"Ahora estoy disfrutando de la Clara que llevo 30 años esperando": historias de personas LGTBIQ+ de más de 50 años
Lulú fue mayordomo de la Casa Real siendo gay en la España del franquismo. Clara es una mujer trans de 64 años que tardó décadas en poder ser quien era. Estas son sus historias. Por un futuro pleno de derechos
Me llamo Carlos, tengo 57 años y así he vivido década a década ser gay en España
Hay una generación de personas LGTBIQ+ que no salió del armario en los años de la liberación. Que no marchó en las primeras manifestaciones. Que no tuvo Orgullo. Que tuvo miedo. Y que hoy, con 60, 70, 80 años, sigue existiendo en los márgenes de una conversación que habla mucho de derechos pero poco de quienes los esperaron toda una vida sin verlos llegar.
Luis Flamarión nació en Madrid en 1953. Creció en una familia humilde, rodeado de mujeres que lo protegieron desde pequeño. Desde niño le gustaban los disfraces, el maquillaje, los colores. En aquella España eso no tenía nombre decente, pero Luis lo llevaba con una naturalidad que nunca pudo, ni quiso, disimular del todo. Y así, siendo quien era, llegó a trabajar como mayordomo en la Casa Real. En el entorno más protocolario y conservador del país. En los años en que la Ley de Vagos y Maleantes permitía perseguir y encarcelar a los hombres como él.
"Lo he llevado con mucha dignidad. Siempre tuve orgullo de ser quien soy y como soy", dice Lulú, como le llaman, en el relato que ha compartido con la Fundación Colisée.
Clara Palau tiene 64 años y vive en Sabadell. Su historia es diferente en los detalles, idéntica en la estructura. Desde pequeña supo que no encajaba, y ya entonces aprendió que eso era peligroso. Ocultó. Aguantó. Construyó una vida en torno a lo que se esperaba de ella mientras, por dentro, esperaba otra cosa. Esperaba ser ella.
"Me fui dando cuenta de que yo solo podía seguir si podía ser realmente yo. Para mí, hacer el tránsito ha sido un regalo. Ahora estoy disfrutando de la Clara que llevo 30 años esperando."
Un colectivo invisible dentro del colectivo
Las historias de Lulú y Clara no son curiosidades del pasado. Son el presente de más de un millón de personas en España. Según la Fundación 26 de Diciembre, de los más de nueve millones de mayores de 65 años que hay en este país, una cifra superior al millón pertenece al colectivo LGTBIQ+. Y el 80% de ellos vive en situación de soledad no deseada, una proporción muy superior a la del resto de la población mayor.
La razón no es difícil de entender si se conoce su historia. Muchos fueron repudiados por sus familias en la juventud. Otros vivieron durante décadas sin poder nombrar lo que eran. Algunos pasaron por cárceles o psiquiátricos. Y cuando envejecieron, descubrieron que la sociedad tampoco los había esperado: el 60% teme ser discriminado en residencias por su orientación sexual o identidad de género, según datos recogidos en 2024. El 45% no es visible con su médico de cabecera, según el informe de Diversenior elaborado a partir de 145 entrevistas con personas mayores del colectivo.
Lo que sufrieron de jóvenes dejó una marca. A lo que se enfrentan de mayores la profundiza.
Una memoria que se puede perder
La Fundación Colisée ha decidido este Orgullo no mirar solo hacia adelante. Su proyecto Historias para Recordar utiliza la escucha activa y la narrativa terapéutica para recoger los relatos de vida de personas mayores antes de que esos relatos desaparezcan. Los de Lulú y Clara son dos de ellos.
La escritora Cata Casares, que ha recogido estos testimonios, lo explica con claridad: visibilizar estas historias no es solo un gesto de reconocimiento hacia quienes las vivieron. Es también un recordatorio para quienes no estuvieron. Un registro de lo que costó llegar hasta aquí. Un documento de lo que se puede perder si no se escucha a tiempo.
Porque hay algo que el Orgullo de las pancartas y los colores no siempre consigue transmitir: que antes del desfile hubo décadas de silencio. Y que ese silencio no ha terminado del todo. Que hay personas mayores LGTBIQ+ que siguen sin poder ser quienes son en la residencia donde viven, con el médico que las atiende, en la familia que las rodea.
Lulú lo hizo con dignidad en uno de los entornos más hostiles que existían. Clara esperó treinta años para disfrutarse a sí misma. Sus historias no son del pasado. Son el presente de miles de personas que el Orgullo todavía no ha alcanzado.
