Cómo cuidar a los padres mayores sin tratarlos como niños, según un psicólogo: "No podemos dirigir sus vidas"

Feliciano Villar, autor de ‘Mis padres se hacen mayores’, apunta las claves para un buen cuidado y una buena relación entre padres e hijos
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Cada uno tenemos nuestra lista personal de asuntos pendientes donde creemos que más accesible está y, probablemente, donde menos la revisemos. Aun así, lo hacemos varias veces al día. El chaval, que necesita que alguien le acerque al instituto; la entrega que el jefe ha adelantado dos semanas; el coche, que toca revisión; la compañía de la luz, que nos ofrece un descuento si firmamos no sé qué…
Es la mediana edad, ese tramo en el que uno se pasa el día apagando fuegos: hijos adolescentes, responsabilidades laborales crecientes, en muchas ocasiones problemas económicos y en muchas otras problemas generados que no tienen importancia.
En esa lista no aparecen los padres. Nunca han aparecido. No porque no nos importen —nos importan más que casi nada—, sino porque estaban ahí sin que haga falta pensarlo y todos pensamos que seguirán estándolo para siempre.
Hasta que un domingo cualquiera, en una comida cualquiera, algo no encaja. "A nuestros padres los damos por supuesto, y cuando dan signos de que también necesitan nuestra atención, en ocasiones nos toma por sorpresa", cuenta Feliciano Villar, doctor en psicología y autor de 'Mis padres se hacen mayores' (Plataforma Editorial), un libro que no parte de un momento dramático, sino de ese instante en el que uno descubre que su padre ya no es el que era.
Esto lleva pasando desde que el mundo es mundo, pero, sin darnos cuenta, seguimos improvisando. No hay un plan preparado. Villar da una razón que casi nunca se nombra, y es que la vejez de hoy no se parece a la de antes: "Las personas hoy no envejecen como lo hacían en generaciones pasadas. No sólo porque la longevidad es mayor, sino porque ahora la mayoría de personas llegan a la vejez con un buen nivel de salud, con un bagaje formativo y profesional mayor y motivados para seguir contribuyendo", explica.
Las personas hoy no envejecen como lo hacían en generaciones pasadas
Pero hay otra razón, y esta es más difícil de asumir. Cuando la vulnerabilidad aparece en nuestros padres lo hace acompañada de dos miedos. El primero, el temor a perder un vínculo que era nuestra base segura, "algo dado por supuesto que nunca nos preocupó y ahora sí". El segundo llega al mirar hacia dentro y hacia delante. "La vulnerabilidad de nuestros padres nos enfrenta a nuestro propio envejecimiento, a la conciencia de que el tiempo pasa también para nosotros", zanja el autor.
Quién decide aquí
Asumida la situación y la necesidad de cuidar, ¿dónde termina cuidar y dónde empieza invadir? Villar responde a esta duda sin rodeos. “La línea clave está en quién toma realmente las decisiones”, avanza. Es decir, “si nos posicionamos como quienes sabemos lo que conviene en cada momento, qué cuidados hacen falta y cómo darlos, y esperamos de nuestros padres que se limiten a recibirlos de manera pasiva y a seguir nuestros consejos”.
Su alternativa parece sencilla de llevar a cabo, pero no lo es. "Nuestros padres han de saber que estamos disponibles para acompañarles con gusto en la medida de nuestras posibilidades, que pueden contar con nosotros, que les ofreceremos nuestra visión de la situación si nos la piden, pero que al mismo tiempo siguen siendo dueños de su propia vida, y no vamos a decidir por ellos", asegura.
Nuestros padres han de saber que estamos disponibles para acompañarles con gusto en la medida de nuestras posibilidades
Le pedimos entonces señales concretas. Cómo saber que uno, sin darse cuenta, ha empezado a tratar a su madre como si fuera una niña. La lista que ofrece se convierte en incómoda en el momento en que uno se reconoce en alguno de los puntos.
"Cuando comenzamos a tratar de dirigir su vida, a pensar que sabemos exactamente lo que necesitan sin preguntarles. Cuando damos consejos fáciles y rápidos que no se nos han solicitado y que esperamos que se cumplan. Cuando les culpamos de las cosas que no van bien en su vida, y les culpamos también por no hacernos siempre caso. Cuando reñimos y esperamos obediencia, como nos pasa con los niños", enumera.
