Pareja

Molly Roden o cómo llevar una vida feliz a los 50 con dos novios y un marido

Molly Roden Winter y su marido. IG
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La monogamia, cuando funciona, puede ser el refugio perfecto para construir un hogar. Sin embargo, cuando no es el caso, puede convertirse en una habitación sin ventanas, en la que mientras sigues dentro, sientes que te falta aire. Molly Roden Winter, una escritora estadounidense de éxito, casada y madre, decidió derribar el muro y abrir esa ventana en 2008, tras ocho años de matrimonio. Lo cuenta además en su libro "'¡Más!: Memorias de un matrimonio abierto". 

Lo hizo no desde el cliché del “matrimonio roto”, sino desde una incomodidad más doméstica y difícil de confesar, la de tener la sensación de que la vida se le estaba quedando pequeña, mientras su pareja seguía teniendo mundo.

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En una entrevista a The Guardian recordaba una noche concreta en la que los niños estaban durmiendo en el piso de arriba, con su marido llegando tarde, y ella saliendo a caminar “enfadada”, dándose cuenta de que su vida se había ido encerrando en el rol de madre. Se encontró con una amiga y se fue a tomar algo con ella, donde conoció a otra persona, que la escribió por WhatsApp, sin saber que su teléfono estaba todavía en casa.

A partir de ahí empieza el mito fácil, el de la mujer que “tiene varios novios”, pero la realidad fue bien distinta, y esta situación dio pie a que la pareja abriera el matrimonio. A lo que se tuvieron que enfrentar es a una realidad complicada. Y es que lo caro no es el sexo, sino lo que viene después. Porque abrir una relación no es sumar gente; es abrir una caja negra repleta de inseguridades, jerarquías, miedo a ser reemplazado, culpa por desear y vértigo por no tener manual.

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Winter lo cuenta con una honestidad sin demasiados ambages su impulso inicial no era “enamorarse”, era tener “aventuras sexuales” y, sobre todo, recuperar su identidad más allá del hogar. El problema, que también es la demostración de que estaba jugando con fuego emociona, es que esa frontera terminó cediendo. Lo que arrancó como un experimento con reglas ingenuas fue mutando en algo más complejo, que implicaba querer a varias personas a la vez sin convertir el afecto en un deporte de riesgo.

Hoy, ella misma ofrece cifras, pero no para presumir, sino para describir el lugar en el que está. En una entrevista a The Standard afirma con una sonrisa burlona que “En los últimos meses he amado a tres personas, y eso es nuevo”. Además, admite que su manera de vincularse, incluso cuando termine la relación: “Puedo amarte para siempre, incluso si rompemos.” De esta forma, ahora mismo, además de su marido, tiene dos parejas adicionales, y que la situación de su marido es “similar”. Dicho de otro modo: en sus propias palabras, habla de amar a tres personas. 

La parte más interesante llega cuando Winter admite que durante un tiempo confundió libertad con acumulación. Ella misma lo explica en Time como una autocrítica: durante años fui enlazando relaciones pensando que “tener varios compañeros era el objetivo”, hasta reconocer “la falacia central”: lo que necesitaba era en realidad “liberarse a sí misma”. Es en ese momento cuando el foco deja de ser cuántas personas hay en la foto y pasa a ser otra cosa mucho más importante: cómo construyes una vida en la que no te sientas borrada.

Por eso su historia engancha (y algunos puede que también irrite): porque no la cuenta como propaganda del poliamor, sino como un aprendizaje con un coste evidente, con muchas dudas y con zonas feas. Su promesa implícita no es “esto funciona”, sino “esto me obligó a mirarme”. Y quizá, a partir de ciertas edades el valor de su testimonio está ahí, yendo más allá del morbo en el titular, para fijarse en la idea incómoda de fondo, la de que a veces el deseo no es capricho, sino síntoma de que tu vida pide una auténtica revolución.