Entrevistas

Katia Hueso, docente y bióloga: "No dejar que un niño se enfrente a un riesgo es pan para hoy y hambre para mañana"

Katia Hueso, docente y bióloga. Cortesía
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Entre la permisividad absoluta y la sobreprotección. Así conviven muchas familias con hijos hoy en día y es lo que se encuentran en consulta muchos psicólogos y expertos en educación infantil en España. Parece que no hay término medio pero sí, podemos educar siendo permisivos y sin necesidad de sobreproteger. Según las estadísticas, el mundo es un lugar más seguro que hace cincuenta años. Pese a ello, las leyes, las políticas y la sociedad demandan el riesgo cero en cualquier actividad, entorno o situación para nuestros hijos. Pero pensémoslo: ¿es esto bueno para ellos? Seguro que recuerdas —-por lo menos yo sí— cómo tu madre te dejaba ir a comprar el pan o a comprar cosas para la escuela a la papelería del barrio, o como tu abuela o abuelo te hacía recados para que te familiarizaras con las cuentas. Hoy en día, muchos niños no salen solos a la calle. Detrás está el miedo a que les ocurra algo y la sobreprotección.

Desde el nacimiento a la adolescencia y más allá, la vida cotidiana es un constante desafío —por lo general, de baja intensidad—, lleno de aprendizajes útiles que tienen que ver con cómo agrandamos los límites de nuestra zona de confort. Los adolescentes son los reyes del riego, son los más arriesgados, también los niños. Esto tiene una explicación y es que su corteza prefrontal (la que se encarga de controlar los impulsos y el riesgo) aún no está desarrollada. Por lo tanto, en estas etapas son los padres los que deben acompañar a sus hijos. Si los tienes te habrás dado cuenta que tienes que repetirles 100 veces lo mismo, sin la certeza de que te hayan entendido o prestado atención. Lo que está claro y demostrado es que criar y educar a los niños entre algodones los hace más frágiles que nunca. Si nos asusta mandarlos solos a comprar el pan, ¿qué sucederá cuando tengan que hacer su primer viaje solos o superar algún percance en la calle?

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Katia Hueso, docente y doctora en Biología acaba de publicar un interesante libro sobre este tema. En 'Arriesgar es lo natural' (Plataforma Editorial, 2026) busca poner en valor el lado bueno del riesgo, aquel que nos aporta beneficios en la vida familiar y personal, y propone un cambio de mirada para que podamos verlo como una oportunidad de crecimiento y desarrollo, como un contrapunto positivo a la idea de peligro. Tiene sentido, es madre y además creó Grupo de Juego en la Naturaleza Saltamontes, la primera escuela infantil al aire libre en España. Además es escritora de libros como ‘Somos naturaleza’, ‘Educar en la naturaleza’ y ‘Jugar al aire libre’ y conferenciante. Hace relativamente pocos meses realizó una charla en BBVA Aprendemos juntos, donde precisamente hablaba de la importancia de dejar que los niños exploren y asuman ciertos riesgos al aire libre.

Pregunta: En tu libro planteas el concepto del riesgo desde un lado menos negativo al que estamos acostumbrados. ¿Por qué te parecería oportuno hacerlo ahora? ¿Hay más sobreprotección ahora que hace 30 años?

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Respuesta: El riesgo bien gestionado es útil para aprender a gestionar los desafíos de la vida diaria. Todo riesgo tiene un beneficio, que es la razón por la que se nos presenta: una operación quirúrgica, una inversión o simplemente tomar un atajo para llegar a casa. Aquellas situaciones que no entrañan ningún beneficio, ni siquiera las valoramos como opciones. A nadie se le ocurre bajarse de un coche en marcha o apostar todo su dinero a un negocio a todas luces insolvente. Por tanto, conviene hacer un análisis riesgo-beneficio de las situaciones inciertas a las que nos enfrentamos, y elegir aquellas que nos ofrecen una mayor probabilidad de éxito. A los niños se les permite cada vez menos entrenar el músculo que les ayuda a evaluar el riesgo, pues se les protege de la incertidumbre. Actos tan banales como ir a comprar el pan o ir solos a casa de un amigo, ya se ven como demasiado “arriesgados”.

P: ¿Por qué crees que tenemos una ola de padres sobreprotectores si no hay tanta inseguridad como antes?

R: El miedo ante la incertidumbre y, por tanto, al riesgo, es contagioso. Cuando un amigo nos pregunta si dejamos a nuestros hijos enfrentarse a cualquier situación que conlleve cierto riesgo, nos entra la duda sobre si es lo correcto. Y ante esa duda, actuamos eliminando la exposición a ese riesgo. Es un efecto cascada que acaba por eliminar hasta los menores riesgos, como salir a la calle cuando llueve o quedarse a merendar en casa de un amigo. En la actualidad, vivimos además en una sociedad más individualista, con familias nucleares que tienen poco contacto habitual con el resto de la familia extendida o incluso con otras personas del vecindario. El estilo de vida que llevamos tan acelerado, con una conciliación laboral mal conseguida y horarios de infarto, hace que podamos prestar poca atención a gestionar los riesgos y nos resulta más cómodo eliminarlos. 

