Julia Fernández-Renau, nutricionista: "Las dietas no funcionan, a la mierda las dietas"

Entrevistamos a la nutricionista Julia Fernández-Renau que acaba de lanzar su primer libro, 'A la mierda la dieta'
Debaten los nutricionistas: ¿qué es más sano, el vino o la cerveza?
La nutricionista Julia Fernández-Renau se denomina antidietas. Conocida en redes sociales como @nutrirayes, ha lanzado su primer libro 'A la mierda la dieta. Una guía para sanar tu relación con la comida y tu cuerpo' (Alfaguara). Se trata de una invitación sincera y desde la experiencia personal y profesional a cuestionar todas esas ideas que parecen verdades incuestionables y desde las que se han construido muchas relaciones complicadas con la comida, el cuerpo y el ejercicio.
En su libro, Julia desmonta las grandes promesas de la cultura de la dieta y acompaña de forma práctica y honesta al lector en un proceso de reconciliación que va mucho más allá de lo que ponemos en el plato. 'Gastro' ha tenido la oportunidad de entrevistarla, conocer mejor su historia y, lejos de ofrecer una nueva dieta, un método para adelgazar o una lista de normas que seguir, la autora propone comprender el origen de ese conflicto para empezar a construir una relación más libre, consciente y saludable con uno mismo.
Dices que te habría venido muy bien leer este libro a los 14 años... ¿Por qué?
Porque a los 14 años la que tenía una mala relación con la comida y con mi cuerpo era yo. Desde muy pequeña recuerdo tener la idea de querer cambiar mi cuerpo y que cada año mi primer propósito de año nuevo fuera adelgazar. Recuerdo perfectamente intentar pasarme el día con una manzana en el estómago, hacerme una ensalada cuando el resto de la familia comía otra cosa y hacer ejercicio únicamente con el objetivo de adelgazar (spoiler: no lo conseguía). Me habría encantado leer un libro que me dijera algo que nadie me dijo entonces: que no había nada a corregir en mi cuerpo, que me merecía comer simplemente por estar viva y que adelgazar no era solución a mis problemas. Creo que me habría ahorrado muchos años de culpa, de inseguridad y de sentir que mi valor dependía de mi cuerpo.
En la primera parte del libro desmontas muchos mitos. ¿Cuáles son las mentiras más peligrosas?
En el libro me centro en cuatro grandes mentiras de la cultura de la dieta. La primera, y creo que la más peligrosa, es la de que las dietas funcionan. Nos han hecho creer que si no consigues mantener una es porque te falta fuerza de voluntad, cuando la realidad es que están diseñadas para no ser sostenibles a largo plazo. La segunda es la de que existen alimentos buenos y malos. Por supuesto que hay alimentos con más o menos nutrientes, pero en el momento en que le pones esa etiqueta a la comida, automáticamente le estás dando un valor moral, y ahí es donde empieza a aparecer la culpa. La tercera es la idea de que adelgazar te va a hacer feliz, como si la felicidad dependiera de una talla y no de todo lo demás que compone tu vida. Y la cuarta, y quizás la más profunda de todas, es que tu valor como persona depende de tu cuerpo o de tu aspecto físico. Estas cuatro mentiras son las que veo que más daño le hacen a las mujeres de mi programa.
Dices tajante: "Las dietas no funcionan". Muchos se quedarán ojipláticos. Cuéntanos tu teoría y qué dietas sí funcionan.
Cuando digo que las dietas no funcionan, no digo que no hagan perder peso a corto plazo, porque claro que muchas lo consiguen. Lo que digo es que no funcionan a largo plazo para la inmensa mayoría de las personas. Sabemos por la evidencia científica que la mayor parte de quienes pierden peso con una dieta lo recuperan en los años posteriores, y muchas veces recuperan incluso más. Si cualquier otro tratamiento tuviera esas tasas de fracaso, nos parecería una barbaridad seguir recomendándolo de forma masiva.
