Educación

Diana Al Azem, sobre criar un hijo a los 50: “Si el fin de semana pesa más que el lunes es un síntoma de burnout parental”

Un padre trata de hablar con su hijo
Un padre trata de hablar con su hijo. LA
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Hay una escena que se repite más de lo que nos gustaría reconocer: domingo por la tarde, sofá, una serie a medio ver y un niño —o dos— que entran en el salón como si fueran un vendaval. “¿Jugamos?”. Tú levantas la vista, sonríes… y por dentro piensas: no puedo más. No es falta de amor. Es otra cosa. Algo más profundo. Más físico. Más constante.

Diana Al Azem le pone nombre y apellido a la situación: burnout parental. Y no, no es cosa solo de padres primerizos ni de madres desbordadas con bebés. También afecta —y cada vez más— a quienes llegan a la crianza con la vida ya rodada, la carrera encarrilada y las fuerzas, sea por un motivo o por otro, algo más justas.

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“Se trata de padres que tienen un estrés crónico y a los que muchas veces la crianza les supera”, explica. Pero hay matices. Porque no es lo mismo criar con 30 que hacerlo rozando los 50. Hay más experiencia, cierto, pero el cuerpo no es el mismo.

Hay una idea que solemos repetir como mantra: tener hijos más tarde tiene ventajas. Más estabilidad económica, más madurez, más claridad mental… Todo eso es cierto. Pero hay un detalle que no podemos dejar escapar: “El margen físico no es el mismo. Sostener noches sin dormir o el cansancio no es igual a partir de cierta edad”, señala Diana. 

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El margen físico no es el mismo. Sostener noches sin dormir o el cansancio no es igual a partir de cierta edad

Puedes tener un buen sueldo, una casa más grande o incluso cierta capacidad para contratar a personas que te ayuden con las tareas del hogar. Pero hay algo que no se compra: la energía ante las necesidades de la crianza.

No es lo mismo levantarte varias veces por la noche con 40 que con 28. Y cualquiera que haya encadenado tres noches malas lo sabe”, comenta Diana.

A eso se suma otro factor menos visible pero igual de importante: la exigencia laboral. “A partir de cierta edad solemos tener puestos de más responsabilidad y que nos pueden generar más estrés y, por lo tanto, más cansancio o menos energía a la hora de dedicar tiempo a nuestros hijos o a nosotros mismos”, añade. Es decir, llegas más cansado a casa… pero tus hijos te necesitan igual o más.

Madurez emocional vs. desgaste físico

En teoría, ser padre o madre con más edad tiene una ventaja clara: sabes mejor quién eres y qué quieres. “Emocionalmente estamos un poquito más preparados y eso ayuda a relativizar, a no dramatizar tanto, a elegir mejor las batallas. Pero el cuerpo no negocia y al final pesa más el cansancio físico”, admite. Y eso cambia muchas cosas. Porque ya no se trata solo de paciencia o experiencia, sino de resistencia.

Emocionalmente estamos un poquito más preparados y eso ayuda a relativizar, a no dramatizar tanto, a elegir mejor las batallas

Aquí aparece una diferencia interesante: los padres más jóvenes tiran de energía; los más mayores, de estrategia: “Somos más conscientes de que necesitamos descansar”, explica. Y eso se traduce en algo que antes costaba más: poner límites.

Diana Al Azem, autora de 'Madres quemadas'

Quizá uno de los mayores aprendizajes de la crianza tardía es este: no hace falta estar siempre. “Tenemos más claro que necesitamos esos tiempos para nosotros y entendemos que un domingo de sofá no es egoísmo sino supervivencia”, apunta.

Porque hay una presión —cultural, social, digital— que empuja en la dirección contraria: “Hay una presión de ser padres perfectos, de estar constantemente presentes. Y las redes sociales no ayudan: familias que lo hacen todo bien, niños felices, casas ordenadas, vidas perfectamente equilibradas. Eso impacta en el burnout parental tanto en padres jóvenes como mayores”, advierte.

Hay una presión de ser padres perfectos, de estar constantemente presentes. Y las redes sociales no ayudan

Hay una fórmula que resume bastante bien el problema. Diana la llama, con ironía, “el trío tralará”: trabajo, hijos y culpa.

“Por un lado el trabajo, por otro los hijos… y entre ambos aparece la culpa”, explica. Culpa por trabajar demasiado, por no trabajar suficiente, por no estar y por estar cansado cuando estás. Es un bucle.

