Salud mental

Cómo parar los bucles tóxicos de tu pareja: “El exceso de empatía puede ser un problema”

Los bucles tóxicos de la pareja pueden resultar difíciles de frenar
Los bucles tóxicos de la pareja pueden resultar difíciles de frenar. Freepik
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MadridLos seres humanos tendemos a repetirnos. Los hacemos a partir de conductas, actitudes, esquemas mentales en bucles que, en ocasiones, no nos favorecen. Cuando lo único que nos traen son problemas, la solución es acabar con ellos.

El problema surge cuando los bucles, esa madeja que cuesta desenredar, no están en nosotros sino en los de demás, con lo que la solución cambia de manos. Y cuando estos nos afectan la clave es poner límites. Sinónimos de “límite” son “barrera”, “línea”, “margen” o “tope”, palabras que dan una idea más precisa de aquello a lo que nos referimos. “En definitiva, se trata de aquello que te separa a ti de la otra persona, sobre todo si lo utilizamos entérminos psicológicos”, explica la psicóloga Laura Polo, psicóloga y divulgadora sobre salud mental.

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“Tienen que ver con la otra persona, pero sobre todo con uno mismo, con aquello que decidimos tolerar o no. En realidad, son una expresión de valores, necesidades y bienestar personal y, si no se comunican, la otra persona no tiene por qué saber si algo molesta o duele y acaba normalizándolo”., cuenta Polo. “No hay que confundir poner límites con el egoísmo, porque en realidad es una forma de autocuidado. ¿Por qué tendrías que hacer o tolerar cosas que no quieres?”.

Los límites, eso sí, deben ser sanos. Laura Polo los divide en tres categorías. Los difusos y ausentes, que son “aquellos límites personales que no están definidos con claridad o que no existen. Se observan en personas que dejan que otros tomen decisiones por ellas, complacen siempre a los demás, les cuesta dar su opinión, aceptan situaciones que les hacen daño para evitar conflictos e ignoran sus propias necesidades priorizando a los demás”.

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En segundo lugar, los rígidos e inflexibles, que son aquellos que tienen las personas que “debido a malas experiencias sociales o emocionales, se protegen demasiado, lo que impide que los demás entren en su mundo emocional incluso cuando resulta necesario”. Los deseables son los límites claros o saludables, que pertenecen a “personas capaces de establecerlos según sus necesidades y las de los demás. Es decir, hay un equilibrio. Es una persona que se conoce lo suficiente para saber qué quiere, cuáles son sus preferencias y es capaz de expresárselas a otros”. Estos son los límites que interesa establecer para establecer una relación equilibrado con el otro, pero muchas veces hay que aprender a hacerlo.

Aprender a poner límites es la clave para frenar los bucles tóxicos

Cómo poner límites (de forma sana)

Para establecer esos límites sanos, Polo recomienda el autoconocimiento: “Saber qué se necesita y qué no se está dispuesto a tolerar”. A eso se suma la asertividad, palabreja que se convierte en un arma poderosísima para dejar claro lo que se quiere. “Funciona muy bien hablar desde el ‘yo siento esto’ para evitar que el otro se sienta atacado y establecer los límites desde un principio”.

Cuando el afecto o el amor entran en escena, acabar con los bucles del otro se complica. En el caso de las parejas, Polo insiste en la importancia de “cuidar la relación sin descuidarse a uno mismo”. Ante bucles o repeticiones que generen malestar, recomienda “escuchar y comprender al otro, darle espacio para procesar emociones, pero también poner límites claros cuando la situación empieza a afectar a uno emocionalmente”.

Aunque siempre pensemos en ella en positivo, Polo advierte de que la empatía es a veces una trampa en las relaciones cuando hay un exceso de la misma. “Si priorizamos constantemente las necesidades y emociones del otro en detrimento de las propias, la empatía deja de ser un recurso saludable y se convierte en una fuente de desgaste. El equilibrio está en comprender al otro sin perder el centro propio”.

Los límites con hijos adolescentes o padres

En el caso de los hijos adolescentes, el enfoque cambia a la hora de eliminar repeticiones. Al tratarse de una etapa en la que aún están aprendiendo a gestionar emociones y pensamientos, es fundamental “ofrecer escucha sin juicio, validar lo que sienten y proporcionar un espacio seguro donde puedan expresarse”. No obstante, los límites reaparecen: “Es necesario que los haya y enseñarles herramientas de regulación emocional, como la respiración, la escritura o pedir ayuda. Todo ello desde una presencia firme y tranquila que genere seguridad y confianza”, añade Polo.

Y de la edad adolescente a la madurez, Polo explica que con la edad puede ser más complicado abandonar los pensamientos persistentes, lo que puede suponer un problema a la hora de enfrentarse a los bucles de los padres cuando han alcanzado ya una edad determinada: “El cerebro refuerza lo que se repite, convirtiéndolo en automático, pero eso no significa que no se puedan cambiar. El factor decisivo, en esta edad y en las demás, es tener la motivación para cambiar”.