Canas

Ángela Molina, sobre sus icónicas canas: "Estaba cansada de teñirme y a mi cara ya no le correspondía ese cabello"

Ángela Molina y su icónica melena canosa. Getty Images
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Ángela Molina pertenece a esa estirpe de actrices que no han necesitado borrar el paso del tiempo para seguir siendo magnéticas. Nacida en Madrid en 1955, su extensa carrera ha transitado desde el mito sensual de los años setenta hasta convertirse en un símbolo contemporáneo de autenticidad. Y mientras muchas figuras públicas optan por ocultar las señales de la edad, ella ha elegido habitarlas y convertirlas en narrativa propia, aunque, según confiesa ella misma, sus famosas canas son más producto de la pereza por teñirlas que una declaración de intenciones.

En una entrevista con 'La Vanguardia' durante la promoción de su nueva serie, 'El homenaje', con Elsa Pataky y el desaparecido Eusebio Poncela, la actriz de 70 años admite que dejarse las canas no le parece "nada admirable", sino "lo más natural del mundo". "A mí me han gustado siempre muchos colores y me he hecho muchas cosas en el pelo, muchos tintes (...) Yo me ponía tierras, pero llegó un momento en que decidí dejarme las canas. O sea, dejar de teñirme fue algo natural, por pereza (...) La verdad, estaba ya cansada de tenerme que poner cosas, pero también pensé que a mi cara ya no le correspondía ese cabello", reflexiona.

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La cosa más dulce del mundo

Su melena canosa es hoy casi un emblema cultural del que está orgullosa. "Me gusta el pelo blanco, me gusta la vida como es. Me encantan las canas. Me parece la cosa más dulce del mundo”, aseguraba años atrás en una entrevista en El Economista. Palabras sin asomo de ironía que reivindican lo que durante décadas se ha consideró un 'defecto' en términos de imagen femenina.

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Pero reducir el discurso de Molina a una cuestión capilar sería simplificarlo en exceso. Lo que realmente articula su figura como referente de belleza madura es su comprensión del tiempo. “Todavía no tengo ni idea de qué va tener 70 años, pero suena bien”, afirmaba una reciente entrevista para Harper's Bazaar. "Al tiempo no hay quien lo venza; más vale acompañarlo como es, porque si no, te lo pierdes”, añadía.

Esa mirada también se extiende a las arrugas, otro de los grandes tabúes del imaginario visual. “A mí me da igual que me digan que tengo arrugas. Son mías y estoy encantada”, declaraba a Vanitatis tiempo atrás. Su mera presencia en alfombras rojas, campañas de moda o proyectos audiovisuales de todo tipo envía el mensaje de que la edad no es un límite para la visibilidad ni para la belleza.

La familia como gran maestra de vida

"La vejez es curiosa, porque cada día te ves más sorda, más cegata… vas cambiando. Pero es interesantísimo. Hay que ser generoso para aceptar la vida como es, y quererla tal y como es. Pero tienes que estar ahí, cuidarte, y saber pasar por los episodios de cambios a los que te vas a tener que enfrentar. En esas me encuentro. Y estoy bien", reflexiona en la mencionada entrevista en 'La Vanguardia' sobre el inevitable paso del tiempo.

Y si algo tiene el cumplir años es que se acumula experiencia, aunque reconoce que su "gran maestra de vida" ha sido siempre su familia, "el origen de todo". "Vivíamos las cosas en familia. Si uno sufría, lo sufríamos todos. Lo que había que decir se decía, y lo que había que celebrar se celebraba. Pero había mucha verdad en nuestra expresión de la vida. Era un aprendizaje constante", rememora, con un especial recuerdo a sus padres, Antonio Molina y Ángela Tejedor. "De alguna manera, los sigo viviendo como si estuvieran aquí. Eso es lo mejor que me han dejado. Su existencia en mi corazón, en mi vida. Yo los necesito y los llevo conmigo", finaliza.