Temazos a los que cogiste manía después de oírlos en todas partes

Hablamos de esas canciones objetivamente buenas pero que han sido tan exprimidas que ya no las soportamos
¿Te acuerdas de la "música de padres"? Los discos que despreciabas de joven y que ahora a ti también te encantan
Hay canciones que nacieron para ser eternas... y han terminado siendo cansinas. Son esos himnos que en su momento nos emocionaron, nos parecieron brillantes o incluso cambiaron la historia de la música. Pero, claro, entre la radio, los anuncios, las películas y las playlists algorítmicas han terminado por provocarnos un pequeño tic nervioso en cuanto suenan los primeros acordes.
Bien pensado, la sobreexposición tiene algo de tragedia cultural. Hablamos de piezas objetivamente buenas pero que han sido exprimidas hasta tal punto que desearíamos desaparecer en cuanto nos topamos con ellas. De estar entre nuestras canciones favoritas a pedir por favor que alguien la quite. Rindamos un pequeño homenaje a esos clásicos que sí, seguimos amando, pero desde lejos.
'Imagine', de John Lennon, es el perfecto ejemplo de canción preciosa, con un mensaje limpio e incuestionable, que de tanto repetirse en contextos vacíos ha acabado sonando hueca. La hemos escuchado tanto en ceremonias, anuncios, campañas solidarias y vídeos de famosos que ha pasado de himno oficioso de las buenas intenciones a ritual global ligeramente incómodo y perezosamente trillado.
Cuando la épica se vuelve rutina
Luego está 'We Are the Champions', de Queen. Y aquí entramos en un territorio delicado. Es un himno poderoso, sí, pero también una especie de comodín universal. Da igual si ganas el Mundial de fútbol o un torneo de parchís: alguien la pondrá. Ha trascendido tanto su contexto que se ha convertido en la banda sonora automática de cualquier victoria, por random que sea. Paradójicamente, su grandeza la ha convertido en algo casi paródico.

No puede faltar 'With or Without You', de U2, con su bajo hipnótico, la voz de Bono que va creciendo, la guitarra infinita de The Edge creando tensión... todo funciona emocionalmente. Pero la industria audiovisual la ha usado tanto para subrayar cualquier momento 'intenso' en series y películas que ha terminado convirtiéndose en un atajo narrativo. Un cliché. Escucharla todos los días en cualquier emisora de FM desde 1987 tampoco ayuda a preservar intacta su magia.
Manuales para principiantes
Sigamos con 'Wonderwall', de Oasis. Ya sabes lo que te espera cuando ves sacar a alguien una guitarra acústica en una reunión social. La canción de marras tiene una melodía pegadiza, una estructura sencilla, es fácil de tocar y desprende un aire nostálgico irresistible. Pero precisamente por eso se ha convertido en la canción favorita de cualquier guitarrista amateur entusiasta. Está tan quemada que al oír el primer acorde uno no sabe si emocionarse o salir por la puerta.

En una liga parecida, aunque con más distorsión y actitud, está el 'Smoke on the Water' de Deep Purple. Probablemente el primer riff que cualquier guitarrista aprende en su vida. Cuatro notas, sencillas, icónicas, inevitables. El problema es que su ubicuidad es tal que ha pasado de ser un clásico del hard rock a una especie de prueba de sonido universal. En tiendas de instrumentos, en clases de música, en ensayos... ya no es una canción sino un tutorial condenado a repetirse hasta el infinito.
Parecido sucede con 'Sweet Child O'Mine', de Guns N' Roses. Ese riff inicial es probablemente uno de los más reconocibles de la historia del rock. Y ahí está el problema. Ha sonado en tantos anuncios, películas, eventos deportivos y recopilatorios que lo reconoces incluso antes de que empiece. Y lo que debería de emocionar hasta el tuétano ha terminado convirtiéndose en una invitación a ir a por otra cerveza a la barra.
Emoción en piloto automático
'Hotel California', de los Eagles, merece un capítulo aparte. Indudablemente es un gran tema. Posee atmósfera, misterio, un duelo de guitarras para los anales y una narrativa que ha generado décadas de teorías. Pero claro, cuando la has escuchado en cada hilo musical de hotel, en bares, en emisoras clásicas y en toda clase de versiones dudosas en el metro, empieza a perder ese aura.
'I Will Always Love You', en versión de Whitney Houston, también ha sufrido lo suyo. Esa interpretación vocal descomunal sigue siendo impresionante, pero ha sido utilizada hasta el infinito como demostración de potencia vocal. Cualquier concurso de canto tipo 'Operación Triunfo' tiene su versión. Y hemos terminado hasta la coronilla de tanto escuchar a gente intentando imitar ese "And I..." final con más o menos fortuna.

'What a Wonderful World', de Louis Armstrong, es otro ejemplo de ironía involuntaria. Una canción delicada, reflexiva, casi susurrada… utilizada a menudo en secuencias que buscan contrastar con imágenes caóticas o emotivas (tipo bombas cayendo mientras suena la rasposa voz de Armstrong). El truco funcionó de maravilla las primeras veces. Después de la número cincuenta, ya sabes exactamente lo que intentan hacer contigo y se ha vuelto un cliché insoportable.
El efecto celuloide
Y luego están esas canciones que el cine adoptó con tanto entusiasmo que quedaron ligadas para siempre a una escena. 'My Heart Will Go On', de Celine Dion, en 'Titanic', por ejemplo. Funciona, emociona, pero es imposible separarla de su contexto. Ya no es solo una canción, es un recuerdo muy específico que ha sido reproducido hasta la saciedad. Lo mismo sucede con el 'Unchained Melody' de The Righteous Brothers, o con el 'Stayin' Alive' de los Bee Gees -aunque en esta puedes visualizar tanto a John Travolta caminando con confianza por las calles como al trío de los hermanos Gibb-.
La cuestión de fondo es interesante. ¿Puede una canción morir de éxito? No es exactamente eso. Pero sí que se desgasta su capacidad de sorpresa. La familiaridad extrema genera una especie de resistencia. No dejan de ser buenas, lo que ocurre es que nuestro cerebro ya no reacciona igual.
Y también influye el contexto en el que las escuchamos. No es lo mismo descubrir una canción en un momento importante que oírla como fondo en un anuncio de seguros. La repetición en entornos 'poco nobles', por decirlo suavemente, termina difuminando su significado original. No es que terminemos odiándolas, simplemente necesitamos descansar de ellas. Tal vez, como ocurre con cualquier relación intensa, un poco de distancia sea la forma de volver a enamorarnos de ellas.
