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La cara menos conocida de la Guerra Civil: "El Real Madrid tuvo un presidente comunista de rebote"

Miguel Ángel Santamarina
Miguel Ángel Santamarina, autor de 'La Guerra que cambió España'. Ediciones B
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La Guerra Civil Española (1936-1939) ha sido objeto de tantos análisis, libros, películas y reflexiones durante décadas que ya resulta difícil descubrir algo nuevo. Aun así, el periodista Miguel Ángel Santamarina se pone manos a la obra en 'La guerra que cambió España' (Ediciones B) partiendo de una premisa muy sencilla pero desafiante: contar el conflicto no solo como una secuencia cronológica de sus principales hitos, sino también como un mosaico de episodios, personajes y anécdotas que han permanecido relativamente ocultos o poco tratados.

"Si escarbas con entusiasmo, salen a la luz un montón de anécdotas. Esas pequeñas historias son las que mejor explican cómo fue nuestra Guerra Civil", nos cuenta el autor, que propone en su ensayo una organización mes a mes, año a año, desde el estallido del golpe de Estado en julio de 1936 hasta los episodios finales de la guerra. Este enfoque le permite incorporar historias que, por marginales o anecdóticas que parezcan, aportan riqueza al retrato global del conflicto.

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Al recuperar voces olvidadas y poner el foco en personajes menos estudiados, Santamarina abre ventanas interpretativas sobre cómo se vivió y se recuerda la guerra. "Fue un proceso muy divertido y emocionante ir descubriendo a personajes como Gustavo Durán, guardia personal de Indalecio Prieto, que inspiró a Hemingway y Malraux y fue íntimo de Anaïs Nin. Tenemos que dejar de instrumentalizar la Guerra Civil y redescubrirla a través de sus personajes secundarios", sostiene.

Miguel Santamarina
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Quizás no muchos sepan que el Real Madrid tuvo un presidente comunista en los años del conflicto. ¿Cómo llegó al cargo y qué pasó durante su gestión?

La verdad es que durante su gestión no pasó gran cosa porque no hubo partidos, sólo eventos y desfiles. Antonio Ortega llegó a ser presidente del Madrid Football Club —como se llamó el Real Madrid durante la guerra— por casualidad. Este dirigente comunista pasó los primeros meses de la contienda en las trincheras, luego fue nombrado director general de Seguridad, pero tuvo que dejar el puesto al ser señalado como responsable del asesinato del anarquista Andrés Nin. Llegó al Real Madrid de rebote. Estuvo sólo un año, pero tuvo tiempo de soñar con un gran estadio; un proyecto que llevaría a cabo años más tarde Santiago Bernabéu.

¿Cómo le fue al Madrid durante la contienda?

El Real Madrid fue el equipo que más sufrió los rigores bélicos: el capitán Pedro Patricio Escobal fue encarcelado y condenado a muerte —aunque consiguió librarse del pelotón de fusilamiento, tuvo que tomar la ruta del exilio—; sólo pudo recuperar a cuatro de sus jugadores, el resto murieron o acabaron en prisión; y durante la década de los cuarenta estuvo a punto de descender. Aunque al Real Madrid se le ha asociado con el régimen de Franco, durante la posguerra fue el equipo de los “rojos”, en contraposición con el Atlético Aviación —el antecedente del Atlético de Madrid—, en cuya directiva había varios militares de la dictadura.

Hablemos de Arconovaldo Bonaccorsi, el conde Rossi, que sembró el terror en Baleares al grito de “tutti i rossi fucilati! Fucilati subido”. ¿Era realmente un conde o fue un título inventado?

Ni conde ni nada parecido; Bonaccorsi era un soldado raso con ínfulas que engañó a todos en Baleares y llegó a ser nombrado hijo ilustre de Son Servera. Su éxito se cimentó en la crueldad con la que reprimía a los partidarios de la República. Arconovaldo llegó a formar su propio grupo paramilitar, los Dragones de la Muerte, del que formó parte el hijo del escritor Georges Bernanos. A los seis meses, sus superiores se cansaron de sus excesos y lo enviaron a Málaga, donde duró poco tiempo. Cambio el traje militar por la toga y se convirtió en abogado, aunque siguió vinculado a los movimientos neofascistas de su país. Dicen que ejercía el derecho con un revólver encima de la mesa de su despacho.

Otra figura llamativa es la de Melchor Rodríguez, el ‘Ángel Rojo' que salvó a miles de prisioneros del bando nacional en el Madrid republicano. ¿Por qué ha permanecido en el olvido durante tantas décadas?

