Así fueron los últimos días con vida de Unamuno: "Su nieto Miguelín fue su asidero”

Luis García Jambrina convierte al literato en detective en su novela 'El último caso de Unamuno' , donde investiga, con el beneplácito de su familia real, la muerte del pensador
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MadridEn los últimos años, la figura de Miguel de Unamuno ha recobrado una vigencia extraordinaria. Muchos lo sentían lejano, en forma de lectura obligatoria en Bachillerato (‘La tía Tula’ era de esas novelas fijas para los profesores de Literatura) pero a raíz de las película de Alejandro Amenábar ‘Mientras dure la guerra’ (2019), muchos lo redescubrieron como una figura idealista y profundamente independiente.
Ese nuevo Unamuno aparece también en las novelas de Luis García Jambrina (Zamora, 1960), que lo convirtió en detective en ‘El primer caso de Unamuno’ (Alfaguara). Repite la audacia en ‘El último caso de Unamuno’ (Alfaguara), que publica ahora y que, pese a su título, no supone el final de las andanzas ficcionadas del pensador y escritor español. Hay ‘Unamuno Holmes’ para rato, nos confiesa este escritor y profesor universitario.
En varias ocasiones has hablado de tu proximidad con Miguel de Unamuno. ¿De dónde nace exactamente ese vínculo?
Cuando terminé la carrera, estuve trabajando durante año y medio como becario en la Casa-Museo Unamuno, en Salamanca. Allí me dediqué al inventario y catalogación de los fondos. Había manuscritos de obras, cartas, artículos, notas personales… Muchísimos papeles. Y en esos papeles estaba el Unamuno más cotidiano, el más humano. No era el gran intelectual solemne, sino el hombre que escribe a sus amigos, que se preocupa por cuestiones domésticas, que duda, que corrige, que se enfada… Ese contacto tan directo me hizo crear un vínculo muy íntimo con él.
En tus novelas conviertes a Unamuno en un detective ‘sui generis’. ¿Cómo surge esa idea?
Siempre me ha interesado mezclar novela histórica y novela negra. Pero, además, creo sinceramente que Unamuno hubiera tenido las cualidades para ser un gran detective si la vida lo hubiera puesto en ese brete. Era curioso, incisivo, no se dejaba engañar fácilmente, no se casaba con nadie y tenía una enorme autoridad moral. Además, me interesa su figura como detective atípico: la de un hombre de 72 años, en plena guerra civil, aislado y vigilado, que investiga un crimen dentro de un crimen. Estamos acostumbrados a detectives jóvenes o en plenitud física; aquí la fuerza no está en el músculo, sino en la lucidez y la experiencia.
Es un idealista, casi un Quijote
¡Así es, Unamuno se identificaba mucho con Don Quijote! Él mismo se veía como un Quijote moderno, alguien dispuesto a enfrentarse a los molinos de viento del poder. Lo que hizo el 12 de octubre de 1936 en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca fue una auténtica quijotada: enfrentarse públicamente a los militares en su propio territorio. Aquello marcó el principio del fin para él…
Hablemos de su final. ¿Por qué ese empeño en abordar precisamente el episodio del fallecimiento de Unamuno en esta novela?
Porque la muerte de Unamuno es, como mínimo, sospechosa. Es un misterio lleno de sombras. La versión oficial se construyó de manera inmediata tras su fallecimiento y desde el entorno de prensa y propaganda de los sublevados franquistas en Salamanca y está llena de contradicciones y lagunas. Personalmente, estoy convencido de que fue un asesinato, aunque entiendo que eso necesita una confirmación científica definitiva. Pero incluso aparte de esa hipótesis, es innegable que hay demasiados puntos oscuros. Y además no es solo un misterio biográfico: es un enigma histórico. En torno a la muerte de Unamuno confluyen la guerra, la represión, la construcción del relato oficial y el papel del intelectual frente al poder. Todo eso conforma un cóctel que me resultaba muy atractivo abordar este episodio histórico.

