Atletas profesionales japoneses están cuidando a gente mayor por su potencia física: "Saben que no se van a caer"
La paradoja demográfica del país del sol naciente ha obligado a buscar cuidadores donde nadie pensaba buscarlos: en los gimnasios, en los tatamis y en los rings
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Takuya Usui tiene veintiséis años, los hombros del ancho de una puerta y una manera de levantar a una anciana de su silla de ruedas que mezcla, a partes iguales, la precisión propia de la halterofilia y la delicadeza de alguien que sostiene algo delicado. "¡Tú puedes, vamos!", le dice a su paciente, Madoka Yamaguchi, antes de alzarla. Ella ríe. "Tiene una cara muy bonita", sentencia, "pero es muy estricto." En ese intercambio, breve y luminoso, se condensa algo que Japón lleva años intentando articular: que la fuerza y la ternura no son, necesariamente, territorios que estén en guerra.
Japón envejece a una velocidad que no tiene parangón entre las economías industrializadas. Uno de cada cinco ciudadanos supera ya los setenta y cinco años, y el Ministerio de Salud, Trabajo y Bienestar calcula que el país necesitará 2,72 millones de cuidadores en 2040, unos 600.000 más de los que existen hoy. La brecha presenta un problema muy difícil de gestionar con los instrumentos habituales, debido a que la natalidad en el país del sol naciente acumula seis años consecutivos de caídas históricas, la inmigración masiva sigue siendo, cultural y políticamente, una frontera que Japón no termina de cruzar, y el sector arrastra décadas de estigma al estar considerado un trabajo demasiado duro, mal pagado y a menudo percibido como tarea de mujeres,lo que ha ahuyentado sistemáticamente a los hombres jóvenes.
En este callejón aparentemente sin salida, Yusuke Niwa, director de Visionary Co., empresa que gestiona 29 centros de atención en todo el país, tomó una decisión que a muchos les pareció estrafalaria y a otros, en cambio, genial: reclutar culturistas. En 2018 lanzó el programa Macho Care, convocando a hombres musculados con una promesa insólita en el sector ofreciendo hasta dos horas diarias de gimnasio pagado y subsidios para batidos de proteínas, además de un salario de entrada superior a los 1.600 dólares mensuales por seis horas de trabajo.
"Antes de lanzar esto", contó Niwa, "ni siquiera conseguíamos candidatos cuando publicábamos ofertas de empleo." Hoy, más de 170 culturistas trabajan en sus instalaciones y un cuarto de toda su plantilla tiene menos de 24 años. Solo en el año siguiente al lanzamiento del programa, aplicaron un 20% más de candidatos que años anteriores.
Lo que siguió fue una expansión silenciosa, casi subterránea, que el New York Times acaba de sacar a la luz con un reportaje que ha recorrido medio mundo. Porque no son solo los culturistas. En centros de otras prefecturas japonesas también nos encontramos con luchadores de artes marciales mixtas que se turnan para cocinar para los residentes y ayudarles en el baño. De la misma forma, en otro rincón del país, ex luchadores de sumo enormes, pesados, y de movimientos que el ring acostumbró a la parsimonia, cuidan de pacientes que habían sido rechazados en otras instalaciones precisamente por su volumen corporal porque nadie más podía moverlos sin riesgo.
La lógica que subyace al experimento es, una vez enunciada, casi obvia. El cuidado geriátrico es físicamente extenuante. Solo hay que pensar en el esfuerzo necesario para trasladar a una persona de la cama a la silla, recolocarla, asistirla en la ducha, etc... Cuando el trabajador carece de entrenamiento físico, se lesiona. Las bajas por lesión agravan una escasez que ya es estructural. Los atletas, en cambio, conocen su cuerpo con una intimidad casi científica. "Si no tienes un core fuerte, no puedes mover a la gente", explica Yamanaka Yuuji, de 24 años, que llegó al sector después de que la pandemia cerrara su camino hacia el entrenamiento personal. Niwa lo formula en términos más emocionales: los pacientes sienten que pueden dejarse en sus manos. Que no van a caer.
Pero el fenómeno desborda la biomecánica. Hokuto Tatsumi, excombatiente de la Fuerza de Autodefensa Marítima y campeón nacional amateur de culturismo, trabaja en el centro de Ichinomiya y describe su conversión con una sencillez que resulta casi filosófica: "Me parece estupendo que algo que me gusta hacer pueda ser útil para la sociedad." Yasuhiro Miyazaki, otro de los macho caregivers, visita a domicilio a sus pacientes, les ayuda a vestirse, a bañarse, a preparar la comida. Y cuando regresa de un festival de verano o de ver fuegos artificiales, les describe la escena con tal detalle que ellos, que apenas pueden salir de casa, sienten que también han estado allí.
Japón lleva décadas exportando al mundo modelos de eficiencia, de precisión, de contención estética. Ahora exporta algo más extraño y, quizá, más necesario: la imagen de un hombre enorme, levantando a una anciana con el cuidado con que se levanta algo sagrado y le dice, con una sonrisa, que puede.