En los momentos más dramáticos de la Guerra Civil, surgieron hombres extraordinarios, como Melchor Rodríguez. Este dirigente comunista fue torero antes de dedicarse a la política. En el Madrid de las checas —los centros de detención, donde se realizaron torturas y asesinatos, durante el “Terror rojo” en Madrid—, este hombre fue designado delegado especial de la Dirección General de Prisiones. Enseguida tuvo claro que había que acabar con las ejecuciones de presos. Al finalizar la guerra, se dedicó a vender seguros y escribir versos. En su entierro coincidieron personas de todos los credos políticos. Hay una frase que le atribuyen que me parece magnífica: «Se puede morir por las ideas, pero nunca matar por ellas».

En el libro también destacas el Servicio Vasco de Información (SVI) ¿Qué importancia tuvo su red de agentes invisibles en el conflicto?

Este servicio de espionaje fue tan importante que perduró en el tiempo y colaboraron con la CIA y el FBI. Funcionó al margen del gobierno de la República. De hecho, el PNV siempre fue por su propio camino, como se vio cuando firmaron el Pacto de Santoña —un acuerdo con los italianos para evacuar a sus soldados por mar— sin contárselo al resto de partidos republicanos. Uno de los personajes más famosos de ese SVI fue Jesús Galíndez, al que inmortalizó Manuel Vázquez Montalbán en una novela.

La matanza de la iglesia de San Felipe Neri de Barcelona, en la que murieron 42 personas, fue opacada por otros sucesos mucho más mediáticos como Guernica ¿Cómo manipuló la propaganda franquista este bombardeo en su momento?

Con mentiras, porque decir la verdad en la posguerra estaba castigado con la muerte. La explicación oficial fue que las marcas de la fachada eran de las balas que habían disparado los comunistas a unos sacerdotes que habían ejecutado. La realidad fue muy diferente: un bombardeo de italianos y alemanes que acabó con la vida de 30 escolares. La recuperación de su memoria fue tardía, pero llegó en 2007, cuando se instaló una placa para recordar a estas víctimas civiles de la guerra y también de la mentira.

Endre Friedmann y Gerda Taro definieron la imagen visual de la contienda bajo el pseudónimo de Robert Capa. ¿De quién fue la idea y cómo se repartían el trabajo? ¿Hasta qué punto la historia ha invisibilizado a Gerda para favorecer el mito del héroe fotógrafo?

El uso del seudónimo fue una idea que los benefició a ambos: los dos eran judíos en una época en la que el antisemitismo dominaba Europa, no sólo Alemania. Pronto se dieron cuenta de que bajo ese nombre vendían más fotos y más caras. Al final, Endre quedó asociado a Robert Capa, y la figura de Gerda desapareció. Ella murió en España, cuando trabajaban como fotoperiodistas en la Guerra Civil.

El problema de Gerda fue el mismo que el del resto de sus compañeros, el machismo, que las invisibilizó. En España hubo más de 200 mujeres periodistas informando del conflicto, pero sólo ha trascendido el relato de Hemingway —incluso su mujer, Martha Gellhorn, que también fue corresponsal, quedó opacada por el escritor— o de Arthur Koestler. Ese olvido del trabajo de las mujeres periodistas no fue causal, sino intencionado; las mujeres, que habían conseguido derechos importantes durante la República, vivieron una auténtica pesadilla con el franquismo.

De Don Juan de Borbón dices que “podía haber sido el Borbón más revolucionario y, sin embargo, decidió convertirse en el más Borbón de todos”

Don Juan quiso tener protagonismo en la Guerra Civil y en España, pero Franco se lo negó. Al principio de la guerra, intentó entrar en el país, vestido de falangista, para sumarse a la sublevación, pero el general Mola ordenó que lo capturaran y lo devolvieran a la frontera. Don Juan y su padre, Alfonso XIII, intentaron hacerle la rosca a Franco, pero éste no les hizo ni caso. Con el final de la Segunda Guerra Mundial, don Juan se envalentonó, convencido de que los aliados iban a precipitar el fin de la dictadura, y publicó el Manifiesto de Lausana.

El aspirante a rey de España igualó al régimen español con el nazismo y el resto de potencias del Eje, y le exigió a Franco que abandonara el poder y restaurara la monarquía. Fue un órdago en toda regla que no llegó a tener consecuencias. El borbón llegó a valorar la posibilidad de urdir un complot con los socialistas, pero desistió de la idea: Franco le propuso que Juan Carlos fuera su heredero, y aceptó. El espíritu de Lausana se difuminó y don Juan siguió a lo suyo, en Estoril, a disfrutar de la vida cañón.

¿Es cierto que el lema “No pasarán” atribuido a la Pasionaria en realidad fue creado por los fascistas franceses?

Esta frase fue usada en la Primera Guerra Mundial, como forma de resistencia contra las fuerzas centroeuropeas —Alemania y el Imperio austrohúngaro— en la batalla de Verdún. Se la atribuyen a Pétain —el militar que colaboró con los nazis al frente del gobierno de Vichy—, aunque también dicen que su autor pudo ser el general Robert Georges Nivelle.