El padre exigente
Cuidar de otro implica tiempo y dedicación. Villar no lo esconde ni lo endulza: "Esta idea de que cuidar 'nos complica la vida', paradójicamente, aparece mucho menos cuando se plantea el cuidado de nuestros hijos".
Le planteamos entonces el caso duro, el que aparece en todas las consultas y en todas las sobremesas: un padre que rechaza una ayuda que necesita. Y el autor propone empezar por donde nadie empieza, que es preguntando. Saber cómo ve él la situación, si tiene en cuenta lo que a nosotros nos preocupa, cómo lo valora. “Quizá eso que a nosotros nos parece capital, para él no lo sea tanto”, apunta. Después, decirle lo que pensamos, lo que tememos y las consecuencias que su decisión puede tener.
Y luego viene lo verdaderamente difícil, que es soltar: "Nuestros padres son adultos y tienen pleno derecho a dirigir su vida. Si el riesgo no compromete algo importante, o si es asumible, no nos queda más remedio que aceptar la decisión que tomen, si lo hacen de manera consciente y aunque creamos que no es la correcta o la que nosotros tomaríamos en su lugar".
Si el riesgo no compromete algo importante, o si es asumible, no nos queda más remedio que aceptar la decisión que tomen
Aquí conviene detenerse, porque lo que dice a continuación desmonta el tópico del padre exigente que agota a sus hijos: "Los problemas en el cuidado aparecen más por padres que creen que no necesitan cuidados o que no quieren ser una carga para sus hijos que por aquellos que tienen exigencias de cuidado que son excesivas", cuenta.
Hermanos y herencia
Y llegamos ahora a otra arista que aparece con frecuencia: la familia. Pocas cosas remueven el fondo de una familia como repartirse el cuidado de un padre. Villar lo confirma sin dramatismo. "Cada uno cree que su manera de cuidar es la correcta, que las responsabilidades y el papel que uno asume es el que todos deberían asumir. Pero no siempre es así, cada hermano puede ver la situación de manera diferente", zanja.
“Me temo que no hay recetas, cada familia debe llegar a su propia solución y cuidar no cómo a nosotros nos gustaría que nos cuidasen, sino como la persona que recibe esos cuidados desea ser cuidada, si es posible", añade.
Sobre el dinero —ese asunto que incluso puede dejarse hasta después del funeral— el autor se moja: "Algunas familias recompensan económicamente a aquellos que asumen más responsabilidades de cuidado, y no me parece una mala solución", comenta, no sin añadir una condición innegociable: quien recibe los cuidados no puede quedar fuera de esa conversación.
Algunas familias recompensan económicamente a aquellos que asumen más responsabilidades de cuidado, y no me parece una mala solución
Hablemos ahora del que sostiene. Cuando el cuidado se alarga años aparece la sensación de estar quemado, de no tener vida propia, de haber perdido a los amigos y el tiempo libre por el camino. Hay que tener claro el límite.
"Una sensación de gran agotamiento que implica problemas de tipo físico, dificultad para dormir, inapetencia, fatiga, desmotivación, una mayor irritabilidad, episodios de pérdida de paciencia o de hostilidad hacia la persona a la que cuidas hacen pensar que el cuidador está en una situación límite. Cuando se abandona a sí mismo, descuida su salud, se aísla de las relaciones sociales que tenía y corta o deja de disfrutar de las actividades que daban sentido a su vida. Sólo si el cuidador está bien podrá ofrecer buenos cuidados", resume.
Nos despedimos pidiéndole una sola idea, una que sirva para mañana mismo. Villar no elige un consejo práctico. Elige otra cosa. "Para los padres, de cualquier edad, sus hijos son una prioridad. Nosotros somos fundamentales en su vida, y ellos han de serlo en la nuestra. Cuando algo es importante, le dedicamos tiempo y atención. Nuestros padres son parte de nosotros, explican de dónde venimos y cómo somos. Interesarse por ellos, priorizarlos, dedicarles tiempo, les da la oportunidad de transmitir un legado en forma de conocimiento y de valores, algo que les permite verse útiles y que es el gran regalo que nos van a dejar cuando desaparezcan. Démosles, y démonos, la oportunidad de que ese legado se construya y transmita".

