusividad, el contacto con algo salvaje, y cuando eso desapareció, se fue. Él miraba solo la belleza del mar, el poder deslizar una ola. Punto. Que esa ola valga 0,25 más que la del otro era extraterrestre para él. Por eso se alejó".

¿Y a ella? ¿Le habría gustado a María tener veinte años ahora, con todo lo que tiene el surf moderno? La respuesta llega sin dudar ni un segundo: "Ni de coña. No cambiaría por nada cómo viví yo el surf. Me gusta que mi hijo viva lo suyo. Y estoy segura de que mi padre diría lo mismo. Cada uno vivió su surf y fue el suyo".
Hasta que el cuerpo aguante. Y después también.
Cierto es que, aunque disfrutando del surf a su modo y no con la competición entre ceja y ceja, María no duda en verse en el agua hasta que ya no pueda más. En Francia ha visto abuelas meterse en zonas tranquilas con la misma naturalidad con que ella se mete en El Huerto. En Maldivas conoció a un grupo de australianos, el más joven rondaba los setenta, que desde que se casaron tenían un viaje anual obligatorio para coger olas juntos y reencontrarse. "Me gustaría verme como ellos. Poder darlo todo hasta el final", asegura.
Sabe que el cuerpo cambia. Que lo que busca ahora no es lo que buscará dentro de veinte años y no lo que hacía hace 15. Pero el mar es grande. Siempre hay un rincón para cada momento de la vida. Y si un día el cuerpo o la mente no acompañan, buscará la fórmula para seguir encontrando su rinconcito en el huerto de su padre.

