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Isabel Huppert se lanza a hacer de vampira: "Permite hablar del culto contemporáneo a no envejecer”

El póster de The Blood Countess
El póster de The Blood Countess. Redacción Uppers
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En el Berlín de febrero, en el que el cine suele vestirse con abrigo largo y portar gesto serio, Isabelle Huppert ha roto la tónica y ha aparecido vestida de rojo, tanto en el sentido literal, como en el simbólico, para recordarnos que lo gótico sigue de moda y también puede provocar la carcajada. La actriz francesa ha presentado en la Berlinale The Blood Countess, una comedia vampírica dirigida por la cineasta alemana Ulrike Ottinger, en la que interpreta a la condesa Elisabeth Bathory, y la actriz ha resumido su experiencia con una frase tan simple como efectiva: “Interpretar a una vampira es divertido”.

La “nueva reina vampira” no es una versión de Drácula reinventada, sino una figura mucho más incómoda, la de la aristócrata húngara del siglo XVI cuya oscura leyenda convirtió en monstruo por su obsesión con la juventud. En la película, Huppert encarna a esa condesa como un icono de exceso: flota por Viena, se pasea por lugares históricos, lleva incluso un bolso con forma de ataúd y se mueve con la autoridad de quien no solo no teme al tiempo, sino que lo vampiriza. 

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Una Bathory en Viena

Ottinger sitúa así a su condesa en una Viena contemporánea y teatral, como si la ciudad fuera un museo al que se entra para desordenar las vitrinas. Su sinopsis describe una “búsqueda” de un libro, con el poder de matar vampiros, a través de lugares históricos a la que se suma un sobrino melancólico que resulta ser un vampiro vegetariano, además del terapeuta de Bathory. Con esta premisa, queda claro que esta historia de vampiros no llega para asustar, sino para satirizar. Esa búsqueda, el McGuffin de esta obra, funciona también como espejo: ¿qué clase de criatura se resiste a morir? ¿y qué parte de esa resistencia es “humana”, aunque tenga largos colmillos?

Ahí aparece una idea que el director del filme verbaliza: “Suena vampírica, la idea de rechazar un destino humano. Nacemos y morimos. Negar eso es soberbia". Es decir, su propuesta presenta al vampiro como metáfora de la negación del final, de la fantasía de control, del deseo de no ser tocados por la erosión. 

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Isabelle Huppert en la reciente Berlinale

Huppert: vampirismo gótico irónico

Huppert también da una pista clave sobre el tono: no se trata de “construir” un personaje desde el realismo emocional. Ella misma explica que “no es el tipo de ocasión en la que te aproximas a un personaje desde el punto de vista de la psicología”. Es decir, que su trabajo aquí, como vampira, es más pose, gesto y coreografía; más máscara que confesionario.

Esa elección encaja con lo que sugiere la crítica: el film se mueve en el terreno del delirio estilizado, con una Bathory “cool” y aristocrática, y una Viena que se convierte en escenario de episodios grotescos, más interesada en el clima y la iconografía que en la trama “cerrada”.

Así, que esta “reina vampira” llegue en 2026 no es nada casual. La condesa Bathory, mitificada como por su búsqueda de la juventud eterna, permite hablar "del culto contemporáneo a no envejecer” sin escribir necesidad de convertirse en un ensayo. Solo hay que imaginarse a Báthory, que según su leyenda, se bañaba en la sangre de vírgenes para conseguir vivir para siempre... Aunque no lo consiguió. 

Además, que la encarne una actriz como Isabelle Huppert, que lleva desde 1971 actuando, y es una de las figuras más importantes del cine francés contemporáneo, es más que una simple coincidencia. Más aún cuando nos fijamos en el talante exagerado de The Blood Countess, que contrasta con el caché de la intérprete, que tiene a sus espaldas más de 100 películas, y ha ganado ya nada menos que 2 premios César, estando nominada 17 veces, y llegando incluso a la nominación al Óscar a mejor actriz en 2017, por su trabajo en Elle