Vinos

Island Wines Summit 2026: la consagración mundial de los vinos de isla

Primera edición de Island Wines Summit 2026 en el Puerto de la Cruz, en Tenerife.. Gastro Mediaset
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La primera edición de Island Wines Summit, reunió,en el Auditorio del Hotel Taoro de Puerto de la Cruz, en Tenerife, a sumilleres, bodegueros, Masters of Wine, periodistas y soñadores del vino que durante tres días convirtieron la isla en el centro de gravedad de un archipiélago invisible: el de todos los territorios insulares que han aprendido a dialogar con el mar, el viento y la soledad.

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Josep Roca y la poética del naufragio consentido

Como un director de cine que filma un plano general de un paisaje indómito —pensemos en la intimidad pausada del cineasta Terrence Malick—, el sumiller Josep Roca (El Celler de Can Roca, 3 estrellas Michelin, 3 Soles Repsol), inauguró el encuentro deteniendo el tiempo. En su cata magistral, hasta los silencios hablaban. El maestro defendió una premisa que cruzó todo el congreso como una corriente marina: "Las emociones interfieren en la calidad del vino". Y comenzó a hablar de memoria, de emoción, de geografía y de tiempo. Defendió que cada copa contiene una historia y que las islas son mucho más que accidentes geográficos.

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Son laboratorios de identidad. Faros. Lugares donde la naturaleza obliga al ser humano a afinar el ingenio y donde la tradición y la innovación conviven sin necesidad de pedir permiso. De pronto la enología dejó de parecer una ciencia exacta para acercarse a la literatura.

Roca trazó una cartografía líquida que arrancó en la I’lle d’Yeu francesa con el Blanc du Caillou Chenin 2023 (Domaine de I’lle d’Yeu), un milagro de apenas 600 botellas nacido de un suelo granítico y una parcela en barbecho durante doce años. De ahí saltó a las condiciones extremas de Porto Santo (Madeira) con el Justino’s Project Listrão biológico 2024, pura tensión calcárea en seis kilómetros de arena, para luego sumergirse en las Azores con el Arinto dos Açores en crianza de solera de Antonio Maçanita, un ejercicio de adaptación sobre piedra volcánica y océano.

El viaje avanzó hacia la austeridad del Domaine de Kalathas 10+12 2022 en Tinos (Grecia), azotada por el viento, antes de regresar a España. Allí nos esperaba la memoria del Vidonia 2016 de Suertes del Marqués (Tenerife), un blanco que recupera el prestigio que los vinos tinerfeños ya tenían en los siglos XVII y XVIII en los mercados británico y americano. La penúltima estación mediterránea fue Mallorca, con el experimental Motor Gold 2014 de 4 Kilos Vinícola —vinculado a creadores como Sergi Caballero—, antes de asomarse al impacto del cambio climático con el espumoso inglés Sugrue Essex PN Crouch Valley 2022 y cerrar el telón en la isla turca de Bozcaada con el especiado Pasito 2015, un canto de resistencia cultural en el Egeo.

Escuchándolo era imposible no recordar aquella observación de Julio Verne, otro gran enamorado de las islas, cuando escribió que “el mar es todo; cubre siete décimas partes del globo terrestre”. También cubre buena parte del carácter de estos vinos. Porque los que provienen de una isla no se entienden sin el océano. Ni sin la distancia. Ni sin la sensación de frontera.

El dilema de la piedra: ¿Existe la mineralidad?

La primera jornada completa del congreso, pilotada por Vocento Gastronomía junto al Cabildo de Tenerife y Turismo de Tenerife, abrió un debate científico y filosófico sobre la "mineralidad", ese término que hace 25 años nadie usaba y hoy satura las notas de cata. El periodista británico Jamie Goode desnudó la evidencia científica aclarando que la piedra no se disuelve en la copa, pero reconociendo que la tierra altera la composición de la uva. "A baja intervención, más carácter mineral", sentenció, advirtiendo que el exceso de roble ensombrece esta cualidad.

Por su parte, el canadiense François Chartier aportó la perspectiva neurosensorial: la mineralidad no es una transposición física del suelo, sino una imagen mental provocada por estímulos. "La mineralización puede medirse, la mineralidad se percibe. Con ella, la ciencia y la emoción convergen", explicó con precisión de cirujano.

