Cultura y entretenimiento

Miriam Díaz-Aroca, del éxito televisivo al derrumbe interior: “Decidí matar al personaje para renacer en mí”

Miriam Díaz Aroca
La actriz madrileña ha tenido que ir adaptándose a cada fase vital. (Editorial)
Compartir

Durante años Miriam Díaz-Aroca fue la ‘canguro’ de España. La actriz fue la encargada de ‘cuidar’ desde el televisor a los niños de finales de los 80 los sábados por la mañana. Su ‘Cajón Desastre’ marcó a toda una generación, que ahora disfruta de ella en otros escenarios. Tras pasar por la televisión, el cine (fue parte del elenco de la oscarizada Belle Epoque) y algún periodo de silencio, la madrileña se convirtió en una habitual sobre las tablas del teatro, donde se ha enfrentado a personajes de la talla de Lisistrata y ahora hace lo propio con Aurora, su nuevo papel en ‘La casa del Mar’.

Miriam Díaz-Aroca
PUEDE INTERESARTE

Una obra en la que interpreta a una mujer a la que la vida le golpea de forma inesperada cuando todo parecía estabilizado. “A Aurora lo que le ocurre, como el 99% de los seres humanos que nos han educado para buscar el amor y el reconocimiento fuera”, afirma la actriz en conversación con Uppers. “Te has construido un personaje que depende todo del exterior. Y el día que ese exterior se derrumba, ¿quién eres tú? Es un agujero existencial gigantesco, una depresión profunda, un aislamiento, sobre todo, culpar fuera”.

Y precisamente contra eso levanta la voz tanto Aurora como Miriam Díaz-Aroca, que durante años ha compaginado su actividad sobre las tablas con My mentory donde la actriz compartía su experiencia vital en mentorías online. ¿Y cuál era su gran consejo? El mismo que se diría a sí misma con 30 años, cuando era una figura de la televisión nacional: “Confía en ti. Al más mínimo quiebro, levántate, mírate, porque hay muchos momentos de invisibilidad, pero gracias a esa fuerza que había en mí, me levantaba y volvía a poner el foco”.

PUEDE INTERESARTE

En ese tránsito vital aparece una idea que atraviesa su discurso como una declaración de principios: la necesidad de 'matar' al personaje. "Yo he sido una persona muy complaciente, me he traicionado para ser lo que los demás esperaban de mí hasta cierto punto y hasta el día en que decidí matar al personaje para renacer en mí”, confiesa.

Sé tú, trabaja la autenticidad, la sencillez, la honestidad contigo misma y entrena para convertirte en el amor de tu vida

Ella misma lo explica sin dramatismo, pero con una lucidez que ordena toda su biografía emocional: ha vivido demasiado tiempo interpretando lo que se esperaba de ella, ajustándose a moldes externos, sosteniendo una identidad construida para ser validada. Y en un punto del camino decide romper con esa inercia. “Sé tú, trabaja la autenticidad, la sencillez, la honestidad contigo misma y entrena para convertirte en el amor de tu vida y no depender de los demás emocionalmente”, ha repetido en su propio proceso de aprendizaje vital, como si esa frase fuera la síntesis de una renuncia y, al mismo tiempo, de una liberación.

La autenticidad como territorio conquistado

En ese filtrado consciente de lo que entra y lo que se queda fuera, Miriam Díaz-Aroca parece haber encontrado una forma de equilibrio que no tiene nada que ver con la quietud, sino con la dirección. No es una pausa, es una elección. Una manera de habitar la vida sin ruido innecesario, sin concesiones automáticas, sin la obligación de gustar a todo el mundo.

