La fiscal española que descubrió que su tío argentino estuvo en prisión por torturas: "Atravesé una fase de negación"
Alexandra García Tabernero mezcla investigación, indagación familiar y memoria histórica en 'Carta al coronel'
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La fiscal Alexandra García Tabernero ha dedicado su carrera a defender la idea de que la justicia es, ante todo, una forma de arrojar luz sobre aquello que alguien quiso ocultar. Pero en su caso esa luz acabó proyectándose inesperadamente hacia su propia familia. Un día descubrió por casualidad que un tío suyo estuvo vinculado a la policía bonaerense durante la dictadura de Videla en Argentina y había ingresado en prisión por su implicación en torturas y desapariciones. Murió antes de poder ser juzgado.
El hallazgo, rodeado de un misterioso silencio en el seno familiar, abrió una grieta íntima difícil de encajar. ¿Hasta qué punto heredamos las historias de quienes nos precedieron? García Tabernero emprendió tiempo después un viaje personal y documental que acabaría cristalizando en 'Carta al coronel' (Debate), un relato en el que la investigación se mezcla con la indagación familiar y la memoria histórica de un país marcado por la violencia. Hablamos con ella sobre ese territorio ambiguo en el que conviven expedientes judiciales, testimonios de víctimas y una reflexión incómoda sobre el peso de los apellidos.
¿Recuerda el momento en el que descubrió que su tío Reinaldo Tabernero había sido subjefe policial en Buenos Aires durante la dictadura y estuvo investigado por crímenes de lesa humanidad?
La primera vez que supe de su existencia fue en 2013, en una comida familiar en Barcelona, a mi vuelta de una estancia de máster en Londres. Conté que había estado escribiendo sobre la orden de detención de Pinochet y sobre la pérdida de inmunidad en los casos de comisión de crímenes internacionales. Alguien me dijo que yo tenía familia en Argentina, y que justamente uno de mis tíos había terminado teniendo “problemas de esos” con la Justicia.
Me puse a buscar en Internet y encontré una noticia de 2006 en la que se hablaba de la detención de Reinaldo Tabernero en el marco de una operación contra policías y militares por su presunta responsabilidad en más de un centenar de casos de torturas y desapariciones forzadas vinculados a la Comisaría 5ª de La Plata. Pregunté si se trataba de él, pero nadie me confirmó nada, ni siquiera el hecho de que tuviéramos familia en Argentina. Doce años después compré vuelos para viajar a Buenos Aires con la intención inicial de ir a visitar a unas amigas. Cuando se lo comenté a una de mis tías, ésta me respondió “si investigas lo del coronel, no te va a gustar”. Insistí, y me terminó poniendo en contacto con una prima suya que había hecho un árbol genealógico de la familia. Ésta última me confirmó el parentesco.
¿Qué sensaciones –emocionales y profesionales– le produjo ese descubrimiento inicial, dedicándose usted a la justicia?
Descubrir un vínculo de parentesco con alguien que termina preso, investigado por crímenes de lesa humanidad, en sí, ya genera un fuerte impacto emocional. Pero, en mi caso, la conmoción todavía fue mayor por el hecho de ser fiscal y de haberme dedicado precisamente a perseguir este tipo de delitos en tribunales internacionales de La Haya. Se daba una paradoja que, de haberse tratado de una historia ficticia, habría parecido forzada.
Al principio, atravesé una fase de negación en la que inconscientemente quise creer que se trataba de una mera coincidencia de apellido. Cuando obtuve la certeza de que éramos familia y de que él había terminado preso, sentí la necesidad de investigar el asunto a fondo, de acercarme a la Argentina de 1977 y a su persona. No podía mirar hacia otro lado. La indiferencia no era una opción, y menos dedicándome a lo que me dedicaba y habiendo elegido este oficio por vocación.
En ‘Carta al coronel’ habla de silencio familiar alrededor de esta figura. ¿Cómo vivió ese silencio y cómo influyó en su decisión de investigar más a fondo?
