El coleccionista con 8 millones de vinilos que quiere crear la mayor biblioteca musical del mundo

Zero Freitas ha acumulado discos por todo el mundo, y cuenta con una red de scouts, además de una docena de becarios
Cinco vinilos clásicos con los que podrías forrarte
Hay coleccionistas que aspiran a conseguir un ejemplar imposible, a tener una colección completa y original de un grupo, a conseguir la primera tirada de un disco de una pequeña discográfica ya extinta. Y hay, en las afueras de São Paulo, un hombre que va más allá de esa escala para él, liliputiense, y ha decidido, sencillamente, aspirar a tenerlo todo.
Se llama José Roberto Alves Freitas, aunque el mundo lo conoce como Zero Freitas, su apodo escolar heredado sin proponérselo, tiene poco más de setenta años, hizo una fortuna en el transporte urbano brasileño y guarda, en un almacén de casi 2.325 metros cuadrados del barrio paulista de Vila Leopoldina, la mayor colección de discos de vinilo documentada del planeta, con más de ocho millones de LPs, a los que hay que sumar cien mil compactos.
Un tocadiscos y una crecida
Esta historia arranca con una escena inofensiva. En 1957, cuando Zero tenía cinco años, su padre trajo a casa un equipo de alta fidelidad nuevo, y llegó acompañado por 200 discos que serían el bautismo del aparato. Una semana después, el niño descubrió en el armario materno otros 500 vinilos que su madre atesoraba desde hacía años. Esta biblioteca musical quedaría más tarde arruinada por una inundación.
Fue ese desastre el que despertó décadas después las ganas de reconstruir este micromundo perdido. Su primera adquisición data de diciembre de 1964: Canta para a Juventude, del entonces cantante teen ídolo Roberto Carlos. Freitas conserva hoy, además del original, casi mil ochocientas copias adicionales del mismo álbum, tributo obsesivo a la partitura primigenia de su vocación.
Para cuando terminó el bachillerato, reunía ya unos 3.000 vinilos. A los treinta años, en 1982, ya rondaba los 30.000. En algún momento del tiempo, sin que haya un punto de inflexión claro, la afición dejó de serlo para convertirse en una suerte de objetivo más elevado de rescate patrimonial a cargo de un solo hombre.

Un cazador global con red de exploradores
El gran salto para su colección llegó cuando su negocio de autobuses despegó en la primera década del siglo. Freitas montó una red internacional de scouts profesionales en Nueva York, Ciudad de México, El Cairo, Sudáfrica, Nigeria y La Habana, cuyo cometido era localizar colecciones enteras a punto de ser dispersadas y comprarlas de golpe.
Su agente cubano llegó a enviar cerca de 100.000 discos desde la isla, hasta el punto de que el propio Freitas bromeaba diciendo que Cuba probablemente estaba emergiendo del Caribe por la descarga de peso de sus discos. Entre junio y noviembre de 2013, más de una docena de contenedores marítimos de doce metros llegaron a Brasil, cada uno cargado con unos 100.000 discos. En octubre de 2014, adquirió un lote completo de un millón de vinilos por 200.000 reales brasileños.
Al año siguiente, Terence McEwan, exdirector de la San Francisco Opera, le regaló su archivo personal, compuesto por 6.500 LPs clásicos. En Fortaleza compró la biblioteca sonora heredada por el locutor Carneiro Portela: 25.000 discos, de los cuales 20.000 eran títulos que su equipo no había catalogado nunca. Cuando le ofrecieron 15.000 discos de polka, aceptó sin pestañear, aunque luego reprochó a su agente no haber negociado, de paso, los directores de banda que aún le faltaban.
Para sostener el flujo, Freitas presionó a las autoridades brasileñas hasta lograr, en 2014, un cambio de reglamento aduanero que permite la importación de vinilos de segunda mano. La grieta legal, en la práctica, lleva su nombre.

Una catedral privada de la música
En el interior del almacén paulista trabajan una docena de becarios universitarios que son estudiantes de historia, porque Freitas los prefiere a los de música, ya que "hablan todo el día de música". Su tarea es catalogar unos 500 discos diarios. A ese ritmo, concluir el inventario de su colección irá mucho más allá de la mitad del siglo. Alrededor del 30% de sus ejemplares están duplicados, y destinados a un futuro sistema de préstamo público. Por supuesto, los ejemplares únicos permanecerán en estanterías climatizadas e ignífugas.
En 2014 registró Emporium Musical, la fundación sin ánimo de lucro a la que se propone traspasar la propiedad legal de todo el archivo para convertirlo en una biblioteca de escucha abierta al público. Aspira a instalar hileras de tocadiscos donde cualquier visitante pueda posar una aguja y viajar en el tiempo. Ya ha donado 10.000 vinilos brasileños al ARChive of Contemporary Music de Nueva York a cambio de asesoramiento técnico en preservación.
Su objetivo ha dejado de ser cuantitativo, ya que no se trata de tener más, sino que se ha tornado más bien existencial. Se trata de que la música sobreviva a su propietario. En algún momento, sin ceremonia, el acaparador se ha convertido en historiador.