Pascaline Lepeltier, Master Sommelier afincada en Nueva York, desgranó cómo el concepto de "vino de isla" pasó de ser una rareza en los años 80 a convertirse hoy en una categoría comercial indiscutible y avalada mundialmente, impulsada sucesivamente por las islas griegas, Córcega, el Etna siciliano, las Canarias, y ahora Portugal y Japón. "Tienen detrás una historia y el mercado neoyorquino busca eso: algo diferente que valga la pena", afirmó.

Bernat Voraviu (Ithaca Wines) recorrió el Mare Nostrum acompañado de elaboradores como Simone Sedilesu (Cerdeña), Yiannis Kyriakidis (Chipre), Aimilios Andrei (Creta) y Andrea Foti (Sicilia), quienes buscan hoy vinos orgánicos, con menos densidad y mayor finura.

La sumiller Paz Levinson reivindicó el restaurante como escuela e inspiración, aplaudiendo el cordón trenzado de productores tinerfeños como Jonatan García (Suertes del Marqués) o Roberto Santana (Envínate).

Matteo Montone defendió la histórica capacidad de envejecimiento de los vinos dulces de Tenerife, Cerdeña, Sicilia, Cefalonia y Santorini. Todos parecían girar alrededor de una misma idea. La singularidad. La importancia de ser distintos.

Benjamín Lana, director de Vocento Gastronomía, lo resumió con precisión cuando afirmó que la naturaleza no es un decorado sino una maestra. Y que las identidades importan.

En una época obsesionada con la uniformidad, el vino de isla reivindica exactamente lo contrario. La diferencia. La rareza. La personalidad. El derecho a no parecerse a nadie.

En el “Atlas de las islas remotas, Judith Schalansky dejó escrita una frase que parecía estar flotando sobre todas las ponencias de Tenerife: "Las islas son promesas de felicidad".

Guardianes de la ceniza y el "Jurásico" de la viña

Uno de los momentos más emocionantes de la cumbre fue la entrega del galardón ‘Guardián del vino de Tenerife’ al sumiller Miguel Ángel Millán. Formado a caballo entre Madrid y el Reino Unido, y tras dejar una huella imborrable en casas como Santceloni o DiverXO (donde fue jefe de sumilleres durante seis años), Millán fue elegido por un jurado internacional como el embajador idóneo para proyectar la riqueza volcánica de la isla. El vino necesita precisamente de esto, de la necesidad de encontrar embajadores capaces de contar historias, no solo etiquetas. Porque al final el vino siempre ha sido un relato. Una conversación entre la tierra y quien la trabaja. Una memoria líquida. Un paisaje embotellado.

El broche final del congreso abandonó los discursos para pisar el barro y el picón. El Master of Wine Fernando Mora, definió el viñedo tinerfeño de cepas centenarias en pie franco y cordón trenzado como "el jurásico de la viticultura", la expresión no pudo ser más gráfica: Viñas centenarias. Pie franco. Cordón trenzado. Paisajes imposibles. Cepas que parecen haber sobrevivido a todas las edades geológicas.

Por último, los congresistas visitaron once bodegas fundamentales para entender las múltiples interpretaciones de un mismo territorio: Altos de Trevejos, Suertes del Marqués, El Lomo, Viñátigo, Tajinaste, Tempus, Ferrera, El Sitio, Linaje de Pago y Cráter.

Como anticipó Josep Roca en el comienzo de este congreso, “antes de entender un vino hay que aprender a sentirlo”. Antes de razonar conviene escuchar. Y que las islas, como los grandes vinos, no se explican del todo. Se visitan. Se recuerdan.

El escritor lanzaroteño Rafael Arozarena escribió que la insularidad vive en permanente diálogo con el horizonte. Y quizá por eso sus vinos poseen una mirada diferente. Saben que más allá siempre hay otra orilla. Y terminan habitando para siempre en algún rincón de la memoria, igual que esas películas de Giuseppe Tornatore donde el mar nunca aparece como paisaje, sino como destino.