Durante muchos años, ese silencio me impidió avanzar. Destruirlo se convirtió en una necesidad cuando empezaron a encajar las piezas del rompecabezas. El hecho de que se cerniera ese manto de silencio a nuestro lado del Atlántico evidenciaba hasta qué punto la historia del coronel había tenido incidencia en la configuración de la identidad de mi familia. Lo viví con incomprensión. No concibo el silencio como mecanismo de superación, en general. La ocultación termina siendo contraproducente. En este caso, apuntaló mi voluntad de investigar a fondo cuando la verdad empezó a aflorar.
¿Cómo reaccionó su entorno familiar más cercano cuando decidió investigar? ¿Hubo resistencia o miedo a remover el pasado?
En Barcelona, antes de viajar a Argentina, una de mis tías me advirtió: “si investigas, no te va a gustar”. Otro familiar dijo que tuviera en cuenta que éramos familia cuando supo de mi intención de escribir y publicar este libro.
¿Cómo fue ese viaje a Argentina para reconstruir la historia de su tío?
Buscaba reconstruir no solamente la historia personal de mi tío, sino también una parte de la historia colectiva del país. Para entender el rol que desempeñó el coronel, necesitaba comprender antes el contexto, la Argentina de 1977. Era imprescindible conocer cómo había sido ese año de la dictadura. Lo que empezó como una labor de documentación en los archivos públicos de memoria (Archivo Nacional de la Memoria, Centro de Estudios Legales y Sociales, Comisión Provincial por la Memoria, etc), terminó convirtiéndose en un viaje emocional a través del testimonio vivo de las personas a las que fui conociendo: víctimas de crímenes de la dictadura, jueces, fiscales, abogados de organizaciones de derechos humanos, militares retirados…
¿Qué sintió la primera vez que escuchó el testimonio de una víctima vinculada a él?
La primera vez que entrevisté a una víctima de crímenes cometidos en la provincia de Buenos Aires en el año 1977 a manos de policías y militares sentí muchísimo dolor. Cincuenta años después de los hechos, aquella mujer todavía arrastraba secuelas. Su testimonio me trastornó por completo. Al terminar la conversación, me rompí. El dolor se agudizaba a cada recuerdo de que mi tío ocupaba un cargo de máxima responsabilidad policial cuando esa persona fue detenida y torturada.
¿Temió que su presencia pudiera resultar ofensiva o dolorosa para las víctimas?
Cada vez que contactaba con una víctima la informaba de mi parentesco con el coronel Tabernero, y de mi intención de escribirle una carta abierta a partir de los documentos y testimonios que iba recabando durante ese viaje. Siempre temí que alguien pudiera tener una reacción adversa. Lo habría entendido. Pero debo decir que jamás fue el caso.
Todas las personas a las que me acerqué a lo largo de este viaje se mostraron comprensivas con mi necesidad de reconstruir esta historia individual y colectiva, y me abrieron las puertas de sus recuerdos y experiencias traumáticas. Algunas incluso me agradecieron el interés por conocer su caso, después de tantos años. Esto fue muy importante para mí. Sin sus testimonios, sin su anuencia, no habría podido escribir este libro.
¿Hubo algún momento en que se sintiese atrapada entre su rol profesional como fiscal y su rol personal como familiar?
Hubo momentos en los que mi rol profesional como fiscal entró en conflicto con mi rol personal como familiar. La fiscal tendía a valorar indicios; la sobrina a la negación y al relato exculpatorio a la mínima duda razonable. El coronel falleció antes de ser juzgado. Nunca sabremos cuál hubiera sido el resultado de su procedimiento. No quise especular. Decidí escribirle una carta como sobrina, para contarle el impacto emocional que me generó el hecho de saber tarde de su existencia, y de leer lo que figuraba escrito sobre él el resoluciones judiciales, recortes de prensa y otros documentos de acceso público.
