Iñaki Domínguez indaga en la otra cara de la Movida: “Hay mucho hiperactivo entre los grandes macarras"

El periodista, antropólogo y escritor dibuja en ‘El Panamá: vida de un fuera de la ley’ un relato de la vida de extrarradio, donde convivían delincuencia y supervivencia
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La Movida madrileña suele contarse en neón: guitarras, hombreras, libertad recién estrenada y madrugadas en Malasaña. Pero hay otra cara —de cemento, navaja y heroina— que apenas asoma en los relatos oficiales. Es la que explora Iñaki Domínguez en su nuevo libro sobre el atracador conocido como “el Panamá”: una arqueología de la delincuencia profesional que atraviesa el subsuelo de los 80 madrileños.
En ‘El Panamá: vida de un fuera de la ley’ Domínguez mantiene su trabajo de campo orbitando en la mitología del delincuente. Algo que ya hizo en ‘Macarras interseculares’ y ‘Macarras ibéricos’. Un retrato de esa otra sociedad que no aparece en los libros de texto y que a este periodista, escritor y antropólogo le fascina casi desde su adolescencia.
“Es fascinante porque no soy solo yo, sino que mucha gente en la calle genera ese folklore y esa mitología alrededor de la figura del macarra en la que él está como nódulo”, afirma Domínguez en conversación con Uppers. Un narrador que ha encontrado en los bajos fondos una de las musas para su obra.
Una Movida menos brillante y más dura
En sus libros sobre este otro mundo, menos glam que el retratado en las crónicas sociales de la época, Domínguez no desmiente la Movida: la desplaza. La saca del centro y la baja al extrarradio, a discotecas de barrio donde “estabas todo el rato pegándote y podían apuñalarte”, a avenidas de San Blas que “eran como un gueto” y a una periferia donde “la diferencia de nivel y de estilo de vida y la toxicomanía” marcaban el paso.
El escritor desmitifica ese periodo de historia popular y cultural que fue sinónimo de libertad en Madrid. “Los medios se cebaron con la Movida desde el origen. Se ha idealizado en demasía”, recuerda el escritor, que aprovecha su nuevo libro para dibujar una cartografía de la desigualdad de los 80. Mientras el centro exportaba estética, la periferia gestionaba supervivencia entre paro, heroína y violencia.
Esa es la otra Movida que Domínguez ha rastreado con su habitual mezcla de curiosidad antropológica y fascinación pulp. Y entre esas calles que tanto le atraen emerge ante Domínguez la figura del ‘Panamá’, delincuente legendario del Madrid ochentero. “Yo estaba acojonado, realmente, porque eso es una gente que tiene una reputación muy chunga”, recuerda el escritor antes de pasar a narrar cómo llegó a contactar con un nombre que era ley en las calles de Madrid.
“En un momento dado me contactó su hijo, porque había visto 'Macarras interseculares' y le interesó. Y tuve suerte: la otra figura que me atraía —el Ogro— iba a ser mucho más difícil que el Panamá. Me atreví y fui muy valiente, la verdad”, apunta el escritor mientras apura un café y sonríe recordando sus diálogos con ‘El Panamá’.
La primera entrevista con el mítico atracador tiene algo de escena berlanguiana: el antropólogo llega con resaca monumental tras dos noches de juerga. “Yo me lié el jueves con una amiga, el viernes seguimos y el sábado por la mañana estábamos con una gran resaca y fuimos a ver al Panamá”, cuenta.
Y el contraste entre mito y persona fue inmediato. “Yo pensé que iba a ser una persona parca en palabras. Y lo sorprendente es que es un tipo súper hiperactivo como yo. Es muy curioso cómo hay tanto hiperactivo en este mundillo. Este tipo de personas tiene capacidades y actitudes fuera de lo común: un carisma extraordinario, una gran inteligencia, simpatía, y sobre todo unas cualidades muy especiales de liderazgo”.
Este tipo de personas tiene un carisma extraordinario, una gran inteligencia y sobre todo unas cualidades muy especiales de liderazgo
Ese carisma no es solo anecdótico: Domínguez ve en figuras como el Panamá un modelo de liderazgo criminal. “Tenían una capacidad extraordinaria para organizarse, para asignar roles y para generar lealtad. En otro contexto, serían perfiles que estudiarías en una escuela de negocio”.
La delincuencia como vocación... y adicción
A pesar de lo positivo que puede parecer el mensaje, Domínguez recalca que no se puede olvidar lo terrible de este tipo de personajes que se convirtieron en reyes en las calles de la periferia en el Madrid de los 80. “Creo que es una inclinación natural, casi como la del artista al arte. Si en tu entorno puedes potenciar esa inclinación delictiva, como podía ser San Blas en el caso del Panamá, eso puede servir para materializar ese potencial”.
Uno de los hallazgos más inquietantes del libro es la idea de la delincuencia como vocación. “Es una llamada íntima de tu inconsciente a realizar una actividad”, afirma. “En su caso, además, se les da bien. Es duro dejarlo”. El Panamá y otros atracadores experimentaban depresión cuando no delinquían. “Me decían: ‘Es que me encanta, es que no puedo parar’. Es como un pintor vocacional que tiene que dejar de pintar porque lo meten en la cárcel”.
La analogía artística recorre toda la obra de Domínguez: el delincuente como creador de violencia, como performer del riesgo. Un macarra que, sostiene Domínguez, hoy ya no puede existir. “Su territorio era la calle y la calle hoy está supervisada por móviles y cámaras. Ese espacio salvaje en el que el macarra reinaba sin ataduras ya no existe”.
Al final, el libro de Domínguez no es solo la biografía de un atracador o el retrato de un mundo de delincuencia y bajos fondos: es un contrarrelato cultural. Frente a la Movida pop, la Movida criminal; frente al centro luminoso, la periferia violenta; frente al mito cool, el mito macarra.
Esa es la gran operación de Domínguez: desplazar la Movida del centro al extrarradio. Mientras Malasaña producía estética y relato, barrios como San Blas o Vallecas producían violencia, supervivencia y una economía informal marcada por la droga y el paro. Dos modernidades paralelas que apenas se tocaron.
Quizá ahí resida la clave: la otra Movida no fue estética sino existencial. No sonaba a sintetizador, sino a sirena policial. No se vestía de cuero glam, sino de chándal barato. Y en sus avenidas —como en la de Guadalajara— no se bailaba: se sobrevivía.
