Alzheimer

La forma de mover los dedos, una desconocida alerta temprana del deterioro cognitivo

En la escritura a mano interviene una compleja red cerebral. Getty Images
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Abrir un bote, abotonarse una camisa, escribir a mano o coger una moneda de la mesa parecen gestos tan automáticos que apenas pensamos en ellos. Sin embargo, detrás de esos movimientos precisos interviene una compleja red cerebral que coordina la planificación, la atención, la percepción visual y el control del movimiento. Cuando esa red empieza a deteriorarse, las manos podrían delatarlo incluso antes de que aparezcan los primeros olvidos.

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Esta es una de las líneas de investigación que más interés está despertando en neurología. Aunque la pérdida de destreza manual no sirve por sí sola para diagnosticar una enfermedad como el alzhéimer, cada vez existen más evidencias de que determinados cambios en la motricidad fina podrían ayudar a identificar a las personas con mayor riesgo de deterioro cognitivo en fases muy tempranas.

La revisión sistemática publicada en 2024 en Technology and Health Care analizó 17 estudios realizados entre 2000 y 2022 sobre la relación entre la función de la mano y la enfermedad de Alzheimer. La conclusión es clara. Las alteraciones de la destreza manual aparecen de forma consistente en las personas con esta enfermedad y podrían convertirse en un biomarcador funcional útil tanto para favorecer un diagnóstico precoz como para monitorizar su evolución.

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Los autores comprobaron que pruebas de motricidad fina, como los denominados pegboard tests -en los que hay que introducir pequeñas clavijas en un tablero lo más rápido posible- permiten diferenciar con bastante precisión a pacientes con alzhéimer de adultos mayores cognitivamente sanos. También observaron que los movimientos de la mano pierden velocidad, regularidad y coordinación conforme progresa la enfermedad.

Otra de las ventajas de estas pruebas es su sencillez. Son rápidas, económicas, no invasivas y podrían incorporarse fácilmente a la práctica clínica. No obstante, los investigadores advierten de que todavía falta estandarizar los procedimientos y desarrollar herramientas más sensibles para detectar diferencias en personas con deterioro cognitivo leve, una fase en la que los cambios motores suelen ser mucho más discretos.

Mucho más que apretar con fuerza

Durante años, buena parte de la investigación se centró en medir la fuerza de prensión de la mano mediante un dinamómetro. Hoy se sabe que este parámetro también guarda relación con la salud cerebral, pero no explica toda la historia.

La motricidad fina aporta información diferente. No mide únicamente la fuerza muscular, sino la capacidad para coordinar movimientos rápidos y precisos con los dedos, mantener un ritmo constante o ejecutar secuencias motoras complejas.

En otras palabras, dos personas pueden ejercer una fuerza similar al cerrar la mano, pero mostrar grandes diferencias cuando tienen que realizar movimientos precisos con los dedos.

Una pista que la ciencia sigue desde hace años

La idea de que el movimiento puede anticipar el deterioro cognitivo no surgió con esta revisión. Lleva más de dos décadas acumulando evidencias.

Investigadores de la Universidad Rush, en Chicago, dirigidos por el neurólogo Aron Buchman, demostraron en varios estudios longitudinales publicados en 'Neurology' que el declive de la función motora se asocia con un mayor riesgo de desarrollar deterioro cognitivo leve y enfermedad de Alzheimer. Sus trabajos mostraron que las alteraciones motoras pueden aparecer años antes del diagnóstico clínico y evolucionan en paralelo a los cambios neurodegenerativos.

Estos hallazgos contribuyeron a cambiar la forma de entender el envejecimiento cerebral. En lugar de considerar las dificultades motoras como una simple consecuencia del deterioro cognitivo, plantean que ambos procesos forman parte de un mismo fenómeno biológico.

La evidencia también procede de grandes estudios poblacionales. En 2022, investigadores del UK Biobank publicaron en JAMA Network Open un análisis de cerca de 190.000 adultos que reveló una asociación entre una menor fuerza de prensión y un mayor riesgo de desarrollar demencia durante el seguimiento.

El estudio fue más allá de las pruebas cognitivas. Las personas con menor fuerza presentaban también un menor volumen del hipocampo -una región esencial para la memoria y una de las primeras afectadas por la enfermedad de Alzheimer-, además de una mayor carga de lesiones en la sustancia blanca cerebral.

Un biomarcador con futuro

Los especialistas coinciden en que la motricidad fina no debe interpretarse de forma aislada. La artrosis, la enfermedad de Parkinson, las neuropatías periféricas o lesiones musculoesqueléticas también pueden reducir la destreza manual.

Por eso, combinarla con evaluaciones cognitivas, biomarcadores en sangre, técnicas de neuroimagen y herramientas digitales capaces de registrar con gran precisión los movimientos de los dedos podría contribuir a detectar los primeros signos de neurodegeneración cuando todavía existen oportunidades para intervenir.