Patricia Pasquín y sus vivencias tras vivir cuatro años entre lobos: "Ellos no sonríen cuando están incómodos"
La psicóloga Patricia Pasquín presenta 'Lecciones salvajes', el libro que escribió tras cuatro años viviendo entre lobos
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Para las generaciones que crecieron con las vivencias de Mowgli en ‘El libro de la selva’, la idea de vivir entre lobos era toda una aventura que parecía realidad. Algo que Patricia Pasquín años después ha conseguido para convertir la experiencia en un cambio vital y en un libro, ‘Lecciones salvajes’, en el que dibuja una nueva forma de entender las relaciones sociales y humanas de una forma más rica y sana. Porque muchas veces los animales nos enseñan más sobre el hombre que el propio ser humano.
En su relato la psicóloga cuenta cómo ha pasado los últimos cuatro años viviendo en manada y trazando las similitudes y diferencias entre las relaciones personales y animales, en ocasiones mucho más sanas y ricas. “En corto, diría que sí, que las relaciones entre los lobos son más honestas. Principalmente porque son vínculos con mucha presencia. Nosotros estamos atravesados por muchos factores que nos alejan de la presencia en el vínculo como las apariencias, el ego, los miedos y las expectativas. Aun así ellos también tienen sus miedos, sus instintos y sus personalidades. Son fieles a sí mismos y en muchas ocasiones orgullosos”, reconoce Pasquín en conversación con Uppers.
Entre esas relaciones, Pasquín recuerda la que mantuvo con Cinder: “Fue la primera relación, así como amistad realmente bonita e importante que tuve, y la más larga, por lo menos de tanta intimidad. Era un lobo precioso, enorme, muy juguetón, muy divertido, también muy selectivo porque, al final, los lobos son muy selectivos y miedosos”, asegura la doctora sobre una relación que le costó más de un dolor.
“Le encantaba subirse y restregarse por todo mi cuerpo, sobre todo por mi cabeza y por mi nuca, con todo su peso para quedarse con todo el olor, de una manera exagerada. Eso lo hacían otros lobos, pero nadie lo hacía como él conmigo. Hasta el punto de que una vez llegó a provocarme una contractura en las cervicales del cuello porque yo no podía soportar semejante peso”, apunta entre risas la psicóloga catalana. “Y evidentemente no por ningún tipo de maldad ni nada, sino porque simplemente tenía tantas ganas de estar cerca mío (como yo de él) que se subía y se restregaba, hasta que llegó un punto en que mi cuello dijo: “suficiente, hasta aquí”
La doctora ha dividido el libro en capítulos que son etapas de vida y tratados de emociones que creemos humanas -como son el miedo, el amor o el duelo- y que también pertenecen a los animales. Episodios que relatan una experiencia de la que se queda por encima de todo con una enseñanza: “La vida se vuelve mucho más simple cuando dejamos de intentar ser quienes creemos que deberíamos ser. Los lobos no viven preguntándose si son suficientes, si encajan o si están cumpliendo las expectativas de los demás. Son quienes son, plenamente. No creo que los seres humanos podamos vivir con esa misma simplicidad”.
El vínculo y la madurez
Más allá del componente casi romántico de abandonar la ciudad para convivir con lobos, la experiencia de Pasquín ha sido también un ejercicio constante de observación sobre cómo se construyen los vínculos. Una de las grandes conclusiones a las que ha llegado es que el liderazgo dentro de una manada poco tiene que ver con la idea de autoridad que manejamos los humanos. "Diría que el vínculo tiene más peso. El liderazgo existe y es importante, pero se sostiene precisamente porque hay un vínculo previo. Los lobos no obedecen porque alguien imponga autoridad constantemente, sino porque forman parte de una estructura donde cada individuo conoce su lugar y confía en los demás. Los líderes cuidan, protegen y asumen riesgos por el grupo. Sin vínculo, el liderazgo pierde legitimidad", explica.
Una forma de organización que, según la psicóloga, tampoco está tan alejada de nuestras propias dinámicas familiares. En las manadas cada individuo ocupa un espacio y desempeña una función que favorece el bienestar del conjunto. Hay figuras protectoras, otras encargadas de enseñar y otras que aportan estabilidad. "No somos tan distintos como los cuentos nos pueden haber hecho creer. Se cuidan, se protegen, se enfadan y se educan en base a esos roles", sostiene. Una mirada que obliga a replantearse cuánto valor concedemos hoy a la experiencia y a quienes ya han recorrido buena parte del camino.