Dolores Ibárruri, la Pasionaria, la utilizó en su famoso discurso, realizado al día siguiente del golpe de Estado, y se convirtió en el lema de la resistencia contra el fascismo. Aunque habría que matizar lo del fascismo, porque, en realidad, de las fuerzas sublevadas —militares, monárquicos alfonsinos, carlistas, políticos de la CEDA…—, sólo se puede considerar fascistas a los falangistas, que en ese momento eran minoría.

¿De qué forma se convirtió el saludo brazo en alto en el saludo nacional?

Lo del saludo romano es una patraña que se inventó el escritor fascista Gabriele d’Annunzio. Los romanos no saludaban brazo en alto, pero a Mussolini le sirvió para armar su parafernalia. Franco, después de convertirse en generalísimo, se dio cuenta de que necesitaba ir creando un relato y se lo robó a los falangistas. De esa forma, se quitó de en medio a unos rivales políticos y a la vez le dio un toque circense a sus aspiraciones de dictador: los trajes, los himnos, el saludo… El saludo romano se instauró en España en abril de 1937 y fue retirado al finalizar la Segunda Guerra Mundial.

En 1937 se creó la Junta de Censura Cinematográfica. ¿Cómo funcionaba el proceso de "limpieza" de guiones? ¿Cómo afectó al cine de entretenimiento de la época?

También hubo censura durante la Segunda República. Al gobierno no le gustó nada una película que denigraba la imagen de España como 'Las Hurdes', de Luis Buñuel. La primera víctima de la Junta de Censura Cinematográfica fue 'Tarzán', que era demasiado erótico para los nacionales. También metieron la tijera en la película 'Nobleza obliga' (Leo McCarey, 1936), donde el personaje central recitaba un pasaje de la Constitución de Estados Unidos en el que se afirma que todos los hombres somos iguales. Fueron muchos los actores de Hollywood que se manifestaron contra el golpe de Estado: Bette Davis, James Cagney, Paul Muni, Errol Flynn, Edward G. Robinson, Burt Lancaster, Gregory Peck…

¿Por qué se considera a la batalla de El Mazuco las "Termópilas asturianas"?

Es una forma de narrar esa última resistencia asturiana en el Frente Norte. Después de esta batalla comenzó el hundimiento de esta importante zona republicana. Lo de las Termópilas apela a esa diferencia de fuerzas entre espartanos y persas, que también se vivió en El Mazuco: fueron 6.000 milicianos contra 30.000 soldados del bando nacional. Durante unos cuantos días, el milagro pareció posible, pero la aviación alemana —que probó aquí su terrorífica técnica de los “bombardeos alfombra”, un ataque de concentración durante el cual se lanzaban muchos proyectiles en una pequeña franja de terreno— resultó determinante. Franco resultó ser más espabilado que Jerjes.

¿Cómo surgió el rumor en los barrios madrileños de que mujeres de la CEDA o monjas estaban repartiendo caramelos con veneno a niños?

Desde la instauración de la Segunda República, hubo muchos ataques contra el clero. En esta ocasión, el objetivo fueron los seglares. A éstos se les acusó de estar dando caramelos envenenados a los niños de los obreros en Chamberí. Fue un bulo, pero la mecha prendió. El gobierno del Frente Popular había perdido el control de las calles en la primavera de 1936, y esta persecución a los fieles católicos fue otra demostración. El Partido Comunista intervino para poner fin a los desmanes, pero no consiguió evitar la muerte de una mujer. Al acabar la guerra, Franco decidió vengar esta muerte y lo hizo con otro asesinato, el de una pobre verdulera a la que se condenó sin pruebas de haber sido la que había cometido el crimen del barrio de Tetuán.

¿Qué hay de cierto en la famosa frase atribuida a Muñoz Seca ante el pelotón de fusilamiento: "Podréis quitarme la hacienda, la familia, la libertad e incluso la vida, pero hay una cosa que no podréis quitarme: el miedo que tengo"?

Es difícil llegar a validar la veracidad de esta frase, pero es cien por cien Muñoz Seca. Hay que denunciar y recordar el fusilamiento de Federico García Lorca -al que ejecutaron falangistas y afines a los sublevados-, pero también es justo hacer lo mismo con el autor de 'La venganza de don Mendo', al que los comunistas asesinaron de forma miserable.

No podemos seguir situando unos muertos por encima de otros, ni intentar igualar el dolor con una ideología de mercadillo —como la que usan los partidos de ultraderecha—, nuestra obligación, noventa años después, es abrir el campo de visión y, con equidistancia, denunciar los crímenes, todos, vengan de donde vengan, fueran unos u otros los asesinos.