Diego Vasallo: “Hay un disco de Duncan Dhu en el que no toqué, era habitual en los 80"

El cantante y compositor donostiarra, icono de los ochenta junto a Mikel Erentxun, publica su primer disco con nuevo proyecto: LØSE
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Una carrera musical es, a veces, como el amor: una continua búsqueda. No con ansia, sino con determinación. Cuando uno cree haber encontrado ese hogar donde quedarse, pasa el tiempo y se da cuenta de que necesita un cambio. Y después, otro. Y, con los años, otro más. Así podría describirse la trayectoria artística de Diego Vasallo, a quien conocimos como bajista (y en ocasiones, cantante) de Duncan Dhu, para más tarde debutar en solitario como Cabaret Pop, a continuación como Diego Vasallo y El Cabaret Pop y, en penúltima instancia, solo con su nombre y apellido. Ha tocado rock, pop, jazz, registros latinos… Y ahora halla nuevo “hogar” en una banda de rock llamada LØSE, fundada por él, y en la que se adentra en el rock oscuro, afilado y ruidoso.
“Muchas veces he llegado a algún sitio y pensado: ‘He encontrado donde quedarme”, explica el músico donostiarra (59 años). “Y luego nunca ha sido así y he tirado para otros lados. He reflexionado mucho sobre esto. Uno de los motores de la creación es la búsqueda: te impulsa hacia delante. Es la esencia, lo que me lleva a seguir y a retarme a mí mismo. Si me faltara eso, me quedaría tranquilamente con los perros y paseando por la playa”.
Lo que nadie podía esperar es que esta nueva encarnación tuviera tal grado de distorsión y aspereza noise. “El concepto global —aclara— no es más que el resultado del trabajo que he estado haciendo en los últimos años, sobre todo con el guitarrista Fer García. Nos planteamos un proyecto con los sonidos que nos estaban influenciando y que compartíamos. Se estableció una conexión musical muy fluida. Simplemente, nos hemos acercado a lo que estábamos escuchando”.
A la venta a partir del 13 de febrero, no parece un disco concebido para engatusar a las masas. Aparte de su plúmbeo sonido, uno de sus temas, “Pétalo en el aire”, tiene una duración superior a los nueve minutos. Da la impresión de que Vasallo se siente cómodo en ese malditismo en que se instaló tras dejar Duncan Dhu; en desafiar lo establecido, en desdeñar el reconocimiento masivo. Claro que, como él mismo reconoce, es algo que se puede permitir.
“La ventaja que tiene el llevar más de cuarenta años en esto —apunta— es que no necesitas el éxito. Evidentemente, no voy a vivir de este grupo. Sería un poco absurdo plantearme la búsqueda del éxito con un nuevo proyecto, que nace por el placer de hacer música, la energía que da involucrarte en un grupo nuevo y el reto de volver a estar en una banda, algo que me apetecía mucho. Probablemente sea la última que forme. Lo echaba de menos. Lo que venga, bienvenido será, pero no tendría sentido ponernos límites a estas alturas de la película”.
No le duelen prendas en afirmar que este tipo de música conectará mejor con un público maduro y con cierta preparación. “Tengo la sensación de que los jóvenes van por otro camino”, lamenta. “Esto no deja de ser una banda de rock, y el rock, entre la gente más joven, es una corriente hoy en día minoritaria dentro de la música popular. Habrá una minoría que siga escuchando grupos de guitarras, pero no es lo que abunda. Me temo que será para gente de nuestra quinta o que ha crecido escuchando música rock”.
Lo que no ha cambiado mucho con respecto a trabajos anteriores es el mimo artesanal con que Vasallo escribe sus letras, que no son exactamente de amor ni tampoco autobiográficas, pero un poco sí. “Es difícil definir de qué hablan —concede—: tiendo a cierta abstracción, que me parece sugerente. Nunca he sido un narrador de historias. Siempre me he basado en imágenes y sensaciones o en provocar efectos sensoriales; en comunicar un estado de ánimo o un tipo de mirada. Eso no quiere decir que no haya mucho de mí mismo”.
Pone como ejemplo el modo en que su actual vida en un entorno de naturaleza, donde reside desde hace cuatro años, se refleja en estas letras. “He notado que hay un montón de referencias a los campos, las brumas, las nieblas, las mareas…”, dice. Subraya que ha introducido algunas novedades en este repertorio, “como el abandono de la rima, lo que se nota sonoramente. Y he tendido más a esa abstracción. No hablan de nada en concreto, pero hablan de todo. Hablan de la vida. Hay un montón de preguntas en mis letras, no sé si es por la edad. Pero la incertidumbre del caos en que vivimos, el sinsentido, sí lo veo reflejado en mis textos”.
En cualquier caso, Vasallo no es de los que escriben sus letras arrellanado en su estudio. “Desde hace bastantes años, escribo mucho por la calle”, revela. “Antes llevaba una libreta, ahora lo hago con el móvil. El 80% o 90% de las letras están escritas andando por la calle o sentado en una terraza tomando un café. En el estudio les doy la forma definitiva. Frecuento mucho las terrazas y son momentos muy propicios para la escritura. Patti Smith escribe mucho en cafeterías, y lo entiendo”.
