Psicología

Cómo el estrés selecciona lo que recuerdas y lo que no

Retener recuerdos no es tan sistemático como podría parecer. Redacción Uppers
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Quien ha pasado por un accidente, un trauma o una urgencia médica conoce esa sensación incómoda de recordar con precisión absoluta una cara, un nombre, una frase... Pero no saber decir si llovía, a qué hora ocurrió ni cómo era la habitación. Durante años eso se ha interpretado como un fallo de memoria, o incluso como un indicio de que el recuerdo no es fiable, pero una investigación de la Universitat Oberta de Catalunya demuestra que es justo lo contrario: el cerebro está haciendo exactamente lo que tiene que hacer.

La memoria no es una grabadora. Eso lleva décadas siendo un lugar común en psicología, pero pocas veces se explica con precisión qué ocurre dentro del cráneo cuando el miedo o la presión entran en juego. La pieza central de ese mecanismo es el cortisol, la hormona que el cuerpo libera ante una amenaza. En dosis moderadas, puede reforzar la consolidación de un recuerdo. En dosis altas y sostenidas, como ocurre en un suceso traumático, bloquea la capacidad de narrar con coherencia, inhibe detalles y fragmenta lo vivido.

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Hay dos estructuras cerebrales que se reparten el trabajo en ese proceso, y que rara vez están de acuerdo entre sí. La amígdala, encargada del procesamiento del miedo, se hiperactiva bajo amenaza y mejora la codificación de los aspectos emocionales de lo vivido: por eso ciertos olores, sonidos o imágenes de un momento traumático pueden quedar grabados con una nitidez casi dolorosa. El hipocampo, en cambio, que es la estructura responsable de organizar los recuerdos de forma cronológica y situarlos en su contexto, se ve perjudicado por el exceso de cortisol. El resultado es justamente la paradoja del testigo: memoria vívida de lo emocional, memoria desorganizada de todo lo demás.

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Un estudio más allá de la tragedia

El problema de estudiar esto en condiciones reales es evidente. No se puede provocar un atraco o un accidente para observar cómo reacciona la memoria de cada persona. Durante años, la investigación dependía de relatos retrospectivos de personas que ya habían vivido un suceso traumático y a las que se entrevistaba después, con todas las distorsiones que el paso del tiempo añade a cualquier recuerdo.

Álvaro Pastor, estudiante de doctorado en Tecnologías de la Información y Redes de la UOC, y Pierre Bourdin-Kreitz, profesor e investigador y coordinador del laboratorio de realidad virtual XR-Lab de la misma universidad, encontraron una vía distinta: construir el escenario de estrés ellos mismos, en un entorno controlado y reproducible. Diseñaron un aeropuerto virtual en el que los participantes asumían el rol de agentes de embarque, encargados de localizar a pasajeros concretos entre la multitud y verificar tanto su nombre como su rostro. Una parte del grupo realizaba la tarea bajo un estrés elevado y sostenido; otra, en un estado emocional neutro. 

El cerebro no recuerda menos, recuerda distinto

Lo que separó a ambos grupos no fue la cantidad de memoria retenida, sino su distribución. "La emoción negativa intensa hizo que las personas recordaran mejor tanto el nombre como el rostro y mantuvieran ese recuerdo vivo en el tiempo. En cambio, el hecho de recordar dónde se había encontrado a cada pasajero no era crucial para la misión, por lo que esos detalles no fueron guardados en la memoria", explican.

El matiz que aporta Pastor es el que más cuestiona la intuición habitual sobre cómo funciona el miedo: no es la emoción en sí lo que decide qué se guarda. "Descubrimos que, bajo una emoción negativa intensa, el cerebro no se enfoca ciegamente en lo que genera mayor emoción, sino que prioriza estratégicamente lo más relevante para el objetivo inmediato de la persona." Es decir, el factor decisivo no es cuánto duele o asusta un detalle, sino cuánto sirve para resolver la situación en ese instante.

Los investigadores han llamado a este fenómeno "priorización dinámica" de la memoria, y lo explican como una cuestión de recursos limitados: procesar información consume una cantidad enorme de energía cerebral, y bajo amenaza el organismo no puede permitirse recordarlo todo por igual. Por eso activa mecanismos asociativos distintos según la urgencia. Hay uno que vincula elementos separados, como un rostro y el lugar donde se vio. Hay otro que funde varios elementos en una sola unidad indisoluble, como un rostro y un nombre. "Bajo un estrés intenso, el cerebro favorece el segundo mecanismo", precisa Pastor.

Por qué cambia cómo interpretamos un testimonio

Durante años, la psicología forense ha advertido que el sistema judicial tiende a tratar la memoria como si fuera estática, precisa y resistente al paso del tiempo, sin tener en cuenta cómo se comporta realmente bajo presión. Las lagunas o los olvidos de contexto se interpretan con frecuencia como inconsistencias que restan credibilidad a quien declara, cuando en realidad pueden ser la huella natural de cómo procesa el cerebro un episodio amenazante.

Este estoy lo formula de la siguiente manera "Frente a una situación con un estrés importante, es completamente normal no recordar ciertos detalles contextuales. Esto no es una señal de que el recuerdo sea falso o poco fiable, sino precisamente la huella de cómo funciona el cerebro bajo presión." Y añade el mensaje que considera el más relevante de todo el estudio: olvidar ciertos detalles tras una experiencia traumática o estresante no significa que la memoria sea defectuosa o inventada.

Este descubrimiento tiene aplicaciones más allá del ámbito judicial. En educación, puede orientar el diseño de entornos de aprendizaje que generen implicación emocional positiva en lugar de ansiedad elevada. En medicina, permite recrear situaciones fóbicas, de ansiedad social o traumáticas con un nivel de control que la vida real no ofrece.

Lo mismo ocurre en los entornos en los que el error humano bajo presión puede tener consecuencias graves, como la aviación, la medicina o la gestión de infraestructuras críticas. Un piloto que no recuerda con exactitud una secuencia de alarmas durante una emergencia, o un sanitario que no logra reconstruir con precisión el orden de los hechos en una urgencia, podrían estar mostrando exactamente el mismo mecanismo que el estudio ha aislado en un aeropuerto que nunca existió: no un fallo, sino una elección que el cerebro hizo por ellos, en una fracción de segundo, para intentar sobrevivir a lo que estaba ocurriendo.