¿Sintió culpa por compartir apellido o lazo biológico con alguien acusado de esos crímenes?
No siento que haya heredado culpa, pero sí un cierto grado de responsabilidad al darse la paradoja de que soy fiscal y de que me he dedicado justamente a perseguir los delitos por los cuales él terminó preso. No podía mirar hacia otro lado y pasar página sin más. Necesitaba saber, y contribuir de algún modo a la reparación en un sentido global.
¿Ha tenido que explicar a terceros que usted no es responsable de esa herencia?
No. Nadie me ha responsabilizado de nada. Recuerdo el encuentro en Buenos Aires con Estela de Carlotto, presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo. No sabía cuál iba a ser su reacción cuando le conté quién era mi tío (la asociación que ella preside pidió el procesamiento del coronel en 1986). Estela fue muy amable conmigo. Nunca habla en términos de venganza. Su motivación es localizar a los nietos apropiados que faltan. Me sujetó las manos y me animó a escribir el libro. Dijo que cada cuál cargara con el peso de su conciencia.
¿Se ha preguntado qué habría hecho usted en su lugar, en aquel contexto histórico?
Antes necesitaría hablar con él y preguntarle qué margen de actuación sintió que tenía en dicho contexto. Del mismo modo que me me faltó tener una conversación con él como familiares, también habría querido hablar con él de determinadas cuestiones como funcionarios públicos con facultades de dirección sobre la actuación de la policía.
¿Cree que el hecho de que su tío nunca llegara a ser juzgado penalmente altera la percepción de responsabilidad o justicia para usted y para las víctimas?
Sin duda. Lo primero que nos enseñan en la Facultad de Derecho es que nadie puede ser considerado responsable penal de unos hechos sin una condena firme tras un proceso público con todas las garantías. Mi tío ingresó en prisión provisional, pero falleció a puertas del juicio, en arresto domiciliario. No llegó a poder defenderse ante un tribunal. No pudo dictarse sentencia en su caso. Esto nos impide tener una conclusión oficial sobre su grado de responsabilidad en los crímenes que la fiscalía argentina le atribuyó.
Pero una cosa es la percepción oficial de responsabilidad, y otra bien distinta la percepción de justicia. El autor del prólogo de mi libro, hijo de desaparecidos de La Plata del año 1977, apunta a la sensación de impotencia que generó en muchas víctimas el hecho de que las leyes de Punto Final y Obediencia Debida impidieran durante décadas el enjuiciamiento de muchos de los sospechosos de crímenes de lesa. Hay víctimas que sienten que hubo quienes burlaron la acción de la justicia por el hecho de haber fallecido antes de ser juzgados.
¿Cómo ha influido este proyecto en su visión de la justicia como fiscal y como ciudadana?
Este viaje me ha transformado por completo. Siento que mi visión de la justicia ha cambiado, no solo como ciudadana, sino también como fiscal. Desde ambos prismas, he adquirido mayor conciencia acerca del potencial reparador de cada gesto.
En España, crecí con la idea de que indagar en determinados crímenes del pasado suponía reabrir heridas y ello era incompatible con todo proyecto de reconstrucción nacional después de una dictadura. Argentina me demostró que había otra forma de hacer las cosas. Cada país elige su modelo de justicia transicional. No hay verdades absolutas: todo es cuestión de consenso social en cada momento histórico.
¿Escribir el libro ha sido una forma de reparación personal?
Desde luego. Siento que finalmente, y tras años de silencio familiar, he podido cerrar un capítulo. Para mí era una cuestión identitaria. Necesitaba saber quién había sido mi tío y por qué se me había ocultado. Más allá de esto, espero que este libro pueda generar un efecto reparador en otras personas, dentro y fuera de mi familia.
Si pudiera hablar hoy con su tío, no como fiscal sino como sobrina, ¿qué le preguntaría?
¿El fin justifica los medios?