P: ¿Qué es para ti no dejarles arriesgar? ¿En qué situaciones sí hay que hacerlo y en qué situaciones no? 

R: No dejar que un niño se enfrente a un riesgo es pan para hoy y hambre para mañana. Si impedimos que aprenda a gestionar los pequeños riesgos del día a día, como jugar solo en la calle o tomar el autobús, nunca sabrá manejar situaciones más complejas que se puede encontrar en la adolescencia. La “riesgoalfabetización” debería consistir en enseñar a identificar los riesgos, distinguir la probabilidad de un impacto negativo o positivo, y usar herramientas que permiten minimizar el peligro y maximizar el beneficio de cualquier situación. Mediante esas herramientas se amplía el espectro de situaciones que son viables y de las que se puede sacar partido. Un ejemplo son los deportes de aventura. Alguien sin entrenamiento no debe subir solo a una montaña, pero con una adecuada formación y organización, se puede hacer y se disfruta del resultado. 

P: "Este no es un libro técnico sobre el cálculo de riesgos, tampoco un canto a la adrenalina y a la temeridad", dices. ¿Por qué es sano para ellos y qué les enseña en la vida?

R: En efecto, este libro es sobre todo una reflexión sobre el concepto de riesgo y sobre cómo podemos aprovechar su lado positivo en la vida cotidiana. No es necesario ser deportista o tener una determinada profesión para su lectura, el riesgo existe en todos los aspectos de la vida cotidiana. Criar a los hijos ya es de por sí arriesgado. Con este libro ofrezco modelos y herramientas conceptuales para que cualquier persona y, sobre todo, las familias, puedan comprender, manejar y sacar partido a los pequeños y grandes riesgos que la vida nos trae. 

"Está en la naturaleza de un adolescente probar los límites de su cuerpo y de su mente"

P: ¿A partir de qué edades es más común que tiendan al riesgo? La adolescencia imagino que suele ser la etapa más álgida y que más temor genera en los padres, por otro lado…

R: Sí, está la primera infancia, cuando aún no tienen consciencia del peligro y, por ejemplo, meten los dedos en un enchufe o se caen a la piscina. Por suerte, suele haber un adulto cerca que les impide llegar a ese punto. En la adolescencia, sin embargo, no existe ese marco protector externo y hay que llevarlo puesto. Está en la naturaleza de un adolescente probar los límites de su cuerpo y de su mente. Por eso, si previamente han entrenado sus destrezas de gestión del riesgo mediante el juego libre, la exploración de los límites de su zona de confort, y lo han hecho con la guía de personas que han acompañado ese riesgo de una forma saludable, sabrán poner límite a su propia actitud frente al riesgo.

P: Riesgo cero y riesgo sin límites… ¿Cómo encontramos los padres el punto medio?

R: Ojalá tuviera la receta perfecta para eso. La clave para mí está en acompañar desde el mismo nacimiento en la exploración del riesgo, con una autonomía cada vez mayor. Se trata de hacerles ver, de una forma serena y calmada, lo que en cada momento sucede o podría suceder, y dar herramientas para identificar personas, lugares o impactos, que les sirvan para el futuro. No se trata de permitir o prohibir, no es tan blanco y negro. Es valorar, en cada momento, si es posible y deseable asumir un riesgo y ser conscientes del porqué y para qué. Se trata, por tanto, de afinar el termostato del riesgo de cada cual. 

P: ¿Qué herramientas pueden tener los padres para que el riesgo de sus hijos no les suponga una merma en su salud?

R: Como madre, me identifico con la ansiedad que todos sentimos cuando la incertidumbre es cada vez mayor en las acciones de nuestros hijos: esa primera fiesta de pijamas, ese primer viaje solos... La palabra clave para contrarrestar esa ansiedad es la confianza. Esta debe trabajarse a lo largo de la vida, dando autonomía a dosis paulatinas. De poco sirve sobreproteger en la infancia y luego pretender que nuestro hijo se vaya un año solo al extranjero para aprender inglés. La confianza debe construirse poco a poco, porque además ha de ser mutua: nosotros debemos confiar en la destreza de nuestros hijos, y ellos en nuestra presencia emocional y personal, en todo momento. 

P: La exposición al riesgo requiere de preparación, anticipación y capacidad de reacción, también de intuición y experiencia. ¿Qué recomiendas?

R: Como he ido sugiriendo en estas líneas, la exposición paulatina y serena ayuda a construir las relaciones de confianza mutua y por tanto a afinar la capacidad para afrontar el riesgo: hoy te dejo ir solo a casa del vecino; mañana puedes quedarte a dormir. Hoy vas de campamento con tus amigos; mañana te vas de Interrail. La intuición se construye a partir de la experiencia. El acervo de experiencias previas hace que sepamos anticipar cada vez mejor lo que va a suceder, aprendemos a leer las situaciones y anticiparnos a lo que nos pueden traer. Debemos aprender a confiar en nuestro instinto, esa señal que nos da el cuerpo antes de que nuestro cerebro la haya procesado. El instinto hace que no nos metamos por un determinado callejón de noche o no entablemos conversación con una persona que podría hacernos daño. Es, como si dijéramos, una “terapia de exposición” en la que vamos aprendiendo a ajustar el termostato al que me refería antes.