Cómo influye en la pareja convertirse en cuidador de un progenitor con demencia: "El problema no es la falta de amor"
Máximo Huerta afirma que "Las cosas no se rompen por un único motivo tuyo o mío: se rompen por muchas razones."
Decálogo para cuidadores (los grandes olvidados) de personas con demencia
Hay una conversación que ninguna pareja se plantea cuando empieza a convivir. No se trata de la del dinero, ni la de los hijos, sino que nos referimos a la del cuidado. La que ocurre cuando uno de los dos debe interrumpir, replegar o redirigir su vida para cuidar a un familiar enfermo. Máximo Huerta lo ha vivido en primera persona, y lo ha contado sin edulcorantes en Vanitatis, ya que hace ya tres años que se mudó a Buñol, su ciudad natal, para estar junto a su madre, enferma de Alzheimer. Una decisión que marcó su último libro, ‘Mamá está dormida’ y también, y esto es lo que pocas veces se dice en voz alta, su ruptura con Juan Castillo.
"Hay cosas que pasan a ser más importantes que otras. Hay parejas que lo comprenden y otras que no, que quieren otro protagonismo o que la vida siga siendo como antes... Que si Bérgamo, que si Roma, que si París, que si Navacerrada, y a lo mejor no da", reflexiona el periodista y escritor "A lo mejor tu carácter está cambiando, tu aguante es distinto y tus prioridades son otras." No es una excepción. Es la norma de millones de personas en España
Y es que hablamos de que cerca de 4,4 millones de personas de 15 o más años cuidan en España, al menos una vez a la semana, de alguna persona mayor o de alguien con una dolencia crónica, sin que ese cuidado forme parte de su trabajo. Detrás de ese dato hay cuatro millones de vidas sentimentales sometidas a una presión que la pareja no siempre está dispuesta, o preparada, a absorber.
Elisabeth G. Iborra, periodista y autora de ‘Yo no me caso con nadie’, lleva dos décadas investigando las relaciones contemporáneas desde un enfoque sociológico. Su diagnóstico sobre el cuidado y la pareja es directo: "No puedes obligar a otra persona a entender cómo tú estás sufriendo. No puedes obligarla." Máximo Huerta opina lo mismo prácticamente, al afirmar que "También entiendes que se canse. Lo entiendes perfectamente. El problema no es la falta de amor." Es que el cuidado transforma al cuidador de formas que la pareja no anticipó y que, en muchos casos, no acompaña.
El cuidador que se convierte en otro
El cuidado informal supone una fuente de estrés crónico que puede tener graves consecuencias sobre la salud física y mental, con un impacto negativo sobre diversas áreas vitales, incluyendo las relaciones sociales y el ocio. Quien cuida no solo reorganiza su agenda: reorganiza su identidad. Sus prioridades cambian. Su tolerancia a lo superfluo se reduce. Su umbral de paciencia para las discusiones banales se contrae.
El 63,7% de los cuidadores asegura haber reducido considerablemente su tiempo de ocio. Para el 54,4%, adoptar el rol de cuidador ha supuesto consecuencias tanto en su vida laboral como en su situación económica. Esa persona ya no puede ser, sin más, el mismo compañero o compañera de antes. Y exigir que lo sea es no entender qué está pasando.
El error más frecuente no es la crueldad. Es la rigidez. Insistir en que la relación funcione según los parámetros anteriores a la crisis de cuidado es, como lo define Iborra, confundir el amor con la permanencia de las formas. "La autonomía no es lo contrario del amor, es su condición", sostiene la escritora. Y cuando uno de los dos ha reorientado toda su energía vital hacia otro ser humano dependiente, lo que necesita no es que la pareja exija más protagonismo, sino que entienda que ese protagonismo, temporalmente, tiene que ceder.
Máximo Huerta llegó a esa comprensión, aunque le costó tiempo: "Llegar hasta decir todo esto que acabo de decir me ha costado mucho." Y añade "Lo que he hecho ha sido repartir las culpas. Eso es sanador. Las cosas no se rompen por un único motivo tuyo o mío: se rompen por muchas razones."
Lo que nadie negocia antes de que ocurra
En el 77,2% de los casos se trata de cuidadores permanentes, principalmente familiares. Una situación que, en la mayoría de los casos, no se convierte en tema de conversación dentro de la pareja hasta que ya está ocurriendo. Iborra identifica precisamente esta como una de las conversaciones que siempre llegan tarde: qué ocurre con el proyecto común, y de paso también con el presupuesto, el tiempo y el espacio emocional, cuando los padres de uno necesitan atención.
Huerta lo resume con una metáfora precisa y sin trampa: "Del pastel no te comes solo la guinda: tienes que comerte más parte del pastel." Una pareja que solo acepta las partes buenas de quien ama no es una pareja que ha elegido libremente, sino que se trata de una pareja que eligió una versión idealizada de la persona, y no a la persona entera.
El renacimiento que describe Huerta cuando dice que "de alguna manera siento que estoy en un renacimiento" no le llegó por encontrar una pareja nueva. Llegó por comprender qué falló en la anterior. Y esa comprensión, en el terreno de las relaciones, es el tipo de trabajo que nadie incluye en ninguna lista de tareas domésticas pero que lo cambia absolutamente todo.
