Música

El Chojín: “No creo que lleguemos a diez los que podamos vivir del rap en España”

El Chojín hace balance de su carrera en un disco que se titula precisamente ‘Balance’.. Uppers
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Hubo un tiempo en que el rap en España era un territorio cerrado, casi defensivo. No se mezclaba con otros estilos, no buscaba agradar a nadie fuera de su círculo y, sobre todo, funcionaba con sus propias reglas. El Chojín (Domingo Edjang Moreno; Torrejón de Ardoz, Madrid, 1977) lo recuerda desde dentro, pero también desde antes, cuando con apenas once años ya escuchaba a Jungle Kings, DNI y Sweet y memorizaba aquellos primeros discos de hip hop en español, sonrojantemente comerciales, que empezaban a circular a finales de los ochenta. “Cuando tienes veintipico años y vienes de un tipo de música que ha sido tan maltratado, lo que haces es encerrarte en tu rap y defenderlo. Te acastillas”, dice hoy.

En ese ecosistema creció una de las figuras clave de la primera generación que, a finales de los noventa, ayudó a consolidar el hip hop en España junto a nombres como Violadores del Verso, SFDK o ToteKing. Una escena pequeña, cohesionada y, a su manera, militante. “Decidimos que en el rap no se hacía playback”, recuerda como ejemplo. “No lo ponía en ningún sitio, lo decidimos nosotros. Y ya está, no se hacía. Resultado: nos invitaban a programas de televisión, pero como no hacíamos playback, no podíamos ir”.

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Veinticinco años después, ese mismo artista se sitúa en las antípodas de la endogamia: publica un disco, Balance, con veintisiete canciones (ahí es nada), cuarenta colaboradores (has leído bien: cuarenta) de dieciocho países (sigues leyendo bien), entre los que hay nombres del rap, pero también del pop, como Dani Martín y Chambao, o de la canción de autor, como Ismael Serrano. Conviven en el proyecto estilos que hace décadas habrían sido red flags por incompatibles (el single que da título al álbum se basa en la canción “Te ami”, del italiano Umberto Tozzi). Un giro no solo estético, sino casi ideológico.

El álbum, concebido inicialmente como celebración de su vigésimoquinto aniversario, funciona como una radiografía de ese cambio. Del rap como trinchera al rap como punto de encuentro. “Antes no quería que me escuchara la gente que no fuera del rap”, admite. “No quería, directamente. No hacía ninguna concesión. Ahora sí quiero que me escuche la mayor cantidad de gente posible. Creo que lo que tengo que ofrecer puede gustar”.

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Ese desplazamiento no es casual. Tiene que ver con la evolución del género, pero también con la suya propia, construida a lo largo de dieciséis discos publicados desde finales de los noventa (Mi turno, de 1999, fue el primero en solitario) y una trayectoria sostenida sin grandes altibajos. “Cuando te dedicas a esto durante mucho tiempo, hay un momento en el que no sabes realmente dónde estás, a nivel de cariño de la gente, de repercusión… Si lo has hecho bien o mal”.

De ahí la idea del disco: llamar, uno por uno, a artistas con los que ha compartido camino —o a los que admira— y comprobar la respuesta. “Una forma de ubicarme ha sido a través de mis compañeros. Llamarles: ‘Oye, voy a hacer un disco de aniversario, ¿te apetece colaborar?’. Y todos: ‘Claro que sí’. A través de ese reconocimiento siento que algo he debido de hacer bien”. La validación externa, en su caso, no es un capricho. Es casi una necesidad estructural. “Si tú te sientes artista pero nadie a tu alrededor te considera artista, lo siento, pero no lo eres. Y al revés pasa lo mismo. Somos animales sociales. Necesitamos la definición de los otros”, afirma.

Ahora, por tanto, ¿es consciente El Chojín de quién es, de cuál es su lugar en la música española? “La respuesta es una mierda, porque mi cabeza no funciona. Ahora mi cabeza dice: ‘Bueno, si has conseguido engañar a todos estos…’”. Ese equilibrio entre certeza y duda define buena parte de su discurso. Porque, aunque pueda apoyarse en datos objetivos —una carrera que ha ido creciendo en público, en número de conciertos y en alcance—, el terreno en el que se mueve sigue siendo inestable. “Si tengo una carrera tan larga en tiempo y en obra, por algo será. Público hay. Además, soy de la generación que popularizó el rap”.

El contexto ayuda a entenderlo. En los noventa, el rap español era minoritario, casi invisible para el gran público. Hoy forma parte del mainstream (más o menos), convive con otros estilos y ha perdido —en parte— esa necesidad de protegerse. El propio El Chojín ha transitado ese cambio. De la barricada al mestizaje. “Quiero aprender. Fuera del rap hay muchísimo que aprender. Me siento un eterno alumno. Llamo a gente de otros estilos que considero maestros, me siento con ellos y aprendo”.

La otra cara del rap de los noventa

Ese aprendizaje no borra el pasado, pero sí lo resignifica. También en lo menos amable: las condiciones en las que se movía la industria en aquellos años. “Nos engañaron todo lo que pudieron. Firmábamos cualquier cosa porque éramos chavales. Se quedaban con el 50% de la obra. Si un disco costaba 2.000 pesetas, nosotros cobrábamos unas 50, y eso dividido entre los artistas. Era un timo tras otro”, revela. Con el rap de los noventa ocurrió como con el heavy en los ochenta: pequeños sellos guardaron a sus estrellas bajo siete llaves, para que nadie les quitara su porción del pastel; ningún rapero logró acceder a compañías grandes o medios de comunicación masivos y, en consecuencia, su potencial se abortó.

A pesar de todo, algunos lograron sostenerse. “Se ha podido vivir del rap en España, pero muy pocos. Igual cinco. No creo que lleguemos a diez”, dice El Chojín. Él es uno de ellos. Una trayectoria larga, constante, que no responde al modelo de explosión y caída, sino a una progresión más silenciosa. Y que, en paralelo, ha ido construyendo una voz propia, reconocible no tanto por el estilo como por el enfoque.

Los temas sociales siempre han ocupado parte importarte en su repertorio. También de sus libros, como Ríe cuando puedas, llora cuándo lo necesites, de 2011. “No doy consejos. Nunca. Desconfía de quien diga que sabe cómo ser feliz. No creo que el ser humano esté hecho para ser feliz”. Sus letras, más que consignas, son reflexiones. Observaciones que parten de lo personal hacia una resonancia más amplia. “Si yo cuento lo que siento, es muy probable que esté contando lo que tú sientes. Porque todos somos mucho más parecidos de lo que nos gusta creer”.

En ese punto, la música deja de ser solo un vehículo estético para convertirse en una herramienta de conexión. Aunque no siempre en términos cómodos. “Te subes al escenario, cuentas algo que te ha dolido muchísimo y la gente aplaude. Y lo entiendo. Van a ver un espectáculo”. Paradójico: la exposición emocional convertida en entretenimiento. Una dinámica que también afecta a su entorno más cercano. “He conseguido que la gente a la que quiero acepte mis rarezas”, dice. “Pero ha costado. No coger el teléfono, estar en tu mundo…, eso hay que entenderlo”.

Veintisiete años después de aquel rap de clausura, casi clandestino, El Chojín se mueve en un escenario completamente distinto. Más abierto, más permeable, más complejo. Y, sin embargo, hay algo que permanece: la necesidad de entender dónde está uno. Aunque la respuesta —como él mismo admite— nunca termine de ser del todo satisfactoria.