Laura Ponte: "Se está forzando a una mujer de 50 a tener un cuerpo de 30"
Laura Ponte tiene 53 años recién cumplidos, y tiene las cosas claras sobre aspectos tan importantes como el cuerpo, la menopausia, las ojeras y el gimnasio.
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Laura Ponte Martínez nació en Vigo en 1973. Estudió Ciencias Políticas en Londres y con veinte años ganó el premio Look of the Year de la agencia Elite, el inicio de una carrera que la llevaría a trabajar para Valentino, Ralph Lauren, Hugo Boss, Christian Lacroix y Karl Lagerfeld, y a posar ante Steven Meisel, Richard Avedon y Mario Testino. En 1996, un estudio de la revista Harper's Bazaar la situó como la tercera modelo mejor pagada del mundo.
Hoy, ya tres décadas después de aquello, la carrera de Laura Ponte se conjuga en presente. De esta forma, el pasado mes de enero desfiló para la Alta Costura de Chanel. Y en junio volvió a la pasarela en Ibiza, como madrina de la Pasarela Adlib. La retirada, dice, no entra en sus planes.
El día de su 53 cumpleaños charló con ¡Hola! y fue mucho más directa de lo que suele esperarse de una figura del mundo de la moda. En el centro de todo, una frase: "Estamos pasando a que una mujer de 50 tiene que tener un cuerpo de 30, y no. No todas queremos estar musculadas, una cosa es estar sana, otra cosa es esto. Vamos a respetar que cada mujer decida ser lo que le dé la gana, y no forzar tanto."
Es una crítica al canon de la "fitgirl" que lleva años impregnando las redes sociales y que, para Ponte, reproduce la misma lógica opresiva que la "talla 0" o el heroin chic de las pasarelas de hace treinta años. Se trata de un modelo de cuerpo presentado como aspiracional pero que, de facto, excluye a la mayoría y exige un nivel de esfuerzo y disciplina que no todo el mundo quiere, ni muchos menos necesita.
Con las pesas delante de la cafetera
Pero la modelo no se queda en la crítica y demuestra que el movimiento se hace real andando. Así, no se corta en compartir su propia rutina, que es la opuesta al entrenamiento intenso que publican otras figuras de su generación: "Tengo unas pesas delante de la cafetera, estoy empezando ahora a hacer un poquito de fuerza mientras me preparo el café. Yo siempre he hecho mucho deporte, como atletismo. Además, tengo buena musculatura, pero es verdad que, después de la menopausia, el cuerpo empieza a tener otras historias y hay que hacer un poquito de fuerza."
Que alguien como Laura Ponte reconozca que la menopausia cambia el cuerpo, y no como queja, sino como una observación clínica que la lleva a adaptar sus hábitos sin dramatismo, es importante. Introduce las pesas en el único momento del día en que ya está parada de todas formas, mientras espera el café. No es glamoroso. Es eficaz, sensato y completamente al alcance de cualquiera.
El resto de su actividad física sigue el mismo principio de integración natural: "Camino mucho, voy en transporte público y me bajo unas paraditas antes para caminar. Soy una persona relativamente activa, aunque me gusta mucho también lo horizontal. Nada que sea de gimnasio."
Arrugas, ojeras y cero skincare
Este patrón lógico lo aplica a otras facetas de su vida, como al cuidado de la piel. La gran embajadora de la belleza minimalista española no usa maquillaje ni ha adoptado ninguna de las rutinas de skincare que dominan las redes: "Yo tengo mis arrugas normales, no soy nada de skincare. No me maquillo nunca. Una crema hidratante, un tratamiento muy de vez en cuando que me dejo mimar, porque soy muy vaga… pero poco más."
Y sobre sus ojeras, que ya son marca registrada, y lleva décadas sin ocultarlas, es igual de directa: "Yo toda la vida he sido delgada, ojerosa, como una calavera… y he aguantado de todo. Mis ojeras van a estar ahí toda la vida, pero mi piel está nutrida."
Su fórmula de belleza, la que recomienda con la convicción de quien ha vivido décadas en una industria obsesionada con la apariencia, no incluye ningún producto: "Cuidarse, pasear, comer sano, estar contenta, rodearse de gente buena. Esa es la mejor rutina de belleza que hay."
A los 70, si se quiere, también
De igual forma, Laura Ponte no solo critica los cánones estéticos que se imponen a las mujeres de cierta edad, sino que también cuestiona los que se imponen a las modelos actuales. "Ahora lo que se busca es acercarse un poco a la realidad de la vida, a que hay mujeres de todas las edades, y eso que todavía estamos un poco lejos de ello. Siempre llama la atención lo de 'a los 50 tienes que hacer esto'; es un poco pesadez. Si quiero desfilar a los 70, lo haré también. Ser modelo significa representar parte de la sociedad, y hay gente de todas las edades."
Más que un desafío, se trata de la filosofía de alguien que en enero de 2026, con 52 años, desfiló para Chanel Alta Costura en París porque un diseñador, Matthieu Blazy, consideró que su presencia tenía sentido. Y no lo hizo como homenaje, ni como una excepción curiosa a la norma, sino como parte de una visión renovada de lo que la moda puede y debe representar.
Hay algo perfectamente coherente en que la mujer que en los años noventa se negaba a encarnar el ideal de belleza dominante sea ahora quien diga, desde la pasarela todavía, que una mujer de 53 años no tiene por qué tener un cuerpo de 30. Y que tampoco tiene por qué quererlo.