Especialmente en una sociedad obsesionada con la novedad, la productividad y la velocidad. A partir de los 50, muchas personas atraviesan una etapa de revisión vital en la que sienten que aquello que saben ha dejado de tener importancia. Sin embargo, Pasquín cree que la naturaleza ofrece otra perspectiva. "He observado que muchos lobos mayores dejan de necesitar demostrar constantemente su fuerza. Hay una serenidad distinta en ellos. Han sobrevivido a conflictos, pérdidas y cambios dentro de la manada. Quizá lo que podríamos aprender es que envejecer no tiene por qué significar perder valor, sino cambiar de función. Hay una forma de sabiduría que solo llega después de haber vivido suficiente. Se aprende atravesando la vida".
En ese sentido, Pasquín considera que existe una paradoja en cómo entendemos el envejecimiento. Mientras que en la naturaleza la experiencia suele integrarse como una fuente de conocimiento útil para la supervivencia del grupo, en nuestra sociedad tendemos a asociar el paso del tiempo con la pérdida. "Creo que sí, que infravaloramos la experiencia. Muchas de las cosas que hoy valoramos son superficiales en comparación con lo que se aprende de haber sufrido, luchado y amado a lo largo de décadas. Quizá por eso muchas personas llegan a la segunda mitad de su vida sintiendo que lo que saben ya no cuenta. Y, sin embargo, cuando atravesamos una pérdida o una gran decisión, solemos buscar a quien ha vivido más", reflexiona.
Muchas de las cosas que hoy valoramos son superficiales en comparación con lo que se aprende de haber sufrido, luchado y amado a lo largo de décadas
La autora también reivindica la capacidad de transformación que acompaña a cada etapa. Frente a la resistencia humana a aceptar el paso del tiempo, los animales parecen adaptarse con mayor naturalidad a cada fase de la existencia. "Nosotros solemos sufrir mucho cuando sentimos que perdemos una versión de nosotros mismos: la juventud, la fuerza o determinados sueños. Los animales parecen adaptarse con más naturalidad. Quizá la lección no sea retirarse ni mantenerse igual, sino transformarse. Hay momentos para empujar, momentos para liderar y momentos para observar. Creo que muchas personas llegan a los 50 con la oportunidad de dejar de demostrar quiénes son y empezar a preguntarse quiénes quieren ser ahora", reflexiona.
Pero si hay un terreno donde las enseñanzas de los lobos han transformado especialmente la vida de Pasquín es en el ámbito de las relaciones personales. Después de años observando sus dinámicas, reconoce que hoy se vincula de otra manera con quienes la rodean. "He aprendido muchísimo sobre cómo relacionarme mejor gracias a todo lo que he aprendido con ellos. He visto la importancia de ser más honesta para conectar de verdad con el otro, de marcar límites para tener relaciones más reales y seguras y de ser honesta también conmigo misma para no traicionarme", señala.
Vivir "en Narnia"
El relato es el resumen de cuatro años viviendo una vida fuera de lo normal. “Me gusta cómo se plantea el que no fuera una vida muy normal porque yo lo siento totalmente así: fue una vida completamente ajena a todo lo que yo conocía. Es un poco como si hubiese encontrado una puerta mágica a Narnia, en la que me voy a un mundo completamente mágico y distinto en el que existen preocupaciones distintas. Para mí, fueron cuatro años absolutamente mágicos en los que pude replantearme por completo la forma de vivir la vida y la forma de experimentar la vida. Abrir los ojos a que la vida es mucho más de lo que a mí me habían enseñado y de lo que aprendemos en el día a día en la sociedad en la que estamos”.
Después de todo lo vivido, Pasquín tiene claro que la mayor equivocación que seguimos manteniendo respecto a los lobos es reducirlos a una imagen de amenaza. "Durante siglos hemos proyectado sobre ellos muchos de nuestros miedos. La mayoría de los lobos no buscan el conflicto. Son cautelosos, sensibles a su entorno y orientados a la cooperación dentro de su grupo. Un lobo no sonríe cuando está incómodo ni oculta sus límites para agradar. Quizá lo que más nos incomoda de ellos no es su ferocidad, sino su autenticidad". Y precisamente ahí reside la gran enseñanza que recoge en 'Lecciones salvajes': entender que vivir con más honestidad, tanto hacia los demás como hacia uno mismo, puede ser el acto más humano.