¿Y entonces qué funciona de verdad? Aquí tengo que aclarar qué entiendo yo por "funcionar": para mí, algo funciona si consigues mantenerlo en el tiempo y es algo que aumenta tu tranquilidad y bienestar. Y bajo esa definición, lo que funciona es aprender a comer de forma nutritiva y flexible, cuidar tu sueño, moverte desde el disfrute y aprender a gestionar tus emociones. No suena tan atractivo como un "pierde 10 kilos en un mes", pero es muchísimo más respetuoso contigo misma y realista.
¿Cómo afectan a nuestro comportamiento y relación con la comida esa obsesión por las dietas?
Nos desconectan por completo de las señales de nuestro cuerpo. Dejamos de preguntarnos si tenemos hambre o si estamos satisfechas y empezamos a preguntarnos si esto engorda o adelgaza. Y además, sabiendo la cantidad de restricciones que suelen venir en una dieta, es importante recordar que cuanto más prohibido está un alimento, más espacio va a ocupar en tu cabeza. Es como cuando te dicen que no pienses en un elefante rosa: acabas pensando en él todo el rato. Por eso muchas personas sienten que están "obsesionadas" con el chocolate, el pan o los dulces. El problema no son esos pobres alimentos, es la restricción que tienes hacia ellos.

¿Cómo recomiendas gestionar la culpa tras haber comido algo "que no debes"?
Lo primero es cuestionarte la propia idea de que existe algo que "no debes" comer. La culpa viene de las creencias, por lo que hay que indagar en cuáles son las tuyas sobre ciertos alimentos. Esto se ve muy claro cuando pensamos en un niño pequeño comiéndose un helado, ¿él siente algo de culpa o piensa “uf, esto me lo podría haber ahorrado”? No. Porque no es hasta mucho más tarde en la vida que nos meten todas esas cosas en la cabeza. Y creo que también vendría muy bien sustituir el “no debo” por “¿quiero?”. Pero sobre todo, si sientes culpa tras comer, te recomiendo contar con la ayuda de un profesional no pesocentrista que te ayude a gestionar esto. Nadie debería sentir culpa por comer, necesitas la comida para vivir.
¿Cómo podemos salir del ciclo restricción-atracón?
Dejando de restringir. Cuando restringes alimentos, cantidades, o simplemente pasas el día pensando que mañana vas a "portarte bien", tu cuerpo interpreta que hay escasez y va a entrar en modo supervivencia. Por lo que en un día un poco más de bajón, cuando te quedes sola o simplemente cuando ya no puedas más, explotarás y te tendrás que dar el permiso de comer todo lo que no has comido hasta entonces. Pero aquí el problema es la restricción previa, el atracón es simplemente una respuesta del cuerpo a esa restricción.
¿Sientes que se están dando pasos hacia una educación nutricional saludable?
Sí, aunque vamos más despacio de lo que a mí me gustaría. Cada vez hay más profesionales hablando de nutrición no pesocentrista, de salud mental y de relación con la comida, y menos de dietas milagro. También veo a más personas cuestionándose mensajes que antes se tragaban sin pensar, y eso me da esperanza. Aunque las redes siguen siendo un terreno complicado, porque los mensajes extremos y simplistas son justo los que más se viralizan.
¿Y en cuanto a la imagen que tenemos de nuestro cuerpo?
Quiero creer que algo hemos avanzado. Hoy existen conversaciones sobre diversidad corporal que hace diez años eran prácticamente impensables. Pero al mismo tiempo, en la era del Ozempic que estamos viviendo, quizás estemos dando un pasito para atrás. Además, con las redes sociales vivimos expuestas a demasiadas fotos de cuerpos cada día, lo cual da pie a la eterna comparación. Sigo pensando que existen demasiadas mujeres preocupadas por el aspecto de su cuerpo. Por eso creo que aún queda mucho camino por recorrer.
Sostienes que estar delgada no nos va a hacer felices. ¿Quién se ha empeñado en hacernos creer que sí?
