El hábito finlandés que te ayudará a vivir más y mejor

La explicación de sus virtudes está en cómo responde el cuerpo al calor
La sauna ayuda a perder peso durante la menopausia, según un estudio
En un país con inviernos implacables, en el que el sol se deja ver pocas horas al día durante varios meses, el calor se convierte en ritual. La sauna finlandesa no es una rareza exótica ni una práctica esporádica, sino un gesto cotidiano, casi sagrado, repetido generación tras generación. Hoy, lejos de las fronteras del norte de Europa, la ciencia empieza a confirmar lo que Finlandia ya sabía por instinto: sudar, desconectar y abrazar el calor puede ayudarte a vivir más y mejor.
Y es que, se trata de un país que tiene poco más de cinco millones de habitantes… y más de tres millones de saunas. Las hay en casas particulares, bloques de pisos, oficinas, hospitales, cuarteles y hasta en los despachos del Parlamento. La sauna está tan integrada en el día a día que no es un lujo, sino un derecho, hasta convertirse en el lugar donde se negocian acuerdos, se repara el cuerpo, se calma la mente o se despide a los muertos. En algunos pueblos aún es tradición realizar la primera y la última limpieza de una vida, en el nacimiento y la muerte, en el interior de una sauna.
Aunque el origen de esta práctica se remonta a más de dos mil años en el pasado, su vigencia no ha hecho más que crecer. Y la ciencia moderna ha empezado a investigar los efectos fisiológicos de esta exposición intermitente al calor, con hallazgos sorprendentes.
Longevidad y corazón: lo que dicen los estudios
Uno de los descubrimientos más sólidos proviene de Finlandia, precisamente. Investigadores de la Universidad de Finlandia Oriental llevaron a cabo un amplio estudio con más de 2.000 hombres de mediana edad durante más de dos décadas. El resultado fue claro: quienes acudían a la sauna entre cuatro y siete veces por semana tenían un 63% menos de riesgo de muerte súbita cardíaca y un 40% menos de riesgo de mortalidad por cualquier causa en comparación con quienes solo iban una vez por semana.
La explicación está en cómo responde el cuerpo al calor. Durante una sesión de sauna, la temperatura corporal sube, los vasos sanguíneos se dilatan, el corazón late más deprisa hasta el punto de que puede alcanzar los 120-150 latidos por minuto, y la presión arterial tiende a bajar al finalizar la sesión. El efecto es comparable al de una caminata rápida o una sesión de ejercicio cardiovascular de intensidad moderada, pero sin el impacto físico. La piel suda, la circulación mejora, se eliminan toxinas y se activa la función endotelial.

El cerebro también se protege
Pero no todo es corazón. El calor periódico, como el de la sauna, también tiene efectos neuroprotectores. Otro estudio finlandés asoció el uso frecuente de sauna con una reducción de hasta el 66% del riesgo de desarrollar enfermedades neurodegenerativas como el Alzheimer o la demencia. El mecanismo no está del todo claro, pero se sospecha que la mejora en la circulación cerebral, la reducción del estrés y la producción de proteínas de choque térmico (HSP) contribuyen a proteger las células neuronales frente al deterioro progresivo.
Dormir mejor, tener menos ansiedad, reducir los niveles de cortisol y activar mecanismos de reparación celular. La sauna actúa sobre varios frentes, no como un remedio único, sino como una herramienta complementaria que suma efectos positivos en múltiples sistemas del cuerpo.
Un respiro mental y físico
Más allá de los marcadores clínicos, la sauna tiene un efecto inmediato sobre el bienestar subjetivo. La experiencia de entrar en un espacio cálido, permanecer en silencio, sudar, respirar lentamente y luego salir al aire frío genera un contraste fisiológico que el cuerpo agradece. Se estimula el sistema parasimpático, se relajan los músculos y, con ellos, también la mente.
En Finlandia, este proceso está tan interiorizado que forma parte de la semana como ir a la compra o tomar café. La gente no va a la sauna para “hacer wellness”, sino para recuperar el equilibrio. Para descansar. Para desconectar.
El tiempo en la sauna suele ir acompañado de normas sociales no escritas: no se habla en voz alta, no se lleva el móvil, no se compite. Es un espacio de igualdad, donde desaparecen las jerarquías. Da igual que uno sea cirujano, conductor de autobús o estudiante: en la sauna, todos sudan igual.
Aunque la tradición finlandesa es difícil de replicar por completo en otros países, lo cierto es que hoy existen muchas formas de incorporar este hábito sin necesidad de vivir al norte del círculo polar. Saunas públicas, spas, centros deportivos, saunas portátiles o incluso versiones infrarrojas permiten acercarse a los beneficios de esta práctica milenaria.
Lo importante, según los estudios, es la frecuencia y la duración. Las sesiones que han mostrado mayor impacto en longevidad suelen durar entre 15 y 20 minutos, con temperaturas superiores a los 70 °C, realizadas al menos tres veces por semana. Y como siempre, en personas con enfermedades crónicas o cardiovasculares, es recomendable consultar al médico antes de incorporarlo como rutina.