No deja de llamar la atención el tono sombrío de sus letras. ¿Acaso las canciones alegres no le interesan? “Sí para escucharlas —responde—, pero es posible que no me salgan, y en estos momentos menos. Aunque las letras sean abstractas, están contaminadas del momento en que vivimos. Es difícil abstraerse de este momento peligroso. Parece que estamos en un momento de caos absoluto en el planeta. Reconozco que me resulta complicado hacer una letra optimista, porque no me siento optimista. Veo las cosas oscuras”.
Duncan Dhu, en el recuerdo
Quien haya seguido paso a paso la carrera de Vasallo se habrá percatado de la evolución de su voz, más limpia y clara al principio, inquietante y grave como la de Tom Waits desde hace unos años. “Nunca quise ser cantante”, dice. “Fue por las circunstancias: eso se lo debo agradecer a algunos productores de Duncan Dhu que pensaban que yo tocaba muy mal el bajo, y como no me dejaban tocar, me empeñé en cantar mis canciones, por hacer algo en el disco. Una vez que empecé en solitario, he experimentado mucho con mi voz. He grabado discos en tono muy grave, que ahora escucho y alucino: casi no podía ni respirar. También ocurre que la voz va cambiando con los años”.
Un momento: ¿hubo productores que no le dejaban tocar en Duncan Dhu? ¿Quiere eso decir que hay discos de la banda en los que no toca? “Sobre todo en El grito del tiempo (1987) —admite— yo no toqué, y Juanra [Juan Ramón Viles, batería del entonces trío, y desde 2011 concejal, por el PNV, en el ayuntamiento de San Sebastián] tampoco. Era una cosa habitual en los ochenta, y bastante espantosa. Los productores tenían esa obsesión por grabar con claqueta y metrónomos, y después de discutirlo, aceptamos. Fue una decisión de la que me ha arrepentido mucho con los años”.
En 2025 se cumplieron cuatro décadas de la fundación de Duncan Dhu, efeméride que se sigue celebrando con una gira de aniversario… bastante curiosa, por cierto, porque en ella solo participa su excompañero Mikel Erenxtun. Cuando este le propuso reformar el dúo para los conciertos, Diego Vasallo declinó la invitación.
“Son dos las razones", aclara. "La primera y fundamental es que voy a hacer 60 años y no me veo cantando canciones que compuse con 18 o 20. No soy nada dado a la nostalgia. Está bien, es bonito, el público lo agradece, y para tres o cuatro conciertos me lo podría haber planteado; para una gira, no. La otra razón es que sé lo que significa una gira de Duncan Dhu a ese nivel: son dos años o más. Conozco a Mikel y le gusta el directo, el movimiento. No me siento capaz de estar dos años viajando por América y España y con repertorio de otra época”.
De aquella “otra época”, los dorados ochenta, Vasallo conserva recuerdos opuestos. “Si echo algo de menos es los inicios de un grupo”, indica. “En 1984 yo tenía 18 años. Es una etapa muy excitante y estimulante. Tengo muy buenos recuerdos de ella. Lo vives todo con mucha intensidad. Pero, musicalmente, no echo nada de menos de los ochenta. De hecho, es una década un poco especial. Es cuando se empezó a grabar en formato digital, algo nos que nos pilló del segundo al tercer disco, y no suenan muy bien. Aunque los ochenta también tienen cierta gracia, por la imagen tan kitsch. Fue una década un tanto despreocupada, y esa despreocupación de los 18 años sí la añoro”.
Pero no es música todo lo que mantiene a Vasallo ocupado: la pintura es su otra gran pasión. “Ahora mismo la música es lo más importante —señala—, aunque puede que sea algo circunstancial. Llevo unos cuantos años bastante productivo en cuanto a música. Pero la pintura es algo que me ha acompañado toda la vida y está al mismo nivel de importancia. La pintura y la música han sido mis formas de expresión artística en la vida”.
En el transcurso de la conversación, Diego Vasallo ha deslizado varios comentarios, no precisamente gozosos, sobre el paso del tiempo. Dice que LØSE será, probablemente, su último grupo; que, tal vez por su edad, sus letras están cargadas de preguntas; que no se ve cantando canciones que compuso a los 18… ¿Se siente mayor? “No veo igual que hace veinte años”, contesta. “Pero por otro lado, no. La curiosidad no se me ha pasado, y es más propia de la juventud. Es una especie de elixir. Los años pasan, tienes más achaques y sí, no me siento igual que antes. Se nota en el día a día: vas más al médico, te preocupas más por la salud y te empiezas a plantear que el tiempo no es infinito. O que no vas a tener tiempo para hacer todo lo que quieres hacer. ¿Cuántos años me quedan buenos para poder estar en un grupo? ¿Quince, veinte como mucho? Sí te planteas ese tipo de cosas”.
¿Eres feliz? “No creo mucho en ese concepto”, declara. “Hay una frase de Fernando Fernán Gómez: ‘No soy feliz, ni falta que me hace’. Es una de esas palabras que se vacían de significado, como la libertad: cada uno la utiliza como le viene bien. Creo que la felicidad no existe, es una utopía, una palabra preciosa que no significa nada. La vida se compone de movimiento todo el rato y lo mejor que podemos hacer es aceptar ese cambio permanente. Creo más en la alegría que en la felicidad: hay momentos buenos, de disfrute, de placer, pero la felicidad como objetivo me parece absurdo. Quizá si aceptas que hay momentos buenos y malos, llegas a un estado como el de los monjes, que son felices porque asumen ambas caras de la moneda. Pero yo a ese nivel de sabiduría no he conseguido llegar”.

