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Elvis en Las Vegas: cuando el Rey resurgió de sus cenizas para terminar volviendo a caer

Elvis en las Vegas
Elvis en Las Vegas, icono kitsch. Getty Images
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Hubo un tiempo en que Las Vegas no se veía como el cementerio de elefantes del pop que era hasta hace dos días, sino el laboratorio donde se destilaba la esencia más pura y genuina del espectáculo americano. Entre el 31 de julio de 1969 y el 12 de diciembre de 1976, Elvis Presley canibalizó el International Hotel -luego el Hilton- para convertirlo primero en sede de su explosivo comeback y después en triste jaula de oro. Fueron 641 conciertos con las entradas agotadas, una cifra que hoy suena a delirio logístico y que entonces fue la sentencia de muerte, a cámara lenta, del mayor icono del siglo XX.

Esos ocho años de residencia en el desierto funcionan como el combustible de la película 'EPiC: Elvis Presley in Concert', concebida por el director Baz Luhrmann como una pieza acompañante de su filme de ficción 'Elvis' (2022), utilizando imágenes restauradas de archivo y audios -con abundante material inédito- de la época que acerquen lo más posible al espectador del siglo XXI a sentir la experiencia que era ver en directo al Rey del Rock.

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El milagro del cuero negro

Pero para comprender lo que significó Las Vegas en la mitología de Elvis hay que entender el milagro previo. En 1968, el rocker que revolucionó el género a finales de los 50 era un anacronismo, un actor de películas mediocres de serie B que el rock psicodélico había dejado atrás. Fue una década de exilio creativo que erosionó gravemente su credibilidad... hasta el 3 de diciembre de ese mismo año.

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Esa fecha la NBC emitió el '68 Comeback Special. Y lo que podía haber sido un simple show de villancicos más se convirtió en un verdadero puñetazo en la mesa. Elvis apareció embutido en cuero negro, sudoroso y eléctrico como no se le había visto en años. En aquella actuación improvisada sobre un cuadrilátero recuperó su trono. Fue el programa más visto del año y el trampolín para su salto al Strip.

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El retorno del Rey

Tras el éxito televisivo, Elvis regresó a los escenarios con el cuchillo entre los dientes. El 31 de julio de 1969, en la inauguración del hotel International, apareció un animal escénico vestido de karateka oscuro, respaldado por la maravillosa TCB Band, que incluía los dedos de fuego de James Burton a la guitarra.

El repertorio mezclaba el rugido de Sun Records con el soul contemporáneo de Memphis. De 'Blue Suede Shoes' a una versión antológica de 'Suspicious Minds' que se extendía entre espasmos y sudor. Aquellas primeras actuaciones fueron pura adrenalina y las críticas fueron unánimes: el rey había vuelto. La película de Luhrmann puede dar fe de aquel renacimiento.

Elvis Presley en rueda de prensa en el International Hotel en 1969

A medida que avanzaba la década, el show se volvería más grande, más barroco, más Vegas. Llegarían los monos de pedrería diseñados por Bill Belew, las capas doradas, las bufandas empapadas en sudor repartidas entre las fans y el icónico 'Así habló Zaratustra' de Richard Strauss como heraldo de su entrada.

La trampa: ¿Por qué nunca salió de allí?

Pero la gran pregunta es por qué el artista más grande del mundo se limitó a exhibir su poderío en un hotel de Nevada en lugar de ir a conquistar estadios en Londres, Tokio o París. La respuesta tenía un nombre: el Coronel Tom Parker, el tipo que dirigió con mano de hierro la trayectoria del cantante durante 22 años.

Fue él quien descubrió a Elvis en 1955, convirtiéndose en su representante y mánager. Y justo es reconocer que contribuyó decisivamente a convertir al chico de Tupelo en leyenda, pero a costa de explotarle a su conveniencia.

También fue él quien en los 60 priorizó cantidad sobre calidad, propiciando que Elvis fuese visto prematuramente como una antigualla, enterrado entre malas películas, álbumes irrelevantes, inofensivas apariciones en shows familiares y, sobre todo, barrido por los nuevos vientos en la música popular que traían Beatles y Rolling Stones.

Elvis en Las Vegas

Y de nuevo fue él quien, aprovechando el espectacular éxito de su pupilo en su debut en el International, renegoció los términos del acuerdo sobre el mantel de una sala de reuniones para asegurar un millón de dólares anuales por cinco años de residencia, una cifra astronómica para la época que aseguraba un flujo de caja constante para el estilo de vida del séquito del artista (la Memphis Mafia) y para las crecientes deudas de juego de Parker, que era un ludópata compulsivo. A cambio de mantener a Elvis en la Ciudad del Pecado, el casino del hotel le otorgaba créditos ilimitados y manga ancha.

El secreto del Coronel

Tan lucrativo trato obligaba a Elvis a realizar dos temporadas al año de cuatro semanas cada una, con dos pases diarios. Pero a pesar de que el grueso de su actividad y su identidad artística quedaron irremediablemente ligados al neón, Elvis sí realizó breves giras por diversas ciudades de EEUU durante los 70. Lo que no hizo fue salir de Norteamérica, debido a que Parker, que era un inmigrante neerlandés sin papeles, temía que si salía del país para una gira no se le permitiera volver a entrar.

Elvis en las Vegas

Para el propio Elvis, que empezaba a exhibir una salud más frágil y una dependencia creciente de los fármacos, Las Vegas ofrecía una estabilidad que las giras itinerantes no permitían. Durante esta época también grabó una serie de clásicos tardíos que hoy son pilares de su legado como 'Burning Love', 'The Wonder of You', 'An American Trilogy' o 'Always on My Mind'. El clímax de esta era fue el especial 'Aloha from Hawaii' (1973), que técnicamente era el show de Las Vegas exportado al mundo vía satélite. El Rey era una deidad solar, pero el sol empezaba a quemar por dentro.

Decadencia kitsch

Encerrado en su suite de la planta 30, Elvis se convirtió en un rehén de su propia fama y de un régimen de pastillas para subir y bajar del escenario. El aburrimiento dio paso a la autoparodia. A veces olvidaba las letras, se perdía en monólogos inconexos o disparaba a los televisores de su habitación.

El Elvis decadente

A pesar del evidente deterioro físico —marcado por problemas cardíacos y el abuso de medicamentos—, su conexión con el público nunca se rompió del todo. Había algo perversamente fascinante -todavía hoy lo hay- en ver a un hombre sufriendo físicamente y sudando a borbotones bajo kilos de joyería kitsch y aún así alcanzando una notas altas y potentes que dejaban atónito a cualquiera. No extraña que el decadente Elvis de Las Vegas haya terminado siendo la versión quintaesencial adoptada por sus cientos de miles de imitadores en todo el mundo.

Su último concierto en el Hilton (hoy Westgate Las Vegas) tuvo lugar en diciembre de 1976. Ocho meses después, su corazón se detendría en Memphis, aunque su fantasma permanecería vagando por el Strip, atrapado para siempre en un bucle de neón y terciopelo.