Has estudiado la muerte de Unamuno también desde el ensayo, junto a Manuel Menchón en ‘La doble muerte de Unamuno’. ¿Qué te permite la ficción que no te permita el ensayo histórico?
La ficción te permite llegar más lejos. En un ensayo histórico necesitas pruebas documentales sólidas. Hay testimonios que no puedes incorporar porque no son verificables. Después del libro que publiqué con Manuel Menchón, me llegaron nuevos testimonios. Personas que decían haber oído a sus padres o abuelos hablar del tema, o que conocían detalles transmitidos oralmente.
¿Qué te contaron esas personas?
Muchas cosas. Recuerdo especialmente el caso de un señor mayor que me contó que había conocido a una mujer que, siendo niña, ayudó a su madre a amortajar el cadáver de Unamuno y que esta le dijo que había visto un pinchazo en la nuca. Ese tipo de testimonios no constituyen una prueba judicial, pero sí son indicios que, sumados a otros elementos, refuerzan las sospechas sobre lo que pasó. En un ensayo no puedes construir una hipótesis narrativa a partir de eso, pero en una novela sí puedes explorar esas posibilidades, siempre con coherencia y basándote en lo que conocemos sobre lo que sucedió. La ficción, en este sentido, no sustituye a la historia, pero puede completar el dibujo allí donde faltan puntos.
¿Qué cualidades poseía Unamuno que hacen que siga siendo actual?
Su independencia. Encarnó al intelectual que no está al servicio de ninguna ideología ni de ningún poder. Criticó a unos y a otros, escribió “con h” aquello de los “hunos y los hotros” para señalar la barbarie de ambos extremos. Fue valiente. Lo desterraron a Fuerteventura, se exilió en Francia, pasó por distintos procesos judiciales… Pagó un precio por no callarse. Y hoy, que vivimos en una época marcada por la polarización, por la posverdad y por el dogmatismo, una figura que defienda la búsqueda de la verdad y la libertad de conciencia, incluso a riesgo de quedarse solo, es absolutamente necesaria.
¿Cómo ha reaccionado la familia ante estas novelas en las que conviertes a su abuelo en personaje de ficción?
Muy bien, la verdad. En la presentación en Madrid estuvieron presentes un nieto y dos bisnietos. También mantengo contacto con distintos familiares. Han valorado mucho que muestre a un Unamuno humano y cercano: el abuelo que juega con su nieto Miguelín, que lo lleva al colegio, que le hace pajaritas de papel, que le ayuda con los deberes… En esos últimos meses de vida, su nieto fue un auténtico asidero para él, porque cada vez se iba quedando más solo en una Salamanca ocupada. Quizá lo único que les inquieta un poco es la relación amorosa con una activista anarquista —platónica y sublimada, eso sí— que planteo en el libro. Pero entienden que es una recreación literaria y que no traiciona la esencia del personaje.
Aunque Unamuno muere en este libro, has manifestado que piensas crear más historias con él como protagonista…
Sí. Esta era la novela que llevaba décadas queriendo escribir, sobre el episodio de su vida que más me obsesionaba. Pero aún quedan más historias por contar. La vida de Unamuno es intensísima y está profundamente entrelazada con la historia de España del primer tercio del siglo XX. Eso permite construir casi unos episodios nacionales en clave detectivesca. Así que, aunque el personaje muera en esta novela, como hizo Arthur Conan Doyle con Sherlock Holmes, eso no impide que pueda reaparecer en libros situados en momentos históricos anteriores. Queda mucho Unamuno todavía por contar.
Después de tantos años, ¿qué significa hoy Unamuno para ti?
Significa una conversación permanente. Primero lo descubrí como autor; luego tuve su vida, la de un hombre, entre las manos a través de sus papeles; más tarde fue objeto de investigación; y finalmente se ha convertido en un personaje literario. No es solo un tema de estudio, es una presencia que me ha acompañado durante casi toda mi vida adulta. Y mientras sigan existiendo preguntas sin respuesta sobre su figura y su muerte, seguirá siendo un desafío intelectual y literario para mí.

