Qué dice tu postura a los 50 de tus emociones: "Empieza por dejar de luchar contra tu cuerpo"
Bibiana Badenes, fisioterapeuta, educadora y terapeuta somática, nos habla de la importancia de las emociones para la postura
Por qué tu postura cambia con las emociones (y viceversa): "El cuerpo habla antes que las palabras"
El cuerpo de una persona de cincuenta años es un archivo. Pero no de los que guardan fechas y nombres, sino patrones. Y es que, la forma en que cada persona gestiona el estrés durante décadas, cómo responde al esfuerzo, cuánto peso emocional ha cargado y en qué parte del cuerpo lo ha depositado dejan marca. Todo eso se ve. Se ve en los hombros. En la mandíbula. En la manera de entrar a una habitación.
Bibiana Badenes, fisioterapeuta, educadora y terapeuta somática, autora del libro ‘Postura y emociones’ (RBA), lo resume con precisión: "A esa edad el cuerpo muestra los patrones que se han repetido durante años: cómo ha gestionado el estrés, el esfuerzo, la carga emocional. Tanto lo que hemos hecho como lo que no."
Por qué la postura no es solo una cuestión física
Hay una confusión cultural muy arraigada en la manera de entender la postura, ya que a menudo se la trata como si fuera un problema de disciplina o de fuerza muscular. "Ponte recto" es el consejo que casi todo el mundo ha recibido en algún momento y casi nadie ha seguido de forma duradera. La razón es que ese consejo malinterpreta la naturaleza de lo que es la postura.
"La postura es una adaptación continua al entorno y a nuestro estado interior", explica Badenes. "Es la forma visible de cómo el sistema nervioso y el músculo-esquelético se han ido adaptando o no a lo largo de la vida." La neurociencia respalda esta visión con datos concretos. La teoría del embodied cognition (pensamiento corporal) sostiene que nuestras emociones y formas de interpretar el mundo están intrínsecamente vinculadas a nuestra postura corporal. Cuando una emoción se instala de manera prolongada, el desequilibrio muscular se convierte en algo permanente, causando tensiones que limitan la capacidad de adaptación del cuerpo.
El neurocientífico Antonio Damasio lo ha documentado de forma empírica con el concepto de marcador somático, afirmando que los cambios corporales reflejan un estado emocional y cognitivo. El cuerpo sabe lo que la mente todavía no se ha dado cuenta. A diferencia del lenguaje verbal, el cuerpo carece de intencionalidad e ironía: no miente.
Lo que se ve en consulta
Badenes lleva años observando como los mismos patrones no paran de repetirse en las personas que llegan a su consulta con estrés, ansiedad o agotamiento emocional acumulado. Los describe con precisión: "Mucha activación en la parte alta del cuerpo: hombros elevados, mandíbula tensa, respiración corta. Ahora se ven con mucha frecuencia: lo que llamo la epidemia de los trapecios." En el extremo opuesto, el agotamiento crónico genera cuerpos que ella describe como "colapsados, con menos tono, menos soporte".
Lo que une a ambos patrones es que no son errores. Son respuestas. "Son formas de adaptación, no errores", dice Badenes. El cuerpo hace lo que puede con lo que tiene. El problema no es la postura en sí, es que esas adaptaciones, mantenidas durante años, acaban limitando la movilidad, la respiración y la capacidad del sistema nervioso para regularse.
El error más frecuente a los 50
Cuando alguien llega a los cincuenta sintiéndose físicamente deteriorado, la respuesta habitual es intentar corregir la postura como si fuera un problema técnico que se resuelve con rigidez y esfuerzo consciente. Badenes señala exactamente por qué eso no funciona diciendo que "Forzar una postura 'recta', rígida, sin tener en cuenta la respiración o el estado interno genera más tensión, no más equilibrio. Para nuestro sistema nervioso nuestros movimientos tienen significado. Nos movemos como nos percibimos."
La ciencia confirma que la dirección del cambio importa. En 2014, investigadores demostraron que el número de palabras negativas que recordamos es mayor cuando estamos en una posición inclinada, encorvada. Pero recordamos más palabras positivas cuando estamos rectos. El problema es que la postura "recta" impuesta desde fuera genera resistencia interna, mientras que la que emerge desde un trabajo de conciencia corporal produce resultados distintos. Una postura encorvada o desgarbada puede afectar directamente la manera en que nos sentimos, mientras que mantener una postura abierta activa áreas del cerebro asociadas con el bienestar emocional.
El consejo final de Badenes tiene la claridad de quien lleva décadas dedicándose a la observación de las posturas: "Por dejar de luchar contra su cuerpo. Y empezar a escucharlo. Sentir cómo respira, cómo se apoya, dónde hay tensión y dónde no. No se trata de volver atrás, sino de reorganizarse desde lo que hay." Añadiendo además algo que cambia el marco completo: "El cuerpo no se ha caído. Se ha adaptado. Y desde ahí siempre se puede empezar de nuevo."