Muchísima gente se beneficia de que no nos sintamos suficientemente bien con nuestro cuerpo. La industria de las dietas mueve miles de millones de euros al año, y para que ese negocio siga funcionando, necesita que sigamos sintiendo que nuestro cuerpo es un problema a resolver. Pero no es la única: la cosmética vende cremas "reductoras" o "anticelulíticas" partiendo de la base de que ciertas partes de tu cuerpo son un defecto a corregir. Parte de la moda solo diseña para una talla concreta, dejando fuera a muchísimos cuerpos y reforzando la idea de que hay un cuerpo "normal" y otro que no lo es. Y en el fitness pasa algo parecido: se vende como salud, pero las fotos que te enseñan de ‘antes’ y ‘después’ refuerzan la idea de que adelgazar es lo prioritario. Al final, todas estas industrias necesitan que sigas insatisfecha con tu cuerpo, porque esa insatisfacción es lo que te hace seguir comprando. Y a eso hay que sumarle el componente cultural que llevamos arrastrando desde hace décadas: hemos crecido viendo películas, anuncios y revistas donde la mujer feliz, exitosa y deseable era siempre la más delgada.
¿Por qué la báscula es nuestra peor enemiga? ¿Cómo saber entonces que progresamos?
Porque reduce algo tan complejo como la salud a un único número, y encima es un número que fluctúa continuamente. Puedes pesar más porque has cenado tarde, porque estás con la regla, porque no has ido al baño, porque has bebido más agua o porque has ganado masa muscular. Y aun así, muchas personas dejan que ese número decida cómo se sienten ese día o incluso qué se permiten comer. Yo prefiero fijarme en otros aspectos: cuánta energía tienes, con cuánta hambre llegas a las comidas, cómo de rápido comes, si eres capaz de salir a comer sin culpa, si disfrutas del ejercicio que haces... Eso me da muchísima más información que el número de la báscula.
¿Qué es exactamente la gordofobia y cómo convive en nuestra sociedad?
La gordofobia es el conjunto de prejuicios, discriminaciones y estigmas dirigidos hacia las personas gordas, y está muchísimo más presente de lo que solemos pensar. La vemos en cosas tan cotidianas como que en muchos aviones, cines o restaurantes los asientos están pensados para un solo tipo de cuerpo, dejando fuera a quien no encaja en esa talla. La vemos en las consultas médicas, donde muchas veces cualquier síntoma se atribuye directamente al peso antes incluso de explorar otras causas, retrasando diagnósticos importantes. La vemos en comentarios familiares que parecen inocentes, como el típico "qué bien te veo, has adelgazado", que en realidad está mandando el mensaje de que antes no estabas tan bien. Y la vemos también en la ropa: tallas que se cortan antes de lo que debieran, o "tallas grandes" escondidas al fondo de la tienda, casi como si hubiera que disimularlas. Muchas veces no es odio explícito ni una agresión evidente (que desgraciadamente, también existe), es algo mucho más sutil y cotidiano, y justo por eso cuesta tanto identificarlo y por eso hace tanto daño: porque nadie lo señala como lo que es.
¿Cuál es tu consejo para quienes sufren mucha hambre emocional?
Lo primero, no usaría la palabra "sufren", porque el hambre emocional es algo que tenemos todos, no una patología. Comemos por aburrimiento, por tristeza, por ansiedad o simplemente porque algo nos apetece en un momento concreto, y eso no tiene nada de malo en sí mismo. Ahora bien, si te das cuenta de que este tipo de hambre aparece con mucha frecuencia y sientes que se te escapa un poco de las manos, ahí es cuando merece la pena pararse a mirar qué está pasando de fondo. Casi siempre lo que hay detrás es una mala relación con la comida: no estás comiendo suficiente a lo largo del día, tienes una lista larga de alimentos "prohibidos" que en cuanto se presenta la oportunidad se comen en exceso, y además no cuentas con otras herramientas para gestionar lo que sientes más allá de la comida. Por eso, si te reconoces en esto, recomendaría acudir a un nutricionista no pesocentrista, que te ayude a reconstruir esa relación con la comida, y a un psicólogo, que te dé otras herramientas para gestionar tus emociones.
¿Cómo son esos "permisos" que debemos darnos para los alimentos prohibidos?
