Los dos holandeses que compraron un pueblo en Burgos para hacer una ecoaldea: "Nos va mejor de lo esperado"

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Llevaba medio siglo vacío contaba con sesenta y dos casas de piedra en ruinas, caminos difíciles de transitar, terrenos abandonados y el silencio de quien sabe que nadie va a volver. Hasta que llegaron dos holandeses con una idea que casi nadie les creyó y que hoy, sorprendentemente, está funcionando.
Maaike Geurts, de 46 años, y Tibor Strausz, de 48, son una pareja de los Países Bajos que en 2024 compraron una parte sustancial de Bárcena de Bureba, una pequeña localidad de la provincia de Burgos, en Castilla y León, que llevaba abandonada desde los años setenta. El precio total fue de 350.000 euros. Lo que recibieron a cambio fue un pueblo en ruinas, sin electricidad ni infraestructuras operativas, y con décadas de deterioro acumulado en cada rincón.
Lo que les llevó hasta allí fue una agencia especializada en un nicho muy particular del mercado inmobiliario español: las aldeas abandonadas. Elvira Fafián, responsable de Aldeas Abandonadas Real, recuerda "Nos contactaron porque estaban buscando algo así de grande, con muchas casas y tierras, apartado de las grandes ciudades. No tardaron mucho en ir a verlo, se desplazaron directamente a Bárcena, les encajó y se lo quedaron."
El plan que traían bajo el brazo no era construir una propiedad de lujo ni una segunda residencia, sino que lo que tenían en mente era una ecoaldea. Un modelo de comunidad autosuficiente basado en energía solar, sistemas de almacenamiento de agua, agricultura regenerativa y bosque comestible. Un proyecto de vida, no de inversión.

Maaike dejó su trabajo como analista de datos. Tibor teletrabajó durante un tiempo como programador desde Burgos. Juntos comenzaron la rehabilitación de las viviendas y la plantación de árboles de paulonia, una especie que crece con rapidez y regenera el suelo, devolviendo vida a una tierra que no había producido nada en décadas.
También organizaron el festival de poesía Silvestris, al que asistieron cientos de personas, convirtiendo el pueblo, durante unos días, en un destino cultural. El objetivo es que en el futuro los visitantes también puedan pernoctar allí y que el turismo rural sea parte del modelo económico que sostenga la comunidad.
"Nunca pensamos que esto pudiera pasar"
Lo que más sorprende a los propios impulsores del proyecto es cómo ha respondido la gente. "Estamos muy sorprendidos, la verdad. Nunca pensamos que esto pudiera pasar, nos va mucho mejor de lo esperado", confiesa Maaike Geurts.
El proyecto buscaba inicialmente incorporar al menos seis familias holandesas. Pero el interés ha superado las expectativas y ya hay cuatro familias viviendo en Bárcena de Bureba. Además, el pasado mes de diciembre nació la primera habitante de la nueva ecoaldea, la primera persona que veía la luz en el pueblo en más de medio siglo.
Maaike, Tibor y sus hijas Trisa y Riva llevan ya instaladas de forma permanente. Las niñas asisten a un colegio bilingüe en Briviesca, donde la familia mantiene también un piso, aunque el núcleo de su vida cotidiana es ya el pueblo. "Ya estamos aquí para quedarnos para siempre, esperamos. Estamos muy contentos, y las niñas también", contó Maaike.
La historia de Bárcena de Bureba tendría otro color sin un personaje que ya estaba antes de que llegaran los holandeses. Se llama Carlos y es un jubilado que, pese a haber vivido toda su vida en Madrid, compró una de las casas del pueblo hace cuarenta años. La arregló con su hijo y, cuando Maaike y Tibor llegaron con su plan de rehabilitación para el pueblo, encontraron que Carlos ya estaba allí. Este se convirtió en uno de sus mayores apoyos, en el puente humano entre el pueblo que fue y el que está intentando volver a ser.

Los desafíos que todavía tienen que afrontar
Elvira Fafián resume bien la dimensión del proyecto: "Vienen con dinero para invertir en la zona y vienen con una iniciativa de que su proyecto sea para otras personas que quieran vivir en el pueblo." Pero eso no significa que el camino sea fácil.
La falta de servicios básicos, la necesidad de permisos administrativos, la conectividad limitada y el acceso a centros de salud son algunos de los obstáculos reales que Bárcena de Bureba todavía debe resolver. Las condiciones climáticas del interior castellano, especialmente los inviernos, añaden una capa de dificultad adicional que no aparece en las fotos.
Sin embargo, y aun con todas esas advertencias sobre la mesa, lo que está ocurriendo en este pueblo de Burgos es difícil de ignorar. Aunque allí durante cincuenta años no vivió nadie, hoy vuelve a haber actividad, familias, proyectos y un bebé que no sabe que nació en un lugar que alguien se atrevió a devolver a la vida.

