Música

Josele Santiago, cantante de Los Enemigos: “Al adicto a la heroína se le veía como un ser despreciable”

Josele Santiago, cantante de Los Enemigos. Berta Barcons
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Hay músicos que escriben canciones, y luego está Josele Santiago, que escribe como toca: con una mezcla de crudeza, ironía y verdad que no se puede impostar. El cantante y compositor madrileño ahora publica sus memorias, ‘Desde el jergón’. Un libro que navega entre el anecdotario, el sarcasmo y unos recuerdos siempre presentes en la memoria y en la libreta de Josele. “Siempre me he apañado para tener una guitarra a mano, y papel, y lápiz”, dice.

Tres herramientas que son casi una extensión de su cuerpo: “Para mí son cosas con las que no podría tirar adelante. Es mi medio de vida. Yo voy con mi libretita en el bolsillo y mi lápiz y voy tomando otras cosas. Es casi casi enfermizo ya”, apunta el músico madrileño, que comenzó en el rock casi como mandan los cánones, si es que el cuero y las guitarras tienen reglas.

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La génesis del libro tiene un punto de partida casi banal: notas en Facebook. “Empecé a escribir ahí sobre el grupo. Era puramente anecdótico. Enseguida vi que tenía feedback y más de un mensaje me preguntaba, ‘¿por qué no escribes un libro?’”. A eso se sumó su experiencia como columnista en 'El País', que le fue enseñando a manejar una prosa que difería mucho de sus escritos hasta la fecha y que formaban el cancionero de Los Enemigos.

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La afición de Josele por el mundo de las letras viene desde niño, cuando comenzó a fraguarse un lector compulsivo: “He sacado mucho provecho de muchas lecturas desde muy pequeñito. Tengo la suerte de que en mi casa había una biblioteca bastante interesante, mi padre se relacionaba con gente de la literatura. En mi barrio era algo realmente extraño, yo iba a casa de mis amigos y había una enciclopedia como mucho. Yo creo que aproveché bien esa circunstancia. Imagínate, con 12 años ya estaba leyendo a Cortazar”.

Una crónica social casi sin quererlo

La biografía del cantante y, por ende, de Los Enemigos se convierte, sin proponérselo, en un relato de un tiempo y de una ciudad. Josele reconstruye un Madrid que ya no existe, donde la heroína fluía como el tráfico: “La Gran Vía llena de esos subsaharianos vendiendo heroína descaradamente delante de la policía, eso no va a volver a pasar. En Plaza de España era increíblemente fácil el acceso a sustancias como esta. Además, había muy poca información al respecto. Entonces, si eras un poco inocentón, o te picaba la curiosidad, pues un día pillas y acabas como acababas”.

Las trampas eran mortales y la supervivencia, un arte: “Es que antes estaba ahí. Chueca, antes del orgullo, lo que había eran camellos en cada esquina. La red de San Luis, lo mismo”, resume sobre una época en la que la desinformación y los estigmas hicieron el resto. “Se te veía como un delincuente, como un ser despreciable, te negaban el acceso a muchos bares… Vamos, que eras un yonki de mierda”, resume.

El libro no esquiva la dureza de dejar atrás la heroína y con ello, la vida que acompañaba su adicción. “Tienes que dejar las dos cosas, y es muy complicado. Hay gente afortunadamente que puede, pero la mayoría no. Yo me desenganché de la heroína en un centro de desintoxicación público de la Comunidad de Madrid en Carabanchel. Allí estuve un año largo y la mayoría de los chavales que había allí no tenían ni siquiera un trabajo. Yo tenía la música, tenía eso que merecía la pena para salir de ahí, pero para muchos no había nada más que trapichear otra vez y volver a engancharse”.

La música aparece como ancla vital: “Yo tuve la inmensa suerte de tener mis canciones, pero yo diría que soy el único de los cuarenta y tantos que estábamos en mi grupo. La mayoría ni siquiera tenía terminado octavo de EGB. La falta de esperanza era tan grande que la gente entraba y salía del centro periódicamente y cuando salían, volvían a donde estaban. Yo tenía a lo que agarrarme. Si no salgo yo desde luego es para matarme”.

Una banda sin etiquetas y contra el tiempo

Sobre Los Enemigos, el relato mezcla humor y complicidad familiar. Una banda difícil de encasillar que sobrevivió gracias a su independencia: “Al principio nos perjudicó porque no sabían dónde meternos, pero a la larga, al no estar vinculados a ningún movimiento, no hemos pasado de moda. Hemos sobrevivido sin problemas, cosa que otros conceptos musicales sí han quedado obsoletos y han quedado para que los pongan en Cachitos”, afirma con esa socarronería tan canalla.

Josele describe la banda como una familia: “Somos como hermanos, con los lazos sanguíneos que te dan tantos kilómetros, tantos escenarios y tantas horas haciendo música juntos. El secreto para que por lo menos el nuestro dure es tener una honestidad brutal entre nosotros, no callar nunca si te molesta algo porque si no va a llegar un momento que no vas a saber por dónde empezar y vas a estallar”.

“Nuestro sueño era, como el de tantos chavales, vivir de la música. No forrarnos, pero vivir de esto”. Y ese sueño, estuvo a punto de convertirse en pesadilla, aunque en realidad se convirtió en un punto de inflexión. “Lalo, nuestro primer mánager, se mató en un accidente de tráfico. Era un momento crucial porque estábamos a punto de conseguir eso de vivir de la música, con lo cual nos quedó una sensación de que teníamos que terminar ese sueño. Se lo debíamos a él y que nos lo debíamos a nosotros. Y eso nos dio un empujoncito”.

El rock como tabla de salvación

El libro también aborda otro momento clave como fue el ataque de pánico que sufrió en el escenario en 2024. “No sé a qué achacarlo. Es posible que me pillara en plena vorágine compositora de los nuevos temas, los que van a formar parte del siguiente disco que saldrá en septiembre. Me obsesioné demasiado en la composición de los temas. Tenía que quedar perfecto, me obsesioné demasiado y tenía la cabeza buyendo, siempre pensando en las nuevas canciones. Y de repente salir al escenario, tocar las antiguas, yo creo que me provocó un cortocircuito o algo así”.

El rock siempre ha sido su salvación: “Es paradójico porque casi me la quita la vida, pero a la vez me la ha salvado. En primera instancia porque me ha dado fuerza para seguir cuando la cosa pintaba muy mal. Yo siempre he pensado con una curiosidad enorme cómo será la próxima canción que escriba o cómo va a sonar. Tengo por escribir muchas canciones todavía y no me quiero morir sin verlas. Así que ahí la música me ha salvado”.

La música y la libertad que le ha permitido un estilo que defiende a capa y espada: “Para mí el rock es un prado abierto, puedes hacer lo que sea. Es lo contrario de la ortodoxia. Hay mucha gente que dice que para hacer rock hay que tocar no sé cómo o hay que tener no sé qué pintas. El rock está reñido con el ‘hay que’, no hay que nada, puedes romper reglas que en otros géneros no puedes”.

Al final, ‘Desde el jergón’ es ese rock. Es esa historia de alguien que ha sobrevivido a su propio caos, que ha aprendido a escribir, a leer, a tocar y a vivir de manera honesta consigo mismo y con los demás. Una mirada sin maquillaje que, al mismo tiempo, es una mirada sobre un tiempo y una ciudad que ya no volverán.