Vivienda

Javier Gil, sobre la crisis de la vivienda: “Lo que causa el malestar en los jóvenes no es la vida de los boomers”

Javier Gil, autor de 'Generación inquilina'
Javier Gil, autor de 'Generación inquilina'. Capitan Swing
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Hay debates que envejecen mal porque nacen simplificados. El de la vivienda es uno de ellos. Jóvenes contra mayores. Boomers que compraron barato frente a chavales condenados al alquiler eterno. Es un relato que funciona, que se entiende rápido y tiene villanos claros. El problema es que es falso o, como mínimo, incompleto. La realidad es más compleja y más estructural, pero, sobre todo, apunta a los extremos: concentración de riqueza y especulación, no a la edad de quien vive en una casa.

Esa es una de las tesis que defiende el sociólogo Javier Gil, autor de ‘Generación inquilina’, y aquí lo resume sin rodeos: “Lo que causa el malestar y la precariedad de la población joven no es la vida de estos jubilados ni de estos boomers, es la fuerte concentración de riqueza en los más ricos”. Es decir, no es una guerra entre generaciones. Es otra cosa, un problema de estructuras económicas, de quién acumula y de quién queda excluido. Porque sí, hay diferencias.

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“Un jubilado ha podido vivir en una vivienda de propiedad, tiene mejor situación económica que la población joven”, reconoce Gil. Pero añade lo importante: “por el momento histórico que ha vivido cada uno”. No es que unos lo hicieran mejor, es que jugaron con reglas distintas. Durante décadas, el contrato social funcionaba: trabajar y esforzarse permitía acceder a una vida digna. “Eso es lo que se ha roto”, dice. Y se ha roto justo cuando los precios de la vivienda empezaron a desconectarse de los salarios y de la economía real, generando un sistema donde vivir se convirtió en un lujo o una estrategia de inversión, y no una necesidad cubierta.

No es sólo un problema para los jóvenes

Gil advierte de que “hay mucho interés en fomentar conflictos civiles, jóvenes contra boomers, contra jubilados”. Tiene sentido: siempre es más sencillo enfadarse con tu padre que con un fondo de inversión internacional, que son los que marcan los precios. Gente cuya influencia política y económica supera por mucho la de cualquier familia.

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“Las primeras viviendas que compró Blackstone aquí en Madrid las compró por 70.000 euros y las está vendiendo por 300.000. Esa rentabilidad no la tiene ningún mercado a nivel internacional, pues claro, Blackstone multiplica eso por miles de viviendas”. Eso es lo que presiona al alza y lo que deja a la mayoría atrapada.

Para cambiar esto, según Gil, hace falta intervención política: “El Estado tiene que dar un paso al frente y generar un fondo de inversión público que haga lo que hacen los fondos buitre, pero no para generar rentas desorbitadas, sino para generar un patrimonio público de vivienda y poder garantizar la vivienda como derecho”.

La idea es simple, pero radical: intervenir en el mercado para frenar la especulación y asegurar que el acceso a un techo no dependa de la suerte ni de la herencia. “Si no ponemos límites a los precios y no generamos stock público suficiente, cualquier reforma será cosmética”, añade, con un tono que mezcla advertencia y sentido práctico.

Parte del problema está en los contratos de alquiler, que perpetúan la inestabilidad. Gil señala que medidas como los alquileres indefinidos, comunes en otros países europeos, podrían estabilizar la situación: “Mientras los inquilinos cumplan los contratos y los contratos se actualicen con el IPC, no puede ser un negocio echar a un inquilino para buscar a otro que te pague un 50% más”.

La precariedad del alquiler, la rotación y los sobreprecios son parte de la misma ecuación que excluye a familias enteras del mercado. “Y esto no es solo un problema de jóvenes, afecta a personas de 50, 60 años, que ya no tienen ahorros suficientes para enfrentar incrementos drásticos”, subraya Gil.

La desconexión entre salarios y precios es otra pata de esta crisis. Según Gil, “en una ciudad como Madrid o Barcelona para comprar una vivienda necesitas el salario de 15 o 20 años”. Es decir, la economía de los hogares ya no sostiene el mercado inmobiliario.

Los precios se mantienen artificialmente altos por inversión especulativa y deuda, no por capacidad real de compra. Esto deja a la sociedad atrapada en un sistema que favorece a los que ya tienen capital y excluye al resto. “Estamos hablando de un mecanismo de exclusión social masiva”, enfatiza.

Una generación atrapada con posibilidad de cambio

Gil advierte también sobre la dimensión política de la crisis: “Lo importante es cambiar las reglas de juegos para empezar a impulsar otro modelo. Pero esto no es algo que en dos días se vaya a solucionar. La tensión social cada vez va a ser mayor. El problema es que si no se soluciona es imposible saber por dónde va a salir.”.

La vivienda está en disputa entre modelos: uno autoritario, donde la desigualdad se profundiza y la coacción puede ser la norma; otro igualitario, donde se apuesta por la redistribución y la democratización del sistema inmobiliario. La tensión social crece y, si no se actúa, la polarización puede intensificarse. La vivienda se convierte así en un barómetro de la salud democrática del país. “No es solo un problema económico, es un asunto de ciudadanía”, recuerda Gil.

Por último, la generación inquilina no solo es víctima: tiene potencial de cambio. Gil lo deja claro: “Ahora mismo la generación inquilina es un sujeto de explotación, pero se puede transformar en sujeto político si dice basta ya, se organiza y lucha y se moviliza y reclama nuevos derechos”.

La historia de conquistas laborales y sociales demuestra que los derechos no caen del cielo: se consiguen con organización y presión. La vivienda podría ser la próxima gran conquista colectiva, si hay voluntad política y acción ciudadana. “No es utópico, es posible, pero hay que intentarlo”, concluye.

En definitiva, la crisis de la vivienda es estructural, política y económica. No se trata de un enfrentamiento generacional. Boomers, jóvenes o mayores de 50 años comparten vulnerabilidades y exclusión según el momento histórico y el tipo de propiedad que puedan alcanzar. La clave, insiste Gil, está en mirar hacia arriba, hacia quienes concentran riqueza y manipulan los mercados, no hacia los vecinos de diferentes edades. Solo entendiendo eso se puede pensar en soluciones reales y sostenibles.