“Da igual lo que hagamos, muchas veces sentimos culpa y ese sentimiento es gasolina para el agotamiento. Porque no solo estás cansado. Estás cansado y sintiéndote mal por estarlo”, explica.

Hay una forma bastante clara de saber si estás quemado. No hace falta test ni diagnóstico. “Cuando llega el fin de semana y no te relajas… o estás deseando que llegue el lunes, es un claro síntoma de burnout. Y no disfrutar realmente de las vacaciones, otro”, explica Diana.

Una madre, desesperada, con sus hijos al fondo

La mítica frase ‘a ver si empiezan ya el cole’, que se repite más de lo deseado lo resume a la perfección. Yno es que no quieras a tus hijos. Es que estás saturado. Y tu cerebro pide tregua.

La pareja también lo nota

El burnout, además, no es individual. Es incluso ‘contagioso’. “La mayoría de parejas discuten por la gestión del tiempo. Ambos trabajan, ambos están cansados, ambos sienten que hacen más de lo que pueden. Y encima hay un cambio vital importante: muchas parejas han vivido años de libertad antes de tener hijos. Han tenido tiempo para viajar, salir… y de repente tienen que reorganizar toda su vida”, explica Diana, que añade: “Ese choque no siempre se gestiona bien”.

La mayoría de parejas discuten por la gestión del tiempo. Ambos trabajan, ambos están cansados, ambos sienten que hacen más de lo que pueden

Aquí entra otro clásico: el reparto de tareas: “Todavía vemos parejas en las que el hombre ‘ayuda’”, señala Diana. Y la palabra ya dice mucho. “No se trata de ayudar, sino de compartir”, aclara.

Porque la carga mental —esa lista invisible de cosas que hay que hacer— sigue recayendo mayoritariamente en las madres. Pensar en citas médicas, reuniones escolares, horarios, logística… eso no se ve, pero pesa.

Y además hay otro problema: la autoexigencia: “Muchas veces las madres prefieren hacerlo ellas porque creen que lo hacen mejor”, dice. Resultado: más carga, más agotamiento. Su consejo es claro: “Hay que aprender a delegar y a aceptar que no todo se hará como tú quieres”.

Hijos que preguntan (y duelen)

Pero, ¿cómo viven ellos -los niños- ese burnout de sus padres? Pues con la naturalidad y la crudeza propias de su edad. De hecho, hay frase inocentes que duelen más que una mala noche. Como ese ‘papá, siempre estás trabajando’.

No lo dicen con maldad. Pero golpea. “Eso aumenta la culpa. La mejor respuesta es la calma y la verdad: ‘sí, estoy trabajando, pero luego estoy contigo’”, explica Diana, que insiste en que no se trata de cantidad sino de calidad: “Los hijos no necesitan que estemos todo el tiempo, pero sí que cuando estemos, estemos de verdad”.

Uno de los mensajes más interesantes que atraviesan las reflexiones de Diana —y que aparece también en su libro 'Madres quemadas', aunque sin pretensión de manual milagro— es este: bajar el listón.

“No llegar a todo forma parte de una vida real”, afirma. Y añade algo que debería estar en la puerta de todas las casas: “La crianza no necesita perfección, necesita una presencia suficiente”.

Suficiente, no perfecta. Porque el problema muchas veces no es la falta de tiempo, sino el exceso de exigencia. “Queremos que lo tengan todo, que sean perfectos… y eso nos lleva al agotamiento mientras se nos escapa lo esencial. Los hijos no recordarán si la casa estaba ordenada. Recordarán cómo se sentían contigo”.

¿Se puede evitar todo esto?

Ante todo lo expuesto sólo cabe preguntarse si se puede evitar, aunque la respuesta no nos va a gustar demasiado, ya que se puede gestionar mejor, pero evitarlo es casi imposible. Diana propone tres ideas sencillas, pero no siempre fáciles.

La primera: no hacerlo solo: “No sostener la crianza en silencio. Buscar apoyo, hablar con otros padres, pedir ayuda si hace falta”.

La segunda: bajar la autoexigencia: “No todo es urgente. Pero no vale con pensarlo. Hay que repetirlo hasta creérselo”.

La tercera: pequeños cambios: “Hay que salir a caminar, delegar una tarea o, como yo siempre digo, darse una ducha sin limpiar la mampara”.

Pequeños espacios de libertad en medio del caos del que casi nadie te avisa cuando piensas en tener hijos: “Si nos lo planteáramos en serio, el mundo se extinguiría”, comenta Diana con media sonrisa para después concluir: “Sabemos que no va a ser fácil, pero la ilusión de ser padres supera cualquier consejo y cualquier miedo”.