Darte el permiso significa que puedes comer lo que quieras cuando quieras. Y cuando venimos de tener muchas normas en nuestra alimentación, esto es algo que nos puede dar mucho miedo y que nos choca mucho. La recomendación que suelo dar a las mujeres que están en mi programa es tan simple como empezar a comprar todos esos alimentos que llevan años sin tener en casa y empezar a permitirse comérselos. Quizás la primera vez comes más de lo que te gustaría, pero lo vuelves a comprar. La segunda, ya ves que verdaderamente no está tan bueno. Y a la tercera ya se te olvida que está en la despensa. El permiso es precisamente lo que te devuelve el poder de elegir. Porque cuando un alimento está prohibido, muchas veces no lo estás eligiendo porque te apetezca de verdad, sino porque está prohibido.
¿Cómo es un plato saludable para ti?
Me gusta utilizar una estructura sencilla: un tercio del plato, verduras u hortalizas; un tercio, una fuente de proteína (pescado, huevos, legumbres, carne, tofu...); y el otro tercio, una fuente de hidratos de carbono (arroz, pasta, patata, pan, quinoa...). Añadir grasas como aceite de oliva, frutos secos o aguacate también suele ser una buena idea. Pero siempre digo lo mismo: un plato saludable no es solo el que tiene nutrientes, también es el que te deja satisfecha, el que disfrutas y el que encaja en tu vida.
Y hay algo que me parece igual de importante: desde dónde estás eligiendo comer ese plato. ¿Lo estás haciendo desde el autocuidado y el disfrute o desde la compensación y el miedo a engordar? Porque un plato puede ser muy completo a nivel nutricional, pero si lo estamos utilizando como una herramienta para castigarnos o controlar nuestro cuerpo, puede acabar perjudicando nuestra relación con la comida. La salud no está solo en lo que hay dentro del plato, sino también en la relación que tenemos con él.
¿Qué tipo de ejercicio recomiendas especialmente?
El mejor ejercicio es el que puedas mantener en el tiempo. Parece una respuesta muy simple, pero es la realidad. La evidencia nos dice que combinar entrenamiento de fuerza con algo de ejercicio cardiovascular suele ser una buena idea, pero si odias correr y te encanta bailar, probablemente bailar sea una opción mucho mejor para ti. Además, creo que es importante dejar de ver el ejercicio únicamente como una herramienta para quemar calorías o perder peso. Nos han enseñado a movernos para compensar lo que comemos o para intentar cambiar nuestro cuerpo, cuando en realidad el ejercicio tiene muchísimos beneficios que no tienen nada que ver con el peso: mejora la fuerza, la salud cardiovascular, el descanso, el estado de ánimo, la movilidad y nuestra calidad de vida.
Por eso siempre invito a las personas a preguntarse qué ejercicio es el que les hace sentir bien, cuál disfrutan y cuál encaja de verdad en su vida. Porque el objetivo no debería ser encontrar la rutina que más calorías quema, sino una forma de movimiento que quieras seguir practicando dentro de cinco o diez años.
'Body positive' vs 'body neutrality'. ¿Por qué debemos dejar de poner el aspecto físico en el centro?
Aunque el movimiento 'body positive' ha aportado cosas muy valiosas, especialmente al visibilizar cuerpos que durante mucho tiempo habían sido excluidos, creo que a veces sigue manteniendo el foco en la apariencia física. La neutralidad corporal propone algo diferente. Nos invita a entender que nuestro cuerpo es mucho más que algo que mirar o evaluar constantemente. Te guste más o te guste menos, sigue siendo tu cuerpo y sigue siendo el vehículo que te permite vivir. Es el que te permite abrazar a quien quieres, viajar, reír, bailar, trabajar, descansar y experimentar el mundo. No necesitamos levantarnos cada mañana pensando que nuestro cuerpo es precioso. Habrá días en los que nos guste más y días en los que nos guste menos, y eso es completamente normal. La clave está en que ninguna de esas cosas determine cómo nos tratamos a nosotras mismas ni el valor que nos damos como personas.
Creo que muchas mujeres pasan años dedicando una cantidad enorme de energía mental a intentar cambiar su cuerpo, adelgazar o encajar en un determinado ideal. Y cuando dejamos de poner tanto peso sobre nuestra apariencia física, recuperamos tiempo, energía y espacio mental para dedicarlo a cosas que realmente nos importan. Y eso, para mí, es mucho más valioso que cualquier cambio físico.
