Lleida

Recuperan el oficio milenario de la producción artesanal de sal en Gerri de la Sal, Lleida: "Es para que no se pierda el oficio"

La mina de oro blanco de Gerri de la Sal (Lleida)
La mina de oro blanco de Gerri de la Sal (Lleida). Museu Gerri de la Sal. MNACTEC
  • El Ayuntamiento de Baix Pallars reanuda la producción de sal tras dos años de inactividad de las salinas de Gerri de la Sal

  • La iniciativa quiere mantener un oficio milenario y la sal de Gerri como un referente gastronómico

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LleidaEl vínculo de Gerri de la Sal (Lleida) con la sal se remonta a miles de años. Las primeras noticias documentadas son del siglo IX, en las que en las escrituras del monasterio de Santa María salen como propiedad de los monjes once hectáreas y el manantial de agua salada. "Si se instalaron aquí era porque habían encontrado el oro blanco de la época. Quien tenía sal, tenía poder. La sal es un buen conservante de alimentos. Pagaban a los trabajadores con la sal. De ahí, la palabra salario", explica Aroa Yagüe, directora del Museo de Gerri de la Sal.

Una producción de sal practicada hace 4.000 años, en la Edad del Bronce: "En Gerri ya se hacía sal. Encontramos un asentamiento donde hay arcillas con sal. En vez de hacerla por evaporación como ahora, la hacían por ebullición. Con la arcilla hacían recipientes, donde ponían a hervir el agua y la sal les servía como moneda de intercambio".

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Y hay que hacer otro gran salto en el tiempo para ir a los orígenes. Un salto de 210 millones de años cuando la zona era el mar de Tetis, que era muy salado y poco profundo. "En aquella época no estaban formados los continentes. Cuando el mar se secó, las montañas se empezaron a formar y, en nuestro caso, la sal quedó bajo tierra. Estas corrientes subterráneas de agua dulce pasan por estas bolsas de sal y llegan hasta aquí. La llamamos fuente, pero no lo es porque a medida que sale agua, vuelve a entrar. Antiguamente salían 40.000 litros en una hora. Funcionaba a todas horas y todos los días del año", señala Yagüe.

En 1836, con la desamortización, las salinas pasaron a manos del Estado. "Son 11 hectáreas de terreno. En la época de más esplendor, llegaban a las 1.500 toneladas de sal desde el 24 de junio al 30 de septiembre porque son los meses de más radiación de sol y los más productivos", detalla la directora. Al final del siglo XIX, se subastaron las salinas, que fueron adquiridas por 44 familias, que crearon una comunidad de fabricantes de sal. Del máximo apogeo se pasó al abandono por la despoblación, sumado a que no podían competir con las salinas de mar, que trabajan todo el año y con maquinaria. En 1982, unas grandes riadas dañaron una gran parte de las salinas. En una pequeña zona se continuó elaborando sal "más por hobby que como negocio" hasta que, en 2000, el último salinero abandonó la producción.

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"No se pierda el oficio"

Pasados ocho años, un matrimonio de Gerri de la Sal, para que no se perdiera como se hacía la sal, recuperó un conjunto salinero, pero hace dos años pararon.

Ahora el Ayuntamiento de Baix Pallars ha tomado el relevo y se ha recuperado la producción de sal. "Es para que no se pierda el oficio ni la sal de Gerri. Fue el principal motor económico durante años. ¿Qué sería Gerri de la Sal sin tener sal? Para nosotros, es muy importante volver a recuperarlo con los mismos materiales y la misma forma de trabajar de nuestros antepasados. Sería muy fácil colocar una máquina, pero no es nuestra identidad. No serían las salinas de Gerri", subraya la directora del museo.

De momento, este verano se han hecho cuatro recogidas, unos 1.000 kilos: "Lo hemos conseguido. La idea es producir más y ver cómo comercializarla. Su venta nos puede ayudar a sufragar algunos de los gastos tanto en las salinas como en el museo".

Artesanal

El Ayuntamiento ha apostado por continuar con el legado y mantener la tradición artesanal. "El agua sale del manantial a unos 70 gramos por litro, que es el doble de salada que el mar Mediterráneo", indica. Esa agua salada sale hacia una balsa cubierta de arcilla donde se acumula durante todo el año. Al estar en un pequeño espacio, aumenta la salinidad. De ese almacenaje, sale a 160 gramos por litro. De ahí, pasa a la arcabota, un depósito que tiene la misma función. El siguiente paso es a la era, donde cristaliza y se trabaja el agua. "Si los cristales de sal que se forman los dejamos, se pegarían entre sí y el agua no se podría evaporar. Un primer trabajo es romper la costra, que es remover el agua". De ahí a la salina, que es como un rectángulo con la sal hecha para que el resto de agua se evapore, y al final se hacen las características montañas de sal, que se almacenan en la caseta.

Una iniciativa para mantener un oficio milenario y la sal de Gerri como un referente gastronómico.