Porque si algo atraviesa hoy su discurso —y también, inevitablemente, su Aurora— es esa idea de la autenticidad como territorio conquistado a pulso. “He preferido hacer lo que esperaban de mí antes que hacer lo que realmente me llenaba”, confesaba en un momento de la conversación. Y en esa frase cabe toda una biografía emocional: la de una mujer que fue rostro cotidiano de una España que desayunaba televisión pública, que dio el salto al cine con naturalidad casi ingenua, que conoció la exposición total y también el silencio posterior, ese que no siempre se nombra pero que pesa.

Miriam Díaz Aroca durante un momento de la obra

Hoy, sin embargo, el relato ha cambiado de temperatura. No hay ajuste de cuentas, sino comprensión. No hay nostalgia que apriete: “Con celebración, absoluta celebración”, decía a la pregunta de cómo recordaba aquellos años de Televisión Española en los que corría por los pasillos como si el plató fuera una prolongación de la infancia. Y quizá ahí esté una de las claves de su presente: la capacidad de mirar atrás sin quedarse atrapada.

En ‘La casa del mar’, ese presente se escenifica en forma de derrumbe. Aurora es una mujer que ha construido su vida como quien levanta una casa sólida sobre supuestos firmes: el amor, la estabilidad, el reconocimiento externo. Pero el suelo cede, y entonces aparece la grieta esencial. “¿Quién eres tú cuando se cae todo lo de fuera?”, plantea la actriz. Y la pregunta no es teatral, es vital.

Porque el teatro, en su caso, no funciona como evasión sino como espejo. “Es un deporte de alto riesgo”, decía sobre salir cada noche a escena. Y sin embargo, hay en su forma de afrontarlo algo profundamente sereno: la conciencia de que cada función es distinta, de que nada está garantizado, de que la emoción no se repite aunque el texto sea el mismo. Esa idea de lo irrepetible es también una forma de espiritualidad práctica.

Un equipo de dos

Miriam habla ahora desde un lugar donde la palabra “renacer” no es un recurso retórico sino una experiencia vivida. “Aurora y yo hemos hecho equipo rápidamente”, explica con una naturalidad que desarma cualquier artificio interpretativo. Hay una fusión entre vida y escena que no confunde planos, pero sí los alimenta. Lo vivido no se oculta: se transforma en material dramático, en verdad escénica.

Y en ese proceso aparece una idea que recorre toda la entrevista como un hilo invisible: la responsabilidad de no vivir en piloto automático. “No te compares, no compitas con nadie que no seas tú”, insiste. No como lema motivacional, sino como advertencia aprendida. Porque la comparación, dice, es una forma silenciosa de pérdida de identidad. Y en tiempos de exposición constante, esa reflexión adquiere una vigencia casi incómoda.

En su mirada sobre las nuevas generaciones no hay juicio, sino observación. Ve jóvenes que han aprendido a moverse entre posibilidades, sin el corsé de una única trayectoria válida, con menos dramatismo ante el error. “Vienen con otro formato y con un paradigma mucho más ligero”, resume. Y en esa ligereza no hay superficialidad, sino otra forma de relación con el fracaso.

El contrapunto lo ofrece ella misma desde la experiencia acumulada: la necesidad de la paciencia, del silencio, de la construcción interna. “Hay momentos de soledad muy interesantes donde se construye mucho en silencio”, afirma. Y en esa frase se condensa una filosofía vital que se aleja del ruido contemporáneo para reivindicar el trabajo invisible.

En ese territorio se mueve ahora Miriam Díaz-Aroca: entre el escenario y la vida, entre la memoria y el presente, entre la mujer pública que fue y la mujer privada que ha decidido ser. Sin urgencias, sin disfraces innecesarios, con la serenidad de quien ha aprendido que el centro no se encuentra, se entrena.

Y entonces el teatro vuelve a ser lo que siempre fue en su caso: no un lugar donde representar otras vidas, sino un espacio donde seguir afinando la propia. Porque quizá de eso trate también ‘La casa del mar’: de descubrir que cuando todo se derrumba fuera, lo único que queda en pie —si se ha trabajado lo suficiente— es uno mismo.