Un grupo de investigadores españoles inventa etiquetas inteligentes y biodegradables para reducir el desperdicio alimentario

Pilar Granado, Pablo Sosa Domínguez y Luis Chimeno son los inventores de unos dispositivos que monitorizan, en tiempo real, la frescura de los alimentos y detectan los compuestos que se liberan a medida que van creciendo las bacterias en la comida
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El desperdicio alimentario es uno de los grandes retos a los que hay que hacer frente, en aras de cuidar el medio ambiente y luchar contra el cambio climático. Tal es la magnitud del problema, que según los últimos datos disponibles de la Comisión Europea, sólo en la UE se desperdician más de 59 millones de toneladas al año.
Este gasto excesivo es un consumo de recursos que acaba en la basura, literalmente. No sólo se trata del alimento que acaba desperdiciado, sino de todos los recursos asociados a su producción, los cuales se ven también invertidos a fondo perdido. De acuerdo con la propia Comisión, uno de los motivos principales por los que se tiran tantos alimentos es la incertidumbre por la frescura. Sin embargo, los tres premiados en el Young Inventors Price han querido ponerle remedio.
Se controla la degradación del alimento
¿Cómo funcionan estas etiquetas? Además de ser inteligentes, son biodegradables. Pero, ¿qué impacto directo tienen a la hora de saber si un alimento es fresco? Cuando almacenamos un alimento en la nevera, este se conserva. Pero a medida que pasan los días —o las semanas, dependiendo de qué alimento sea—, el crecimiento de las bacterias y la degradación se abren paso.
Las etiquetas que han inventado funcionan de una manera muy sencilla: el cambio de su color es lo que nos va a indicar si el alimento sigue siendo fresco —o no—. Esta se va a mostrar transparente si los niveles de compuestos y bacterias es bajo y, por tanto, sigue siendo un producto apto para poder consumirse. Por el contrario, si se ha experimentado un crecimiento muy elevado y el alimento ya no se puede consumir, entonces la etiqueta se va a mostrar de color negro.
El mal olor ya no lo es todo
Los investigadores de la Universidad Miguel Hernández pusieron el foco en la carne, como punto de motivación a la hora de sacar este invento. ¿El motivo? El mal olor, u olor más fuerte que en ocasiones desprende cuando está en la nevera, y que para muchos deriva en desechar el producto. En este sentido, afirman que “muchas personas tiran carne al primer signo de mal olor. Nuestra investigación inicial se centró en entender qué estaba ocurriendo con la carne”, cuando se trata de tenerla almacenada en la nevera, para su posterior consumo.
Más allá de las etiquetas
Además de la propia etiqueta —inteligente y biodegradable—, los investigadores tienen una empresa dedicada a la alimentación (Oscillum, fundada en 2019). En aras de querer reducir todavía más el desperdicio alimentario, también han explicado que han saltado al ámbito de los envases para conserva. Y ya que se trata de dispositivos inteligentes, ahora el nuevo objetivo de los investigadores premiados es “no sólo monitorizar lo que ocurre con el producto, también poder influir en él”.
