Actores

Ángela Molina o el arte de envejecer: “Todavía no tengo ni idea de qué va tener 70 años, pero suena bien”

Ángela Molina desfilando para Miu Miu a los 68 años. Redacción Uppers
Compartir

Cumplir 70 años suele venir con preguntas, balances y etiquetas. Pero Ángela Molina no responde a ninguna de ellas. “Todavía no tengo ni idea de qué va tener 70 años, pero suena bien”, afirma, sin ironía ni necesidad de justificación en una reciente entrevista para Harper's Bazaar. Lo dice con la serenidad de quien no necesita parecer sabia, y con la libertad de quien ha decidido que el tiempo no es una amenaza, sino una materia que se habita.

Molina no se presenta como un ejemplo de envejecimiento activo ni como bandera de ninguna causa generacional. Lo suyo es más subversivo: niega la necesidad de explicar la edad. No saber qué significa tener 70 años es su manera de desactivar el mandato de tenerlo todo bajo control. Es, también, una forma de seguir en movimiento.

PUEDE INTERESARTE

Tras la afirmación con la que abrimos este artículo no duda en añadir algo que explica mucho de su forma de estar en el mundo: “Hay una sensibilidad distinta: los demás cobran mucho más valor, te falta tiempo para amarlos. El camino hacia lo sublime, que es el final y a la vez el principio, se va revelando ante ti”.

No hay melancolía. No hay nostalgia. Hay asombro. A sus 70 años, y con más de doscientos personajes interpretados en cinco décadas de carrera, Molina no se aferra a lo ya vivido. Lo que le interesa es lo que se revela. Y en ese camino, insiste, lo importante no es tener respuestas, sino dejarse transformar.

PUEDE INTERESARTE

Reivindicar el presente, no la perfección

“La vida es así”, dice en un momento de la conversación, “yo soy muy de aquí y ahora. El presente es mi máxima”. Y lo dice alguien que ha encarnado todo tipo de vidas ajenas, desde mujeres rotas, a visionarias, maternales, eróticas o vulnerables. Personajes que, a veces, no le gustaban como personas y con los que, sin embargo, tuvo que convivir durante meses. “Tus pensamientos te llevan a personas que no han existido, pero has sido tú. A veces ha sido difícil porque no te han gustado como seres humanos y has tenido que sufrirlos más que disfrutarlos. Pero ahí se quedan”.

La clave está en ese verbo: acompañar. Acompañar a los personajes. Acompañar a la niña que fue. Acompañar el paso del tiempo. “Hay una fusión entre la niña, la adulta, la vieja… Acompañas a todas esas mujeres que has sido a lo largo de tu vida. El espíritu no tiene edad, ni definición, ni nada de lo que nos han enseñado”.

Además, Ángela Molina no ha necesitado combatir el tiempo. No ha maquillado su vejez, ni ha pretendido domarla. “Entiendo y respeto a la gente que persiga la belleza porque pretenda pensar que va a vencer al tiempo. Pero al tiempo no hay quien lo venza; más vale acompañarlo como es, porque si no, te lo pierdes”.

Lo suyo no es una cruzada contra los retoques estéticos, sino una defensa del cuerpo como archivo de vida. “He aprendido a verme con otredad: bella y vieja, envejeciendo en todas las edades”, afirma. La vejez no es un bloque homogéneo, sino una sucesión de edades internas que coexisten. Y esa conciencia —física, espiritual, artística— no se fabrica en el discurso, sino en la experiencia.

El trabajo como forma de estar viva

La presión por dejar de trabajar también ha llamado a su puerta. “Mi marido y mis hijos están continuamente: ‘Mamá, ya no deberías trabajar’, ‘tienes que bajar el ritmo…’”, cuenta. Pero Molina no se ve fuera del oficio. “Mi trabajo es harto necesario para la cultura de este país. Amo mi país; me siento responsable de él. Y si hay buenos trabajos, yo no voy a ser la que tire la toalla a no ser que no pueda moverme”.

A su edad, no trabaja por obligación ni por ego. Lo hace por coherencia. Porque lo que eres no se suspende cuando soplas las velas. Y porque ha visto y reconoce a otras mujeres enormes que trabajaron hasta los ochenta y más. “Si te lo da la vida, ¿cómo no se lo vas a agradecer haciendo lo que eres?”

Así, frente al relato del envejecimiento como meta o como pérdida, Ángela Molina propone otra mirada: la edad como tránsito inacabado, como espacio de revelación emocional, y como disolución de las categorías rígidas. No hay un papel nuevo que asumir a los 70. No hay un uniforme moral que ponerse. Hay solo un cuerpo, una voz, un deseo de seguir en movimiento.

“La juventud es absolutamente libre y hará lo que su razón considere responsable”, dice sobre las nuevas generaciones de actrices. Pero luego lanza una advertencia suave: lo importante no es vencer al tiempo, sino no perdérselo. Y quizás esa sea la verdadera lección: no hay lección. Solo la posibilidad de vivir —con amor, con oficio, con presencia— en todas las edades que una ha sido.