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Lolita comparte una emotiva fotografía de su infancia con su padre 'El Pescaílla': "Mi paraíso, mi familia"

Lolita Flores en el Teatro Real de Madrid
Lolita Flores en el Teatro Real de Madrid. CORDON PRESS
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Hay instantáneas que contienen una vida entera. Es el caso de la que Lolita Flores ha compartido recientemente en Instagram, que tiene medio siglo encima y la devuelve en blanco y negro a un porche de Marbella al final de los años sesenta. En ella se ve a una niña de once o doce años, descalza o con sandalias de verano, bailando con los brazos levantados mientras su padre, Antonio González “El Pescaílla”, rasga la guitarra sentado en una silla. 

“Tendría 11 o 12 años, Marbella y como siempre mi padre con su guitarra y yo bailando a su compás, mi paraíso, mi familia, lo vivido vivido está, gracias por mandarme estas fotos, gracias porque siguen vivos en mí”, escribió la cantante y actriz madrileña para acompañar la imagen. La publicación no tardó en calar entre su público, recibiendo además la respuesta de nombres propios dentro del universo familiar de los Flores. Fue el caso de Bibiana Fernández, con una ristra de corazones; Antonio Carmona, del grupo Ketama y compadre de la artista, con un expresivo “Aguaaa”; o la amiga de toda la vida Cari Lapique.

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El padre que falta

El Pescaílla murió el 12 de noviembre de 1999 en Madrid, a los 73 años, consumido por una enfermedad hepática que arrastraba desde la cadena de duelos que había desarmado a la familia Flores cuatro años antes. En mayo de 1995, con quince días de diferencia, enterró a su mujer Lola Flores, fallecida a los 72 años tras una larga batalla contra el cáncer de mama, y a su hijo Antonio Flores, que a los 33 años se quitó la vida con una sobredosis de barbitúricos en la cabaña de El Lerele, la casa familiar madrileña donde los cinco habían crecido entre cantes y guitarras. El guitarrista nunca se recuperó. En las últimas entrevistas que concedió, repetía que Lola había sido “mis brazos, mis pies y mi todo”, y que la muerte del hijo había sido “el remate”.

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El próximo 12 de noviembre se cumplirán veintisiete años de su despedida. La fotografía que Lolita ha rescatado del álbum familiar llega, y no por casualidad, en los días previos a esa fecha. Marzo ya había traído otra tanda de imágenes recuperadas con motivo del Día del Padre, en las que la cantante lo definía como “el mejor padre, te quiero”. 

En mayo, ya dejó una de las frases más citadas de la primavera: “Yo siempre digo que Lola Flores fue muy buena artista, pero fue mejor después de casarse con Antonio González.” Para Lolita, el patriarca de la rumba catalana no fue sólo su padre, sino que también fue el verdadero músico de la familia, el que puso el ritmo a los boleros de Lola y le dio el sostén armónico sobre el que la Faraona desplegó durante décadas su voz y su presencia escénica.

El artista oculto detrás del apellido

La figura de El Pescaílla queda a menudo eclipsada por la de su mujer, lo que durante años ha sido una injusticia reivindicada por sus propios hijos. Nacido Antonio González Batista en el barrio barcelonés de Gràcia el 3 de marzo de 1926, dentro de una familia gitana humilde en la que el padre, apodado “El Sardineta”, se ganaba la vida vendiendo pescado por las calles (de ahí el apodo heredado), aprendió a tocar la guitarra con su progenitor y pronto se consolidó como uno de los innovadores del flamenco español de posguerra. 

Mezcló la rumba con el bolero, con los ritmos brasileños y con el incipiente rock que entraba por el puerto de Barcelona en los años cincuenta. Inventó el llamado “ventilador”, el rasgueo rítmico que define la rumba catalana y que después popularizarían Peret, Los Amaya o la familia Carmona.

Conoció a Lola Flores en el elenco de Manolo Caracol, con quien ella mantenía entonces un romance tormentoso. El flechazo fue inmediato. Se casaron el 27 de octubre de 1957 en una ceremonia de madrugada en el monasterio de El Escorial, de tapadillo, para esquivar a la prensa. De aquel matrimonio nacieron Lolita (1958), Antonio (1961) y Rosario (1963), tres hermanos que han sostenido durante casi siete décadas el apellido Flores en la primera línea de la canción, la actuación y el flamenco español. El Pescaílla asumió desde el principio un papel más discreto que el de su mujer. Dejó prácticamente de grabar discos para no competir con ella y se convirtió en la columna doméstica del clan, el que armonizaba las tardes de verano en Marbella con la guitarra sobre la rodilla mientras una niña bailaba a su alrededor.

Esa niña es la mujer de 68 años que acaba de abrir el baúl de los recuerdos y comparte con sus seguidores el fragmento más íntimo de su biografía: la foto de un verano cualquiera de principios de los setenta en la Costa del Sol, con la banda sonora que ha acompañado toda su vida.