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"¿Asilo tradicional? No, gracias": cuatro alternativas de mujeres en Europa que se organizan para vivir juntas de mayores

New Ground Cohousing
New Ground Cohousing. Redacción Uppers
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Algo ha cambiado y cada vez hay más mujeres mayores de 50 años que pasan a la acción, y convierten lo que hasta ahora era poco más que una simple conversación de sobremesa en un proyecto de vida real. Estas son cuatro iniciativas europeas que ya están funcionando o que han demostrado que es posible.

Y es que la vejez femenina tiene un perfil estadístico muy concreto. La OMS viene advirtiendo sobre la soledad no deseada como un problema de salud pública asociado a depresión, deterioro cognitivo, enfermedades cardiovasculares y mortalidad prematura. Y el dato de base explica por qué el fenómeno tiene rostro femenino es sencillo: las mujeres viven más, se divorcian más y llegan a la vejez con mayor frecuencia en soledad. 

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A la hora de buscar una solución a este problema, un estudio de la Universitat Oberta de Catalunya reveló que las mujeres mayores de 65 años con educación media o superior son quienes más se inclinan por este tipo de viviendas colaborativas una vez llegados a esta etapa de la vida. Y que mientras los hombres buscan corresponsabilidad, ellas buscan emancipación: "Yo no quiero agarrar la escoba, quiero escribir mi libro", resume la afirmación que muchas reconocen como propia. 

New Ground, Londres (Reino Unido)

New Ground, al norte de Londres, es el primer edificio de cohousing exclusivo para mujeres mayores del Reino Unido. Veintiséis mujeres de más de cincuenta años, donde la mayor tiene más de noventa, viven en apartamentos privados alrededor de espacios comunes. 

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El grupo se fundó en 1998, tras un evento sobre cohousing organizado por el Consejo Nacional de Organizaciones Voluntarias. Varias de las asistentes quedaron tan inspirados por los proyectos que habían visto en Europa continental que al terminar fueron juntos a un pub, y así nació OWCH (Older Women's Co-Housing). Pasaron dieciocho años entre la primera conversación y la mudanza. Lo que permitió que este proyecto se acabara haciendo realidad, a pesar del tiempo, fue algo menos épico que la arquitectura: comidas compartidas, encuentros mensuales, talleres, tiempo. Muchísimo tiempo. 

Las propias mujeres explican por qué decidieron excluir a los hombres: "Los hombres de 80 y 90 años tienen actitudes muy recalcitrantes, no pasaron por la ola feminista. Las mujeres no querían acabar cediendo al antojo de los hombres o aguantar a quienes piensan que la toma de decisiones solo les concierne a ellos", justifica María Brenton, investigadora que participó en el proyecto desde el principio. 

El proyecto cuenta con 25 apartamentos: 8 de alquiler social gestionados por Housing for Women, y 17 en propiedad. La comunidad está gestionada por sus propias residentes. 

El château francés: 300 mujeres compran un castillo

Una de las escenas más extraordinarias del cohousing femenino europeo tuvo lugar en Francia. Más de 300 mujeres pusieron alrededor de 7.700 dólares cada una, para sumar un total de 2,3 millones, y compraron un château medieval en el sur del país para convertirlo en un espacio de encuentro y convivencia estacional. No se trata de un cohousing permanente, pero es algo igual de potente como prueba de concepto: cuando las mujeres se organizan y ponen dinero en común, compran castillos.

Las 300 mujeres que compraron el chateau francés

El modelo de referencia, Países Bajos

Si el mundo del cohousing tiene un punto de referencia, ese es Holanda. En los Países Bajos hay miles de personas mayores viviendo en más de 230 desarrollos de cohousing sénior. El modelo holandés fue el que inspiró directamente a las fundadoras del OWCH londinense, que viajaron a visitar varios de estos proyectos antes de fundar su grupo. La escala hace la diferencia: en España, por contraste, el proyecto MOVICOMA de la Universitat Oberta de Catalunya apenas ha mapeado más de doscientos proyectos en curso en todo el territorio, la mayoría todavía en fase de organización.

El principio estructural es el mismo en todos los casos. En varios proyectos holandeses, cerca del 40% de la infraestructura se destina a zonas comunes: jardines, lavanderías, bibliotecas, cocinas, huertos o salas de actividades. Cada residente mantiene su vivienda individual pero comparte áreas colectivas. 

España: Trabensol y Villa Rosita, los dos referentes

España llega tarde, pero empieza a moverse. El Centro Social de Convivencia Trabensol, inaugurado en 2013 aunque gestado desde el año 2000, está considerado el primer cohousing sénior con denominación oficial en España, situado en Torremocha de Jarama, en la Comunidad de Madrid. Nació como un lugar de convivencia comunitaria, solidaria, de ayuda mutua entre los residentes y de crecimiento personal para personas de entre 50 y 70 años. 

Cohousing Trabensol

El segundo referente llega con datos aún más recientes. El cohousing en la Finca Villa Rosita, en Torrelodones (Madrid), cuenta con 29 unidades residenciales articuladas alrededor de amplias zonas comunes y una red de servicios para usuarios dependientes. Las primeras personas socias comenzaron a instalarse allí a finales de 2024. El perfil de sus impulsoras es revelador: "Vienen de una generación que ha tenido que cuidar de sus padres. Te cuentan que han visto lo que les supuso cuidar de sus progenitores cuando eran jóvenes, tenían hijos y trabajo. No quieren ser una carga para sus hijos", señala María del Carmen Cobano, de Hispacoop. 

Los proyectos que sobreviven comparten una lógica que parece obvia, pero en realidad no lo es tanto: la comunidad tiene que existir por delante del inmueble. Si el grupo todavía no sabe discutir por cuestiones como dinero, privacidad, enfermedad y otros desacuerdos, el edificio no resuelve nada. 

Y la razón por la que el modelo tiene rostro femenino no es solo demográfica. Es política. El auge del cohousing femenino también refleja un cambio cultural: muchas mujeres mayores actuales pertenecen a generaciones que lucharon por independencia económica y libertad personal. Por eso, ahora quieren decidir cómo vivir la vejez y rechazan modelos donde sienten que perderían el control sobre sus propias vidas. Poder planear dónde y con quiénes envejecer, como señala la cita que puso en marcha este artículo, es el verdadero acto de autonomía.