Psicología

Cómo evitar que las redes atrapen el verano a tu hijo, según experta: “El primer paso es observar”

Unos adolescentes usando el móvil
Adictos al móvil. Redacción Uppers
Compartir

Los largos días de calor de julio y agosto suelen llegar acompañados de casas cerradas a cal y canto durante las tardes, por aquello de conservar el frescor (y la cordura), ante las continuas olas de calor. Esta situación, cuando hay un adolescente ocioso y sin rutinas de por medio, parece empujarle hacia la pantalla del móvil

Una escena que resulta de lo más habitual en millones de hogares españoles y, aunque puede resultar tentadora la idea de evitarla con una reacción disciplinaria contundente, como confiscar el dispositivo durante cierto periodo de tiempo, la diseñadora de productos digitales Laura Beltrán sostiene que ese atajo no educa. En su ensayo de reciente publicación, ‘Cómo evitar que las redes te atrapen’ (Roca Editorial), articula un método de veintiún días para recuperar el control del móvil que rehúye tanto la prohibición como la permisividad y propone, en su lugar, la construcción negociada de acuerdos familiares. 

Lo hace con un itinerario en cinco tiempos concatenados que los padres pueden replicar con sus hijos durante las vacaciones, y que forma un mismo movimiento cuya lógica interna importa tanto como cada uno de sus escalones.

Mirar antes de intervenir

El punto de partida es el aplazamiento del diagnóstico. "El primer paso es observar. Y observar no significa juzgar ni hacer un diagnóstico precipitado, sino recoger los hechos con curiosidad: cuándo aparece el móvil, en qué situaciones, qué parece estar buscando esa persona cuando lo utiliza o qué ocurre cuando no lo tiene cerca". Este ejercicio, vinculado al oficio de la autora, especializada en experiencia de usuario tras cursar Publicidad y Relaciones Públicas en la Universitat Pompeu Fabra, es también un acto de humildad epistémica: el padre reúne indicios, formula hipótesis provisionales y las contrasta hablando con el hijo. 

Esta observación no se limita al adolescente. Beltrán detalla cuatro señales del piloto automático que, subraya, "quienes las padecen apenas son conscientes de ellas y son las personas de su entorno quienes lo perciben primero": desbloquear la pantalla de forma mecánica sin intención concreta; abrir una aplicación y cerrarla poco después repitiendo el patrón con frecuencia; revisar constantemente si hay alguna novedad; y recurrir de inmediato al dispositivo en momentos de espera, silencio o aburrimiento. Antes de auditar al hijo, conviene auditarse a uno mismo.

Laura Beltrán, autora de 'Cómo evitar que las redes te atrapen'

Entender por qué el verano dispara el scroll

De esa observación emerge la explicación funcional del fenómeno estival. "En verano se multiplica el tiempo que tenemos disponible. Con él también llegan los desplazamientos largos, los tiempos de espera, los momentos 'muertos' o incluso el aburrimiento cuando no hay actividades programadas. En ese contexto es fácil buscar una gratificación inmediata y evitar la incomodidad recurriendo a distracciones ligeras, entre ellas las redes sociales", diagnostica la autora. 

Situaciones en las que "quedarnos hipnotizados frente a una pantalla suele ser más fácil que poner nuestra creatividad al servicio de transformar el momento presente", así se desplaza el foco desde la culpa hacia la mecánica neurofisiológica de la búsqueda de recompensa inmediata. El problema no es moral, sino de arquitectura del tiempo libre.

Cuando prohibir no basta

Comprendido el mecanismo, la tentación paterna de decretar el fin del móvil se revela improductiva. "Prohibir o adoptar una permisividad absoluta no equivale a educar. Educar implica acompañar, fomentar el pensamiento crítico, establecer acuerdos y transmitir valores", sostiene. Las imposiciones unilaterales generan resistencia porque el receptor se siente poco escuchado; y cuando el miedo al castigo se convierte en la principal palanca de cambio, "no necesariamente existe una comprensión de por qué ese cambio puede ser beneficioso; simplemente se está evitando la consecuencia". 

La estrategia útil, por tanto, es consensuada: acordar en familia condiciones sencillas de mantener, aplicables por igual a padres e hijos, y, como matiz decisivo, que devuelva al método su tono lúdico, que estén formuladas más como un juego que como un castigo. "Cuanto más conecten esos acuerdos con la idea de un juego que con la de un castigo, mayores serán las posibilidades de que funcionen".

Preguntarse qué siento antes de coger el móvil

Los acuerdos por sí solos son como una coreografía sin música. El ensayo introduce entonces el ejercicio que convierte el método en un aprendizaje interior. Hay que identificar la emoción que precede al gesto de desbloqueo. "El objetivo es comprender qué necesidad hay detrás de coger el móvil para poder encontrar nuevas estrategias que respondan a esa misma necesidad de una forma más satisfactoria", explica la autora, que recomienda apoyarse en un listado amplio de sentimientos agradables y desagradables. 

En un país donde la educación emocional sigue siendo asignatura pendiente, "a muchas personas les resulta difícil ir más allá de un simple 'me siento bien' o 'me siento mal'". Nombrar la emoción es ya empezar a desactivar el automatismo, y hacerlo en familia evita que la pregunta suene a interrogatorio.

Adictos al móvil

Cultivar lo que de verdad importa

El método culmina donde el verano abre su horizonte a momentos más amplios, sin agenda que empuje y que permite descubrir intereses que la rutina académica sofoca. Beltrán invita a resignificar el vacío. Recurrir a la pantalla cada vez que no se sabe qué hacer interrumpe el flujo creativo y refuerza el hábito que después dificultará el propio entrenamiento imaginativo. "En los momentos de aburrimiento es precisamente cuando la creatividad puede entrar en juego y sorprendernos con ideas sobre cómo disfrutar de una forma más auténtica". 

Solo así se consigue cerrar el círculo del método: observar, entender, acordar, nombrar y, finalmente, sustituir. Sustituir no la pantalla por otra pantalla, sino el automatismo por la vida deliberada.